Por Agustín Acuña.
Siempre me pareció admirable la habilidad que tiene el ser humano para nombrar fenómenos que se producen y que experimenta en carne propia, de una manera práctica, fácil de recordar e, incluso, divertida. Por supuesto, quizás esto no es en todas las disciplinas científicas. Siempre tendremos al astrónomo que nos cuenta que se ha descubierto un nuevo asteroide y se le ha puesto el aburrido nombre de XZO567, pero, olvídelo por un momento. Deje que la idea permanezca. Al menos por el rato en el cual leerá estas líneas (sí, lo sé, soy muy pretencioso).
Mucho tiempo el hombre estuvo buscando las causas de las cosas, de los hechos, de las consecuencias, de la vida y demás. ¿Acaso no estudiamos en filosofía a los presocráticos y su búsqueda sobre el arjé, el principio de todas las cosas? ¿No leemos a Aristóteles escribir sobre los motores y el primer motor inmóvil (¿Dios?)? ¿No nos enseñan el afán de Santo Tomás de Aquino, inspirado en Aristóteles, en llegar a la primera causa incausada (sí, Dios, again), por medio de cinco vías recorridas por la razón?
Disculpe, me olvido. No todos recibimos (o intentaron darnos, al menos) una educación filosófica, pero, en resumen, el estudio o la curiosidad de las causas ha sido, sin duda alguna, uno de los temas clásicos de la filosofía.
Solo cuando me hice más grande, empecé a poner mi curiosidad en los efectos. Ahí me di cuenta que las ciencias, la sabiduría popular o simplemente el ingenio callejero, lo habían hecho muchas veces de una manera maravillosa, al punto tal de popularizar conceptos mucho mejor que varios libros de divulgación científica a cuestas.
Quizás por esa locura por los efectos, acuñé uno nuevo en mi cerebro al leer el diario. No sé usted, pero yo de gimnasia artística no sé un pomo, como diría mi abuelo. Sin embargo, me dieron ganas de saber más cuando se cruzó en mi camino la historia de Simone Biles. Esta gimnasta afroamericana parecía salida de otra galaxia. Se lo pongo en términos futboleros, con el prejuicio de que quizás me hago entender mejor: es la Messi de la disciplina. Ha ganado absolutamente todo a lo largo de su carrera y el mote de genia se lo tiene bien ganado. En su búsqueda de superación, Biles creó dos movimientos que no habían sido hecho nunca antes y, por supuesto, fueron bautizados como Biles I y Biles II. Uno esperaría que los jueces recompensaran su osadía, audacia y genialidad con la máxima calificación posible. Pues no, no lo hicieron. ¿Cuál fue el argumento? No querían incentivar a las otras concursantes a que imitasen a Biles, pues eso pondría en peligro su integridad física. Sí, así como lo lee.
Mi cerebro creó así el “efecto Biles”, que describe a la perfección lo de emparejar o nivelar para abajo, castigar la creatividad o penar a los sobresalientes, distintos o genios. Aclaro, este no es propiamente un efecto, pero en mi mente quedó así. Por ende, lo bautizo de forma oficial y es el puntapié para el recorrido por diez efectos que sí lo son, que paso a compartir con usted.
1) Efecto Streisand
Crecí en la década de los 90, que hoy vendría a ser la nueva década infame según alguna historiografía popular. Y si algo consumí, como niño criado por la televisión, fue The Nanny, esa comedia espectacular con Fran Drescher. Incluso vi la película The Beautician and the Beast (1997) donde Drescher enamora a un energúmeno líder del viejo mundo comunista interpretado por Timothy Dalton. La serie, con personajes entrañables como el mayordomo Niles y la amargada C.C. fue un exitazo. Sin embargo, lo que siempre me llamó la atención fue el fanatismo/obsesión que tenía la protagonista por Barbra Streisand. Como era chico, no tenía idea de quién era, aunque entendía, por el contexto, que era alguien famosa. Con el tiempo descubrí lo famosa que era.
Ahora bien, años después me enteré que Streisand había dado lugar al efecto con su nombre. ¿En qué consiste? Pues en que cuanto más empeño pongas en censurar o encubrir determinada información (sobre ti, obviamente), esta será más conocida, más divulgada y reconocida. A tal punto será esto que tendrá más visibilidad que si no hubieras hecho nada por esconderla. A los que gustan las relaciones, podría decirse que hay una relación inversamente proporcional entre tus ganas de esconder o censurar algo con la visibilidad, divulgación y reconocimiento que ese algo finalmente consigue. En Argentina, la última que sufrió esto fue Natalia Denegri, la modelo que quiso borrar su pasado en el caso Cóppola y lo único que consiguió, a través de un proceso judicial ampliamente cubierto por los medios, fue avivar el fuego de los recuerdos al respecto. Es más, si usted no tiene idea de lo que es el caso Cóppola y quién es Natalia Denegri, solo bastará googlearlo para tener la información fresca. Eso sí, Denegri tuvo su day in court literal, con audiencia ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación incluida.
La moraleja es que cada vez que se tiente con hacer un escándalo sobre algo que no quiere que se sepa sobre usted (no lo niegue, todos tenemos algo que querríamos arrojar al infierno, cerrarlo con siete llaves y luego tirarlas al Sol) no lo haga, recuerde a la buena de Streisand y se le pasarán las ganas.
2) Efecto Coolidge
Alguna vez estudié en historia las presidencias republicanas previas a la gran entrada de Franklin D. Roosevelt. Salían de memoria, como si fuera la línea de tres de algún equipo inglés: Harding, Coolidge y Hoover. De mi enseñanza me quedó eso y que no le dieron importancia a la tremenda crisis de 1929 por su liberalismo a ultranza.
No sé si era adecuada esa información (o mi recuerdo de ella), pero años después me enteré que se había bautizado con el apellido del presidente Coolidge a un curioso efecto en biología y psicología. Se había descubierto en los mamíferos, sean hembras o machos, tienden a aumentar su disposición a tener relaciones sexuales ante la presencia de nuevos compañeros receptivos. ¿Pero qué tenía que ver Coolidge con eso? ¿Por qué le habían puesto el apellido de un presidente republicano a ese efecto? Me mataba la curiosidad.
Detrás está una anécdota histórica que todavía hoy recuerdo y me sonrío solo. Érase una vez que la señora Coolidge estaba dando un paseo por la granja y llegó al gallinero, donde el gallo estaba apareándose con las gallinas. Le preguntó al encargado por la frecuencia de los apareamientos (sí, una curiosa simpática la señora). “Docenas de veces al día” le respondió el buen hombre. Con una sonrisa, la señora Coolidge le dijo “Vaya con esta información al presidente”. Por supuesto, el encargado corrió presto a cumplir a pie juntillas con la orden de la primera dama. El presidente Coolidge, en forma sagaz, interrogó al mensajero: “¿Con la misma gallina?”. La respuesta fue clarísima: “¡Oh, no señor presidente! ¡Con una gallina distinta cada vez!”. La orden decantó por sí sola: “Vaya y dígaselo a la señora Coolidge”. La historia, lamentablemente (para nosotros), no registró la reacción de la señora Coolidge ante la información del prolijo y obediente encargado.
3) Efecto Casandra
Cuando un colega me dijo “vos sufrís el efecto Casandra” no tenía ni la más pálida idea de lo que hablaba. ¿Qué hice? Pues googleé, obvio. Ahí me di con la historia de Casandra, sacerdotisa del dios Apolo, hija de Príamo, rey de Troya. La joven cambió un encuentro sexual con el dios por el don de la profecía. Sin embargo, parece que él se enamoró y ella no. Ahí la maldijo (sí, un resentido total Apolo): si bien seguiría con la habilidad de conocer el futuro, no podría nunca hacer que nadie le crea sus profecías. Así, ella, sabiendo de la caída de Troya, no pudo hacer nada para impedirlo.
Por supuesto, mi colega me estaba tomando el pelo (como diría mi difunto padre). Y sí, en realidad, el mito dio origen al “síndrome Casandra”, que en la conocida película Twelve Monkeys (1995) con Bruce Willis y Brad Pitt, es una enfermedad de quien cree conocer el futuro y no puede hacer nada por evitarlo.
Más allá de la novela de ciencia ficción (que todavía no leí) de Daniel González Chávez, El efecto Casandra (2018), el concepto ha sido adaptado realmente como efecto y no es muy halagador. En especial en aviación, donde me atrevería a decir que el personaje de Enrique Piñeyro, en Whisky Romeo Zulu (2005), es alguien que sin duda sufre en carne propia el síndrome Casandra (1).
Es obvio que el concepto puede extenderse a toda el área de seguridad. Es más, me temo que podría incluso abarcar a todos los casos de “empleado raso dijo que esta catástrofe iba a pasar y Jefe/CEO/Superior no hizo caso” en cualquier organización, pública o privada. Como siempre, los que están en la trinchera (llámese operaciones, atención al público, ventas, etc.) son los que están en contacto con la realidad mientras los jerarcas, alejados de ella, tienden a subestimarla (¿no le suena muy familiar?).
4) Efecto Mozart
Uno de los más grandes fiascos que han existido en la literatura científica es el que nos llevó a creer que (no es broma) si le poníamos música de Mozart a nuestros bebés al dormir, íbamos a lograr genios como Mozart. Con esta receta, la genialidad estaba al alcance de nuestras manos. Con la perspectiva del diario del lunes, una locura. Sin embargo, hubo papers sobre esto (como los hay sobre todo) y encima, creíbles.
En 1993, cuando se publicó sobre esto en la prestigiosa revista científica Science, se popularizó (viralizó, diríamos hoy). Se hicieron estudios luego que dejaron en evidencia la ausencia de evidencia sobre el supuesto efecto de genialidad. De nada sirvió. El marketing y la atención se lo llevaron los primeros estudios. Y alguien, el dinero. La compañía Baby Einstein, fundada con cinco mil dólares en 1997, llegó a ser adquirida por Disney (sí, Disney) cuando facturaba 25 millones de dólares en 2001. ¿La fuente de sus ingresos? DVDs para bebés que prometen hacerlos genios con nombres del estilo Baby Van Gogh, Baby Mozart o Baby Einstein.
Por supuesto, detrás de todo esto no hay otra cosa que la “ilusión de potencial” con la que cargamos: pensamos que liberaremos toda nuestra capacidad cerebral, cognitiva, mental o lo que se nos ocurra y seremos genios así por así. Lamento decirle que es un error. ¿Le interesa saber más? Lea El gorila invisible (2014) donde Christopher Chabris y Daniel Simons dan cátedra sobre el tema y nos desburran al respecto.
5) Efecto Lindy
¿Cuánto puede durar aquello que no es perecedero como un libro, una tecnología o un edificio? El efecto Lindy intenta darnos una respuesta. Me enteré su existencia mientras leía un libro de Ryan Holiday, Un best seller para toda la vida: Cómo crear y vender obras duraderas (2018), que analiza justamente los casos exitosos y perdurables en el ámbito cultural.
Primero, ¿por qué se llama Lindy? Porque nace de otra anécdota histórica: en la archiconocida (para los visitantes de Nueva York) confitería Lindy’s alguna vez se reunieron los actores para charlar sobre su futuro. ¿La conclusión? Pues que, en vez de actuar ininterrumpidamente, deberían espaciar sus apariciones en forma impactante para perdurar en la industria del espectáculo en el tiempo.
A partir de ahí, es Nassim Taleb, en un libro que no todavía no leí, Antifrágil: Las cosas que se benefician del desorden (2012), quien conceptualiza el efecto Lindy, para averiguar por la esperanza de vida de las cosas no perecederas. La cuestión es sencilla, aunque contraintuitiva, pues entiende que envejecen a la inversa: si un libro o una película han durado x cantidad de años, probablemente duren x cantidad de años más. De esta forma, si queremos saber qué durará en el futuro, debemos apostar por lo que ha durado hasta ahora. Incluso si aplicamos esto a otra área, como la arquitectura: los edificios más antiguos de nuestra ciudad ahora, probablemente sean los que más perduren en un futuro. Vuelva a la literatura y piense en los clásicos, con cientos de años publicados: sí, en los próximos años se seguirán publicando. Todo lo contrario a las pasajeras modas y tendencias, que son arrasadas o renovadas en el corto plazo.
6) Efecto Martha Mitchell
Este designa aquella situación en la cual experiencias reales son tomadas, de manera errónea por supuesto, como producto de nuestra imaginación o nuestra mente. Sí, algo así como un delirio, solo que resulta ser cierto. Lo acuñó un profesor de Harvard.
¿Quién fue Martha Mitchell para que se nombrara este efecto con su nombre? En los 60 y 70 fue muy conocida en Estados Unidos. Ferviente partidaria republicana, su esposo, John Mitchell, era el fiscal general mientras Richard Nixon ejercía la presidencia.
Aunque “Garganta profunda” se llevó todos los flashes por el Watergate, fue Martha Mitchell la verdadera fuente para destapar todo el escándalo. El equipo de Nixon se lo hizo pagar muy caro, pues la sometió a un maltrato psicológico terrorífico (gaslighting) hasta hacerla dudar de su estabilidad mental. Martha pasó de la noche a la mañana de los flashes a la desgracia absoluta. La otrora niña mimada del Partido Republicano, terminó alejada de los medios, repudiada por su esposo (que terminó en la cárcel) y murió de cáncer en 1976. Su figura es reivindicada hace poco en el excelente documental de Netflix que tuve oportunidad de ver y que le recomiendo, The Martha Mitchell Effect (2022).
7) Efecto Parallax
¿Por qué si vemos una jugada de un partido de fútbol desde una cámara parece que la pelota pasó la línea y si la vemos desde otro ángulo parece que no lo hizo? Por este efecto visual o ilusión óptica. Es más, es algo que podemos chequear en carne propia. La próxima vez que maneje un auto, pregúntele a su acompañante que le diga qué velocidad marca la aguja. Por su ángulo de visión seguramente el número que arroje no coincidirá con el dato real. El efecto es realmente sorprendente, tanto un disco de hockey sobre hielo o una pelota en el fútbol, pueden engañarnos y hacernos entrar en ardorosas discusiones sobre si fue o no gol, sobre si pasó o no la línea. Sin embargo, con la tecnología actual, el efecto puede ser evitado fácilmente (2).
8) Efecto Pigmalión
Si usted es profesor o aspira a serlo, o, por el contrario, solo es alumno (y todos lo somos en este mundo), debería conocer este efecto, propio del ámbito educativo. Se llama así al fenómeno de la potencial influencia que tiene la creencia de una persona sobre el rendimiento de otra. ¿Le suena? Sí, las expectativas de los profesores sobre sus alumnos influyen sobre su rendimiento, en una suerte de profecía autocumplida, cuando en realidad mucho tiene que ver el diferente tratamiento que los educadores les otorgan a los estudiantes. Insólitamente, puede ser positivo, aunque tiene su hermano bastardo, el efecto Golem (sí, hace recordar a Gollum de El señor de los anillos), donde en vez de aumentar la autoestima del sujeto, esta disminuye y el área de influencia de su maestro desaparece por completo.
¿Por qué le pusieron Pigmalión? En un principio, uno podría buscar la fuente en la obra de teatro de George Bernard Shaw, Pigmalión (1913). ¿Puede tomarse una señorita del populacho y hacerla una verdadera lady? Esa es la premisa del libro en el cual un maestro de fonética, apuesta mediante, considera posible obrar ese cambio en una humilde florista. La historia llegó la pantalla grande, con Audrey Hepburn como protagonista, en My Fair Lady (1964) y ganó ocho premios Óscar.
Sin embargo, el origen real, como mucho de toda nuestra civilización occidental, está en los clásicos. Shaw se inspiró en el mito de Pigmalión, relatado por Ovidio. ¿En qué consistía el mito? Pues que Pigmalión, hábil escultor, realizó una escultura bellísima, Galatea. Era tan bella y perfecta, que el creador se enamoró de su obra. Empezó a hablarle y a tratarla como si realmente estuviera viva. La diosa Afrodita, al ver semejante situación, se apiadó del mortal e infundió vida a la estatua, que era, para Pigmalión, la mujer de sus sueños.
Y sí, todo esto de Pigmalión es muy parecido a la clásica historia que, no sé ustedes, pero a mí me quedó grabada cuando vi el clásico de Disney, Pinocho (1940). En definitiva, detrás de todo, uno puede encontrar cómo los clásicos se camuflan y siguen influyendo en la cultura de la actualidad.
9) Efecto Lipovetzky/Cobra
Si usted alquila, seguro que conoce de lo que hablo. Si no lo conoce, al menos aprenderá que su comprometida situación tiene un nombre con anécdota interesante y un marco que explica perfectamente cómo se llegó a eso.
Veamos el caso concreto. Este efecto comprende el fenómeno que se observa cuando una legislación produce consecuencias diametralmente inversas a las buscadas con su sanción. Lleva por nombre el del legislador Daniel Lipovetzky, quien fue el impulsor de la reforma de la ley de alquileres (que empezó por la iniciativa de un grupo de inquilinos, vale aclarar). Esta reforma, en teoría, tenía buenas intenciones (¿qué reforma no las tiene?), que nunca se concretaron en la realidad, sino todo lo contrario. Su sanción comprometió la situación de los inquilinos, que no solo vieron cómo los precios se dispararon por las nubes, sino que fueron testigos de la escasez inmobiliaria para el alquiler. Es decir, se produjeron las consecuencias que se buscaban evitar.
¿Acaso nunca le pasó algo parecido? El efecto describe a la perfección cuando nuestras ganas de ayudar a solucionar un problema no solo no lo hacen, sino que lo agravan en proporciones bíblicas. Y es que los argentinos en esto (sí, el pobre del diputado Lipovetzky tampoco) no somos originales. El efecto Lipovetzky podría ser considerado una variante del efecto Cobra, llamado así por lo que pasó en la India británica. Un gobierno preocupado por la proliferación de cobras venenosas empezó a recompensar su muerte. Al principio funcionó, pero luego la gente empezó a criar cobras para cobrar la recompensa (sí, como lo lee). Cuando esta política se terminó, liberaron a las cobras y la población de estas voló por los aires.
El líder comunista Mao Tse-Tung también es ejemplo de este efecto, que causó en su pueblo una de las más grandes hambrunas de las que el mundo tenga memoria. ¿Y todo por qué? Por los gorriones. ¿Cómo? Sí, como lo lee. El comunista incentivó la matanza de los gorriones, por ser dañinos para las cosechas. El pueblo se lo tomó en serio (no se bromeaba con Mao) y barrió con los gorriones. Sin embargo, no se previó que estos se encargaban de controlar un montón de plagas sobre las cosechas. ¿El resultado? La pérdida de las cosechas y la muerte de hambre de quince millones de chinos.
10) Efecto Mariposa
Si es fanático del cine, seguramente vio The Butterfly Effect (2004), con Ashton Kutcher y sabe a qué se refiere. Este efecto describe cómo, pequeñísimas modificaciones en las causas, producen inmensas discrepancias o grandes cambios en los efectos. El origen, quizás, pueda encontrarse en el cuento A Sound of Thunder (1952) de Ray Bradbury, que también tuvo su pase por los cines en 2005, en una película dirigida por Peter Hyams. Sin spoilear el cuento, el protagonista, un viajero en el tiempo, va al pasado y al regresar ve que todo ha cambiado. Descubre que, muy a su pesar, aplastó una mariposa en el pasado y la trajo en su bota a su tiempo, causando las alteraciones que observa por doquier.
El concepto se popularizó gracias a Edward Lorenz y su teoría del caos, como lo cuenta al pasar Alberto Rojo en El azar en la vida cotidiana (2013). Lorenz publicó un trabajo con un gran título Predictability. Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas?, pero lo hizo en 1972, veinte años después del cuento de Bradbury. La alusión a la mariposa parece haber sido tan solo una simple coincidencia. Probablemente ambos hayan conocido (y lo hayan usado para inspirarse) el proverbio chino que dice que “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.
Agustín Eugenio Acuña (35)
Curioso
agustin.eugenio.acuna@gmail.com
(1) Si no le suena LAPA, no le sonará esa película argentina, así que puede verla aquí: https://www.youtube.com/watch?v=W1G-dY_m-n4.
(2) En esta nota puede ver dos maravillosos videos que ilustran a la perfección el efecto: https://www.infobae.com/deportes/2022/12/02/fifa-confirmo-que-la-pelota-no-se-fue-en-el-gol-de-japon-contra-espana-la-explicacion-oficial-y-el-efecto-parallax/.
