Por Santiago Legarre.
En la secundaria, cada tanto me iba por mi cuenta a una disquería cerca o lejos de mi casa e inspeccionaba discos. Así los llamábamos; no vinilos ni tampoco long-plays, a pesar de que supe tener en mis manos discos de los chicos, los de treinta y tres revoluciones; y por lo tanto sabía que los discos grandes tenían un nombre distinto. De los discos chicos, ya que estamos, el que más recuerdo es uno de Journey, que incluía de un lado la canción “Don’t Stop Believing” (antes de que la hiciera famosa Glee) y del otro “Open Arms” (que me volvía loco a los trece años). Por esa misma época en que salió el simple de Journey, mientras inspeccionaba en una disquería de las lejanas, en Caballito, encontré el famoso disco de pasta de Rush, “Hemisferios”, pintado de azul, blanco y otros colores. Contaba con una cierta porosidad, adicionada a la que de por sí tienen los discos de pasta —la pintura sobre este disco era tan gruesa que parecía más bien un grabado—.
El disco de mi banda favorita tenía un cerebro blanco, en la tapa (y un hombre de espaldas, parado sobre él). La palabra plural “hemisferios” suele tener una connotación cerebral. Pero también está la geográfica. A mis sobrinos que viven en Estados Unidos les enseñan en el colegio que hay dos hemisferios: el occidental y el oriental —detrás de lo cual para mí se encierran dos ideas creídas tradicionalmente en Norteamérica: que el sur no vale mucho la pena; y que lo que hay es, por un lado, Estados Unidos y, por otro, todo lo que está “Al Este del Paraíso”, por tomar prestado de Steinbeck (quien tomó prestado de la Biblia)—. (Aunque como el hemisferio occidental abarca también el sur del planeta (al igual que el oriental), podría estar yo equivocado en la connotación ideológica subyacente.)
A mí en el colegio me enseñaron que existen el hemisferio norte y el hemisferio sur. Y menos mal que fui a un colegio en el hemisferio sur, pues si no tal vez me habría (o hubiera) costado más entender lo que ha sido la llave de mi vida profesional durante los últimos veinte años. En 2003 comencé a dar clases los veranos en Estados Unidos y si mis veranos sureños no hubieran coincidido con el llamado en el norte “semestre de primavera” (que debería llamarse “de invierno”, pues empieza en enero, cuando allá nieva en casi todos lados), mi aventura docente en el extranjero acaso no hubiera (o habría) comenzado y, sin ella, hoy no sería un “profesor internacional” (etiqueta algo presumida, que hace años me pegó un amigo, al observar la regularidad de mis migraciones).
Con el correr del tiempo (y de mis cruces migratorios sur-norte-sur), descubrí que los semestres en realidad no existen; son solo una apariencia, una ficción, apenas un nombre. Como dicen en Alemania, “un semestre es un cuatrimestre que dura tres meses”. Y, por eso, tantos colegas míos del hemisferio norte, que no juegan como yo con las compensaciones estacionales permitidas por los “verdaderos” hemisferios (pues el sur a esos colegas generalmente no les interesa), logran ser, no obstante, “profesores internacionales”. Cruzan ávidamente de oeste a este (o al revés, de Europa a Estados Unidos) sin faltar a su obligación docente de dar clases en su universidad de origen durante catorce semanas (la duración universal real de los semestres). Pero este descubrimiento mío relativamente reciente no cambia el hecho de que a mí (un argentino que vive en Argentina y no tiene intención de mudar su hogar) me ayudó harto para dar el puntapié inicial de mi audaz carrera, saber que mientras mi universidad permanece literalmente cerrada con llave durante el calor, hay otras universidades, muy frías, que me esperan con las manos abiertas. ¡Gracias a Dios por los hemisferios! Y, sí, ¡a llevarse abrigo!
Santiago Legarre
55 años
Profesor Internacional
