La lectura, como usted ya sabe, tiene múltiples beneficios.
Para empezar, es una actividad intelectual, a diferencia de, por ejemplo, el ver televisión, que es algo totalmente pasivo, a pesar de que los libros, como la pantalla chica, también pueden entretenernos, distraernos y hasta formarnos.
Leer nos ayuda a mejorar nuestra ortografía; nos obliga a concentrarnos y a usar nuestra imaginación; nos da una oportunidad de vivir o experimentar vicariamente (este último es uno de mis beneficios preferidos, que Santiago Legarre ha tratado tan bien aquí).
Ahora bien, para que la lectura sea beneficiosa no se puede leer cualquier cosa y, ya que están tan de moda las dietas y el informarse sobre lo que uno come, propongo hacer algo parecido con lo que uno lee:
- Así como uno no ingeriría jamás venenos, como el cianuro, hay ciertas lecturas que es mejor evitar.
- Otros alimentos (y libros) deben tomarse con suma moderación. En esta categoría encontramos a los ultraprocesados, tan fáciles de comer, tan reconfortantes, pero que aportan poco o nada y, si se los consume en exceso, pueden, por un lado, resultar adictivos y, por el otro, llegar a dañar nuestra salud. Son alimentos (y libros) desequilibrados, por así llamarlos: tienen un contenido elevado de lo que nos puede hacer mal y un bajo contenido de lo que nos hace bien. Estos hay que dosificarlos.
- Los mejores alimentos (y libros) requieren de constancia y otros buenos hábitos que, como todo, uno va adquiriendo. Sucede que hay que educar el paladar y el buen gusto para poder ingerir (y digerir) y disfrutar realmente de lo Bueno, Bello y Verdadero.
Clara Minieri
1 de diciembre de 2023
