Desempate en Rosario

Por Ricardo Raspanti.

Quizás hoy me toque morir y quiero contar mi historia, que como tantas veces nos acostumbra AFA empieza de manera bastante inexplicable.

Mi querido Belgrano y su clásico rival, Talleres, empataron en la última posición que permitía clasificar a la Copa Sudamericana, por lo que se decidió un desempate a partido único en cancha neutral. Todos dimos por sentado que sería en el Kempes, el estadio de la ciudad, pero AFA decidió que fuera en la cancha de Rosario Central por cuestiones de seguridad. ¡Nada más seguro que compartir 400km de ruta con tu archirrival! 

Con mil recomendaciones de mi vieja para que me cuidara, partimos con tres amigos. La ruta, insoportable ya que cuarenta mil cordobeses tomábamos al mismo tiempo la Autopista Nacional 9.  Las estaciones de servicio habían cerrado en su mayoría los mercaditos por saqueos varios, los pueblos bajaban las persianas al ver pasar la caravana. Piedras volaban de autos a colectivos y viceversa. 

Llegamos con cierta paz dos horas antes del partido. Obligatorio choripán afuera (No tan rico como el de Alberdi) y entramos. Popular, detrás de uno de los arcos. Las banderas no nos dejaban ver bien así que subimos hasta el último escalón. Estadio casi lleno, excepto por los «Pulmones» divisores de las hinchadas.

Faltaba media hora para empezar cuando noté a lo lejos en el cielo, arriba de la popular contraria y muy a lo lejos, algo… algo que llamaba mi atención. 

¿Aviones? ¿No deberían de escucharse? Los bombos y las trompetas parecían sonar de fondo, como banda sonora de una película que miras con el volumen bajo. ¿Son aviones?

Grité con todas mis fuerzas como si cuarenta mil almas cantando fueran a callarse: «¡Cuidado! ¡Corran! ¡Corran! ¡Corraaaaaaaaaaaaaaan!». 

Obviamente nadie me oyó.

Las dos bombas cayeron casi al mismo tiempo en el campo de juego. Lo siguiente que recuerdo es un brutal dolor de cabeza y el olor… nunca había sentido algo semejante, olor a cadáver putrefacto. Parpadeé varias veces, miré a mi alrededor. El silencio me aturdía. Nada ni nadie se movía. Debajo de mí, dos chicos de aproximadamente mi edad, muertos. ¿Los había matado yo?  Supongo me salvaron la vida sin saberlo, supongo los maté. La onda expansiva me tiró de gran altura hacia afuera del estadio. 

Me toqué la cabeza que estallaba de dolor. La sangre reseca empapaba mi remera celeste. El olor y el dolor no me dejaban pensar. Mareado intenté pararme y caí varias veces hasta que lo logré. Caminé varias cuadras sin rumbo y sin ver movimiento. ¿Realmente todo estaba tan silencioso o yo perdí la audición? ¿Dónde está toda la gente, de dónde salieron esos aviones? ¡Aviones! ¡Bombas! ¿Qué pasó?

-¡Cordobés! ¡Cordobés! ¿Qué hacés? ¡Te van a tirar a matar si te ven!

Desde una ventana me hablaba un flaco con la remera de Central.

– ¿Tirar? ¿Quiénes?

– ¡Entrá!, ¿Querés? ¡Acá te explico!

La casita de material sin revocar, pequeña y húmeda, me hablaba a las claras de que Joel era pobre y su tonada, rosarinísima, me pareció un bálsamo en esa confusión. 

– ¿Cómo andás por ahí sin fijarte?

– Me caí… los aviones, recién me despierto.

– ¿Los aviones que tiraron las primeras dos bombas?

– ¿Primeras? ¿Hubo más?

– ¡Uh cordobés! ¡Estás vivo de pedo! ¿Recién te despertás?

– Sí, ¿Qué pasó?

– Cordobés, pasaron dos días, ¿Estuviste durmiendo todo este tiempo? ¡Nos invadieron! ¡Los traidores, tiraron a civiles sin piedad!

– ¿Los traidores… los vecinos?

– Los mismos, ¿Quién más? La reina del norte los ayuda y se mandaron de una.

– ¿Y los nuestros?

– Por lo que veo, están haciendo lo suyo. Anoche vi un combate aéreo, estoy casi seguro de que el avión que cayó era de los suyos, no muy lejos de acá. No tenemos electricidad, teléfono, radios… cortaron todo. Mucho menos internet. 

Recién ahí atiné a mirar mi celular, inútil sin nada de batería. 

– Tengo sed, le dije. 

– Vení, pasá al hospital.

El hospital era un pequeño comedor con un colchón en el piso, donde descansaba un hincha de talleres con heridas por todo el cuerpo. Sentada en una mecedora, una viejita me saludó cariñosamente y no me animé a besarla, solo le sonreí. Desde atrás de una puerta se escuchaban gritos y golpes. Esta se abrió y salió una chica con la remera de Belgrano. 

– Hola pirata, ¡Estás hecho mierda!

– Un gusto, Daniel –le respondí. 

– Ella es Graciela, la doc, me dijo el dueño de casa. – Ella es mi abuela Mirtha, que está bastante perdida. 

– Doc, en realidad no soy, estoy en cuarto año, aclaró Graciela. 

– ¿Y detrás de la puerta?

– La hincha de Ñuls, me dijo el canaya. Perdió a alguien, no sabemos quién. Escuchá, escuchá: 

– ¡En pedazos! ¡Está en pedazos! ¡Explotó! ¡Se pudre, se pudre en pedazos!

Repetía esas frases una y otra vez.

 La doc tomó la palabra. 

– Apúrate che, y agrégale todo esto que te anoto ahora al pedido. 

– Dale, ya vengo.

– ¿Pedido? ¿Dónde vas?

– A ver dónde hay una farmacia de turno -me dijo el flaco ácidamente. 

– Ah… cuidate, flaco – respondí.

– Joel, mucho gusto. Te toca a vos cuidar a las chicas. Tomá, por si viene alguien.

Me entregó un fusil Máuser de por lo menos cien años. No dije nada pero mi cara me debe de haber delatado. 

– ¿Querías algo mejor? ¿Qué te pensás, que todos los villeros rosarinos tenemos metralletas?

– No sé, mostro, yo no tengo una Bersa .32 con numeración limada bajo el cinto –le respondí.

Me guiñó un ojo y partió. Joel no era de los que tienen miedo. 

La doc me convidó agua azucarada para tomar. Moría de sed. Siguieron cinco o seis vasos sin azúcar. 

Volví a tocarme la cabeza. La doc me indició que no lo hiciera. Tenía una dolorosa costra de sangre y pus resecos.

Me dio un trapo para que mordiera y un trago de un vodka barato como toda anestesia. El sabor era de remedio, horrible. Mientras las lágrimas me caían me limpió. De tan insoportable el dolor me desmayó. Desperté dos horas después con la vuelta de Joel y con mi cabeza totalmente vendada. Para mi suerte había conseguido vendas, analgésicos, antibióticos y agua oxigenada.

Pasamos dos días así. Racionando el agua y la comida. El hincha de Talleres mejoró bastante rápido. Charlando supimos que teníamos amigos en común, hasta habíamos compartido padre confesor. 

Tenía las piernas a la miseria y nadie se animaba a prometerle que volvería a caminar con normalidad, aunque ya no estaba postrado.

La hincha de Ñuls no salía del shock, pero ya no gritaba y entendía algunas cosas, o eso parecía al menos.

– Esta noche tenemos reunión al lado de la farmacia –me dijo seriamente Joel. 

Cada tanto salía a buscar suministros y, lo más importante, información. 

Cuando llegamos vimos que la convocaba un subteniente del ejército. Dio un pantallazo de la situación general, no era tan mala como creíamos. Habían abandonado Rosario y eso explicaba el silencio. 

Buenos Aires resistía feroz, las provincias limítrofes incluso más. Perú y Bolivia nos ayudaban. Uruguay y Brasil permanecían “neutrales”.  

Las provincias mediterráneas mandaron a todo hombre y mujer que pudiera cargar un arma a las fronteras. Solo quedan niños y adolescentes menores, adultos mayores y ancianos. Al menos no son un blanco apetitoso. 

– ¿Qué sabés de Córdoba? –le pregunté nervioso.

– El Tercer Cuerpo gastó hasta la última bala y no pudieron arriar la bandera. Bajaron muchos aviones con baterías antiaéreas. Los ingenieros tuvieron días sin dormir acondicionando armamento antiguo, adaptándolo. Sacaron agua de las piedras. Seguimos vivos por inteligentes y valientes, pero nos faltó armamento hasta la ayuda peruana y boliviana.  

Gendarmería, la policía y brigadas civiles sirvieron de apoyo. Las bajas fueron muchísimas. Lo siento. 

– ¿Tengo manera de hablar con alguien allá?

Mis intentos por radio dieron pocos frutos. Ni por banda corta ni por banda ciudadana. Hasta que respondió Rafael, un radioaficionado de la calle Deán Funes. Ahí lo supe: La batalla del Gigante de Alberdi fue la última necesaria para expulsar al invasor de la ciudad. Una carnicería, detalló. Muertos y heridos por todos lados, ellos vinieron dispuestos a toparse con una ciudad entregada y se encontraron con una bravura inimaginable.

No, Rafael no sabía nada de mi familia y la duda me carcome la cabeza y el corazón. No puedo menos que imaginar a mis hermanos peleando entre las columnas del Julio César Villagra, con fusiles, pistolas, cuchillos, lo que tuvieran a mano. Quizá el más chico se quedó a cuidar de mamá, con el 38 de papá cargado y escondidos en el sótano. Pero a papá… no lo imagino escondido, lo imagino cuidando a mis hermanos entre el fuego cruzado. 

¿Estarían vivos? ¿Estarán ahora cavando fosas comunes y llorando amigos? ¿Habrá perecido alguno? ¿Habrán perecido todos? ¿Quién de nuestros amigos permanecerá en pie? ¿Habrán bombardeado mi casa? 

El subteniente nos explicó lo que tocaba. La situación estaba estabilizada. Teníamos que cuidar los ríos para mantener las chances de vencer, así no lograban infiltrarse en el territorio.  Desde lanchas civiles, barcos pesqueros y lo que hubiera. A mí me mandó a la costa de una isla con una MAG, tapados mi ayudante y yo entre los pastizales, no nos verían hasta que abriéramos fuego. Una vez que nos vieran, que Dios nos ampare. 

Joel volvió. Besó y abrazó a su abuela. Se puso la remera del Central del 71 que había sido de su abuelo. Dejó la Bersa a Graciela y el Máuser al hincha de Talleres y volvió a su posición, al lado mío.

Vi lo que me habían narrado de Córdoba: ingenieros generando mejoras a armamento viejo, o inventando nuevos explosivos y hasta misiles con lo que había a mano. Malvinas vuelve a mi recuerdo una y otra vez. Las hazañas de la aviación se actualizan cada día, incluso con aviones viejos en algunos casos, o nuevos pero prestados y desconocidos en otros. 

Sé que podemos vencer.

La orden más curiosa fue la de mantenernos con las remeras de fútbol argentino, nos servirían para identificarnos ante la ausencia de uniformes para todos. Mientras enciendo un cigarrillo y escribo este diario me alegro de tener la celeste de Belgrano puesta, la campera negra y celeste arriba… ambas lavadas de mi sangre con el agua del mismo Paraná. Como ayudante cargador de la MAC veo a Joel con una remera auriazul viejísima. Cincuenta metros más lejos veo al apuntador de la otra MAC con una remera de Ñuls nueva y a su ayudante con la de Argentina del mundial 2022 con la tercera estrella bordada a mano. ¿Habrán estado ellos tres entre los que nos recibieron a pedrada limpia a los cordobeses de ambos clubes? Poco importa a esta altura, ahora somos todos del mismo equipo. 

Papá, si lees esto no te enojes porque volví a fumar. Vieja, lo que más lamento es no haberte dado un abrazo más. 

Espero que los chicos estén todos bien. Espero que ganemos finalmente el desempate y entremos a la Copa Sudamericana. 

Si leen esto no lloren por mí. Será un gran honor si Dios me permite morir por mi Patria.