Por Victoria Rizzo.
Durante mi vida, tuve la fortuna de haber conocido varios países, grandes ciudades y monumentos icónicos alrededor del mundo; algunas veces se me hace hasta surreal ver imágenes de lugares en la televisión y poder decir “yo estuve ahí”. De más está decir que eso se los debo a mis papás, quienes no sólo me han paseado por ciudades abismalmente distintas a la mía, sino que, al hacerlo, instauraron en mí ese anhelo de abrir mi mundo a nuevas culturas, nuevas historias, y nuevos paisajes.
Cuando se me presentó la posibilidad de irme a estudiar al exterior durante un cuatrimestre, no lo dudé ni un segundo. Soy alguien que se describe como “muy familiera”, que disfruta pasar tiempo hablando de los mismos temas una y otra vez con sus amigas; y ni siquiera lo dudé cuando me encontré aplicando al intercambio completamente sola. Así de grande era el deseo que tenía de ver una ciudad ya no sólo como turista, sino como una “residente”.
Por más grande que fuera la felicidad de que ese deseo se iba a hacer realidad, mi cerebro, siempre muy racional, me bajaba a la realidad y me recordaba que, una vez subiendo aquellas escaleras en Ezeiza, no había vuelta atrás. Iba a tener que valerme por mí misma.
Todos esos miedos los solucioné de la mejor forma que se me pudo ocurrir: no hacerme ilusiones por miedo a que mi tiempo en Madrid no fuera todo lo que me imaginé. Pero terminó siendo mucho más de lo que podría haber esperado.
Debo admitir que ante la constante pregunta “¿estás nerviosa?”, yo siempre respondía que no; obviamente a quién le iba a admitir que sí lo estaba (y bastante) y ni siquiera era por tener que viajar sola. Los nervios eran por una única razón: con quién iba a almorzar y cenar durante mis primeros días; con quién iba a pasar mi tiempo arribada en esta ciudad.
No conocía a nadie, era un empezar de cero en otro continente. Pero tuve la suerte de que durante mi primera semana, mejor dicho, durante mis primeras 24 horas, conocí a quienes iba a pasar a llamar mis amigos durante los próximos meses. Algunos de ellos seguirán estando en casa, amigos de mi misma ciudad, que me rio de sólo pensar que tuvimos que ir a otro continente para conocernos. Pero otras personas que dejé en España, de las que me llevo miles de anécdotas y enseñanzas, y con quienes espero volverme a cruzar alguna vez. En el fondo, siempre serán una excusa para volver a Madrid.
Poco a poco, la ciudad se fue convirtiendo casi como en casa. Cada día dependía menos de Google Maps, hasta que en un momento ya no necesitaba siquiera chequear la conexión de la línea de subte para ir a cualquier lado. Se sentía como si hubiera vivido ahí desde siempre. Hasta llegué a dar indicaciones a turistas, cosa que en Buenos Aires no siempre soy capaz, aunque quizás, debería.
A todo esto, no sólo tenía que aprender a hacer mi camino por esta ciudad, sino que también tenía que enfrentarme a algo que ya había hecho hace unos años acá en mi casa: un nuevo primer día de facultad. Ya no tenía a mis amigas para charlar en los recreos, para sentarme con ellas en el banco.
Pero iba mucho más allá de las amistades en la universidad: me encontré haciendo tarea sin siquiera saber qué doctrina usar ni cómo buscar jurisprudencia; citando reglamentos europeos completamente nuevos para mí; buscando qué sucedía si un alemán quería divorciarse de una neerlandesa si tenían su residencia en Francia; leyendo y comentando sentencias de tribunales españoles. Hasta me encontré haciendo trabajos grupales sobre decretos reales de la corona española.
Además de amigos y un amplio conocimiento en derecho europeo, Madrid me dio tiempo para aprender a estar sola. Visité museos, parques, recorrí cada una de las calles de la capital española, memoricé las esquinas de los edificios que decoran esa ciudad. Me subí a colectivos, subtes, trenes, aviones. Completamente sola.
Si me paraba a pensar por lo menos un segundo en lo que estaba haciendo, me encontraba sonriendo cual una niña, ¿cómo es que yo, con 21 años, caminaba por esta ciudad como si hubiera vivido acá una vida?
Mirando en retrospectiva, no hubo mejor acierto que elegir Madrid, y mucho más el haberlo hecho sin conocer a nadie. Estos meses vividos me permitieron crecer, ser una versión de mí que no suelo ser muy a menudo con gente que acabo de conocer. Y por eso estaré siempre inmensamente agradecida.
De todas formas, no voy a negar que antes de “aplicar”, no tenía mucho la visión que tengo hoy. Honestamente, no le veía mucha “novedad” ir de intercambio a Madrid: ya había tenido la suerte de conocer esta ciudad, sumado a que hablaban español, así que no habría tal “obstáculo” para hacerme entender.
Pero lo nuevo siempre estuvo ahí: nunca supe que Madrid se iba a convertir en mi segunda casa, y que iba a caminar cada una de sus calles una y otra vez; que iba a lograr quedarse con un pedacito de mi corazón.
Y respecto al idioma y la cultura, sólo puedo decir que fueron horas y horas discutiendo el término “frutilla”; si son “palomitas”, “pochoclos” o “cabritas”; diferenciando entre “remeras” y “buzos”; y explicando más de una vez la gran incógnita de “navidad en verano”.
Como todo, esta experiencia también tuvo que llegar a su fin. Una parte de mí está contenta, porque es volver a casa, volver a mi familia y amigos, y a la ciudad que me vio crecer y llegar hasta acá.
Pero la otra parte sabe que el “volver” significa dejar atrás esta nueva vida que formé durante los últimos meses. Dejar atrás esa ciudad que me regaló tantas risas, atardeceres, recuerdos, amigos, y, debo admitir, algunas lágrimas.
Hoy, tengo la fortuna y el privilegio de poder anhelar con tanta felicidad mis propios recuerdos. No importa cuánto tiempo pase, siempre voy a tener todos los momentos vividos en mi memoria, listos para el día en que los quiera revivir.
Cuando piense en Madrid, sólo voy a poder tener un enorme agradecimiento por todo lo que me dio. Por haberme recibido como si fuera una más, por cruzar mi camino con personas increíbles que siempre tendrán un lugar especial en mi memoria. Por haberme hecho sentir acompañada y, exactamente, como en mi casa. Pero, más importante, puedo decir que siempre quedará un pedacito de mí en esa ciudad.
Victoria Rizzo
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