El 2023 en novelas

Por Santiago Legarre.

En Estados Unidos, arranqué el 2023 con mi segundo libro de Tim Gautreaux, The Clearing. Da gusto saber que en el siglo XXI hay escritores que a uno le gustan y que le dan ganas de esperar a su próxima novela. Solo esto diré de este genial habitante de Luisiana, mi estado favorito de la Unión.

El gran libro del año —Masters 2000— fue Bleak House, otra joya de Charles Dickens. Famosa por su parodia de los juicios, los expedientes y la profesión de abogado, esta novela cuenta, además (y como en todo lo de Dickens), con kilos de humanidad y de sabiduría. Sin desperdicio.

En Oxford —más precisamente en la cafetería de la librería Blackwell’s— degusté la mitad de Anne of Ingleside, el sexto episodio de la saga de Anne of Greengables (más conocida para algunos como Anne with an E). Anne crece, pero las novelas de Lucy Montgomery no fallan. La segunda mitad… en agosto de este año.

Además, el año pasado liquidé mi cuenta pendiente con E.M. Forster y leí su novela póstuma, Maurice. El protagonista del libro es homosexual y, aunque la obra tiene más de cien años (o sin “aunque”), aborda los dilemas que seguramente enfrentaría también hoy una persona así, de una manera todavía convincente.

Leí, además, otro libro de Thomas Hardy, The Mayor of Casterbridge. Todos los libros de este autor son parecidos. Esta es la marca de un verdadero autor (y de una verdadera banda de rock, dicho sea de paso). Además, en el caso de Hardy, todos sus libros son adictivos.

En Kenia, leí mi tercer libro de Willa Cather: Death Comes for the Archbishop. Tiene lo suyo, pero me quedo con su magnum opus My Ántonia e incluso con su novella A Lost Woman —tal vez por mi aversión a lo histórico (a pesar de que aprendí mucho de la evangelización de México con la lectura de Death…)—. 

En mi viaje de noviembre a Estados Unidos, compré la última novela de Cormac McCarthy, Stella Maris, publicada apenas antes de su muerte. La leí de un tirón con emoción. Un placer. También leí durante ese viaje The Power and the Glory, de Graham Greene, que compré en la calle, en Nueva York (más concretamente, en la vereda de Columbia, sobre la avenida Broadway). Este libro lo había comenzado justamente en Nueva York, hace veinticinco años. Fue uno de los pocos libros que “tuve que dejar”: no lo pude terminar, porque me hacía mal. Ahora lo retomé (en verdad, lo arranqué de cero) y esta vez logré acabarlo. Me gustó mucho (aunque menos que otros del autor). No estoy seguro de haber entendido el final. Me encantaría que algún lector me lo explicara.

Para terminar el año, devoré mi segundo Joyce: A Portrait of the Artist as a Young Man. De una belleza más parca que el Ulysses, me pareció más fácil y entretenido. La larga escena de la predicación durante un retiro ignaciano tal vez sea la única excepción. Luego de esta lectura, agarré el volumen IV del Proust. Pero esa reseña, ¡quedará para el año que viene!