Hace no mucho volví a ver El renacido, la película de Iñárritu que le valió el primer Oscar a Leonardo DiCaprio. La primera vez que la vi, en el cine, en su estreno, hace ya más de doce años, me dejó un sabor amargo. Pero ese no fue el punto. Lo que más me exasperó fue no poder vincular la película con la noticia que había deambulado su rodaje: por cuestiones de índole climática (por así decirlo), la filmación tuvo que concluirse en territorio argentino, en la provincia de Tierra del Fuego.
Cuando la volví a ver, esta vez junto a mis padres, no solo me gustó —mi crítica hacia su trama obvia viró hacia el reconocimiento de lo bien contada que está la historia—, sino que al terminar sentí la necesidad imperiosa de quedarme a ver los créditos. ¿Para qué? Para saber si había un agradecimiento especial a la Nación argentina, a la gobernación de la provincia donde fue filmada, o al menos al municipio. Mi cerebro necesitaba vincular la obra con el lugar en que habito, por más que esté a una distancia similar a la de cualquier estado del sur de Brasil —digamos, más de 1500 km de mi casa.
Viendo los créditos reparé en detalles llamativos: cuántos asistentes personales tenía DiCaprio, cuántos chefs exclusivos para él. Pero sobre todo intuí cuántas personas pueden llegar a trabajar en una película. Lejos estuve de contarlas, dada la velocidad con que bajan los créditos, pero el mensaje fue claro: son muchas más de las que uno imagina. Detrás de cada obra hay una cadena invisible de oficios, decisiones y esfuerzos que raramente celebramos.
Finalmente, el agradecimiento a mi país apareció. Y con él, ese vínculo que yo buscaba: el lugar, la cercanía, el Oscar, mi país, DiCaprio, una de las mejores fotografías en el cine en el último tiempo.
Desde ese momento, cada vez que termina una película que me gusta, siento la curiosidad de quedarme hasta el final. Es una forma de devolverle algo a ese rato en que me alejé del celular: entender quiénes y qué hicieron posible ese truco de magia.
El ser humano tiene una inclinación natural hacia el arte, hacia la cultura. Y también, aunque no siempre lo advierta, hacia la gratitud. Necesitamos saber de dónde vienen las cosas que nos conmueven. En la misma sintonía, suelo buscar quiénes están detrás de las canciones que me gustan: músicos sesionistas, músicos invitados, compositores, todo lo que engloba un mundo que me regaló un momento de bienestar. No es erudición lo que busco, sino pertenencia.
Tal vez, una revista de cultura no exista para consagrar obras ni para pontificar sobre el buen gusto: exista para sostener esa conversación, para señalar lo que vale la pena y para hacerle sitio a lo que todavía no tiene nombre. Existe, en definitiva, porque alguien tiene que quedarse a ver los créditos.
Si tenemos un rato, quedémonos después que termina la película. Tal vez de ese modo nos surjan ideas —como la de escribir un editorial—.
Nazareno Roberto Naso
Mayo 2026
