Villa Paranacito, cálida extensión de agua, verde y cielo.

Por Verónica Toller.

Un horizonte de árboles abarca toda la vista. Fresca exuberancia en verano, pasa al verdirrojo en otoño, cuando los taxodium (ciprés calvo o de los pantanos) parecen llamaradas sobre el agua en las orillas, mientras le hunden la mitad de sus raíces. Para julio, el rojo ya es bermellón o amarronado y se refleja en los canales y ríos de Villa Parancito, junto con la quieta gama verdegris de las casuarinas, en un fondo tachonado de garzas blancas. Entremedio, los biguá compiten con las gaviotas por el preciado pejerrey y crean un caleidoscópico paisaje blanco y negro.

Paranacito es un sitio pequeño, tranquilo, rumoroso de canales y arboledas. Se encuentra cerquita de mi ciudad, Gualeguaychú, y es, en realidad, el “lugar en el mundo” de Franco Melchiori, alumno de tercer año de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral. Pero, estando en mi provincia y sintiéndola tan cerca de mis afectos como la siento, este recorte de naturaleza casi intacta es, también para mí, un poco “mi lugar”.

Lo cierto es que, más allá de cualquier subjetividad, es verdaderamente único. Vean por qué.

Ubicada en el Delta de Entre Ríos, Villa Paranacito es un escape al sosiego hecho de agua, cielo y extensiones de follaje. Esta diminuta ciudad tiene sin embargo un ejido de 197 mil hectáreas. La población (apenas 7.500 habitantes) se distribuye entre las pocas manzanas que abarca el centro urbano (unos 4.000) e islas adentro, donde las viviendas son de tipo lacustre, sobre pilotes, para enfrentar con mejor suerte la época de crecientes.

Sólo en el núcleo más poblado, donde se encuentran la municipalidad, la parroquia Nuestra Señora de las Islas con su templo en punta recordando la forma de los barcos, algunos clubes y escuelas, el centro comercial y la pequeña terminal de ómnibus, hay calles en el concepto tradicional. Además, dos “cerros indios” se han levantado, siguiendo la ingeniería aborigen: uno para construcción de viviendas y el otro para radicación de industrias, ambos más arriba de la cota máxima de crecientes. Los antiguos habitantes de estas tierras solían construir elevaciones pequeñas, bajas, para escapar al cíclico azote de las aguas.

Fuera de allí, los pobladores viven al borde de los múltiples canales y riachos por los que circulan normalmente en lanchas o canoas. Islas adentro, es imprescindible tener aunque sea un pontón, tanto como en las ciudades es necesario un auto o una bicicleta.

Por supuesto, no hay micros urbanos sino lanchas de pasajeros para escolares, otra de 40 asientos para viajes contratados con anterioridad, lanchas-remis para hasta 8 personas, y hay que llamar al “botero” con su pontoncito a remo para cruzar desde la costanera al hospital, si uno no tiene embarcación propia. En noviembre, la Fiesta Estudiantil de las Carrozas Náuticas (en la que tanto Franco como sus hermanos han trabajado varias veces) es la coronación de este sistema de transporte, donde mágicas imágenes construidas por los chicos de la isla desfilan sobre enormes escenarios flotantes poblando la noche de luces, sonidos e imaginación.

Los isleños son gente luchadora, sufrida, que sabe remontar la vida y volver a empezar luego de cada inundación; descendientes, en su mayoría, de inmigrantes de todos los puntos cardinales de Europa. Los abuelos suizos, alemanes, italianos, irlandeses, españoles, franceses, polacos, belgas y rumanos llegaron hasta allí hace no tantas décadas y se convirtieron en vecinos, en una amalgama feliz que es hoy, en parte, población homogénea (todos son “de la isla”) y, en parte, conservadora orgullosa de las tradiciones de su tierra de origen.

Así, por ejemplo, en la posada de Grinwald (traducido: pino verde) uno puede deleitarse con alguna deliciosa tarta de frutillas o bien con una torta helada, auténticas especialidades de origen alemán que han hecho famoso su servicio de té. Por otra parte, entre las fiestas típicas, además de las carrozas náuticas, figuran la de las Colectividades y la de la Madera, en marzo, y alguna que otra jineteada.

Hay talleres de danzas o música para los chicos, alguna “confitería” (boliche pequeño), una biblioteca, ciber y la increíble costanera.

Pero, sin duda, el mayor atractivo está en la tranquilidad. Sumergirse en un mundo diferente. Ríos y arroyos que corren hacia el amplio cauce del Uruguay y convierten a Paranacito en el paraíso de los pescadores, de los amantes de safaris fotográficos y de los avistadores de aves.

En materia de pesca, hay servicios organizados con guías experimentados. Para quienes lleguen con su propia embarcación, existen guarderías náuticas y servicios de guías. Si lo que se prefiere son cabalgatas para conocer las islas por tierra firme, hay excursiones organizadas. También hay vuelos de bautismo que deben contratarse previamente en el Aero Club local, ubicado a unos 10 kilómetros del centro poblado. Y artesanías en junco, caña y madera.

Aire limpio para respirarse todo el cielo de una vez. Desborde de agua al alcance de la mano. Silencio verde. Y un pequeño poblado con rostros amigables, en el corazón del delta del Paraná. Así es Villa Paranacito.
Verónica Toller
mvtoller@gmail.com