Ilusos

Por Francisco J. Urbina.

– Llévate éste, Máximo, es lo mejor que hay – le dijo López, mostrando con sus manos rechonchas un estupendo cinturón negro que estaba puesto sobre la mesa del mostrador.

Despreciaba profundamente a López. Había sido amante de su mujer por años. Y López siempre se había sentido amigo suyo, sin saber lo que ocurría a sus espaldas. ¡Era tan iluso! Creer que una mujer como Julieta se conformaría con un tipo tan vulgar desde todo punto de vista… Tal vez lo único a su favor era ser un hombre bonachón. Pero no tenía ningún talento y su torpeza rayaba lo indignante. Al menos eso pensaba Máximo, especialmente después de lo de hoy. López lo había dejado esperando solo prácticamente toda la mañana. Máximo le había ofrecido venderle una parcela y, como era de esperarse, su amigo se mostró muy interesado en comprarla. Habían acordado verla temprano, pero López se atrasó varias horas: primero llamó para avisar que venía algunos minutos tarde por un taco(1); luego, que se había quedado sin bencina; después, que el auto se había echado a perder, pero finalmente sólo tuvo un desperfecto momentáneo.

– Mira, tómalo tú mismo – dijo López ansiosamente, apuntando el cinturón y pasando las manos por encima sin tocarlo, como si fuera conciente de su propia miseria y se sintiera indigno de ponerlas sobre algo tan fino.

– Además – agregó – te lo dejo en un precio regalado, en compensación por lo de hoy.  Un cuarto del precio de la etiqueta – Máximo tomó el cinturón. Era estupendo.

– El único defecto – continuó López – son un par de puntitos rojos que tiene por adentro cerca de la hebilla, pero ni se notan…–

El precio era desproporcionadamente bajo y las manchitas rojas no se veían con el cinturón puesto. Típico de López. Vivía haciéndole pequeños favores serviles. Apenas tenía para pagar las cuentas y prácticamente le regalaba este cinturón. Se lo imaginaba sudando en la mañana tratando de arreglar el auto desesperado, temiendo enojarlo con su retraso. Por alguna razón, López demostraba tenerle una admiración casi infantil, y siempre había parecido que estimaba como al mayor de los bienes su amistad. Pensó una broma cruel: “Pero López, me prestas tu cama, a tu señora, ¡y ahora me regalas un cinturón!”. No dijo nada, pero una sonrisa socarrona apareció en su boca.

-¿Te gusta entonces? ¿Te lo llevas? – López preguntaba ansiosamente.

-Sí. Me lo llevo – Pensó que a ella le gustaría, hoy en la tarde, cuando la viera de nuevo, como todos los viernes en los que López se quedaba ordenando la contabilidad de la tienda.

-Póntelo altiro, pruébatelo. Se lo mostré el otro día a Julieta, sabes. Le encantó. Creo que el próximo que llegue me lo voy a dejar para mí, para impresionarla. A ella le gustan estas cosas…

Máximo se puso el cinturón y no podía dejar de pensar en la sorpresa que tendría que fingir Julieta cuando llegara López con otro igual. La vida con López debía ser un hastío para ella.

-Viste, te queda estupendo. ¿Lo llevas entonces?

-Sí, ya te dije – Le pasó el dinero. López dudó un segundo.

-Oye, eh… perdona – dijo incómodo –  No te puedo hacer boleta, sabes. Por lo de la rebaja. Me desarma la contabilidad, los impuestos.

-Sí, da lo mismo – Era el típico comentario de López. Siempre con alguna pequeñez, alguna tacañería vil, como hacer un generoso descuento, pero ahorrarse el impuesto.

Partió de la tienda. Se subió a su auto con el cinturón nuevo puesto. Pensaba  que a Julieta le gustaría. Claramente no esperaría verlo a él con el cinturón. Se lo arrancaría como tantas otras veces, un viernes en la tarde, mientras López trabajaba en su contabilidad.

Tocó la puerta en casa de Julieta, pero nadie abrió. Estaba prendida la luz de su pieza, y probablemente ella estaría viendo televisión. El timbre se había echado a perder hace tiempo. Buscó la llave de repuesto escondida en un macetero. Abrió la puerta. Le llamó la atención el silencio en la casa. Como si no hubiera nadie… ¿sería posible que Julieta hubiera olvidado el encuentro? ¡Jamás! Ella esperaba toda la semana para esto. Subió las escaleras hasta su cuarto, llamándola cautamente. Al abrir la puerta, la vio tendida boca abajo en la cama. Se habrá quedado dormida, pensó. Se acercó para despertarla, pero a medio camino se dio cuenta de su anormal rigidez y un pensamiento terrible cruzó su mente. La volteó y vio su cara descompuesta en una mueca de desesperación. La frente rota había ensuciado la almohada. Corrió hacia fuera. Mientras bajaba la escalera, escuchó unos ruidos en la cocina. ¡El asesino! pensó, y saltó el último tramo hacia la puerta. – ¡Deténgase de inmediato! – gritó una voz desde atrás. Sin alcanzar a voltearse, fue derribado. Lo esposaron de inmediato.

Al día siguiente la prensa informó sobre el asunto. El homicidio se había producido en la mañana del día anterior, mientras la víctima se encontraba sola en su casa. Probablemente el asesino había decidido regresar durante la tarde para ocultar las pruebas del delito. El criminal fue poco prolijo. Aún llevaba puesto el cinturón con el que Julieta había sido estrangulada horas antes. Al reverso estaba manchado con dos gotitas de su sangre…

(1) Regionalismo chileno. Significa tráfico.

Francisco J. Urbina

25 años

Licenciado en Derecho

fjurbina@ieschile.cl