La gota evaporada

Por Federico Alfano.

Al contar algunas historias su camino sigue un desarrollo sin obstáculos, sin precipitar en riesgosas complicaciones. Otras no. Como si fuesen demasiado complejas, huidizas e inabarcables, dejan una puerta entreabierta hacia un confuso laberinto. Se retuercen, se arrastran. Complican el entendimiento de un lector engañado por su propia ceguera desesperada. La que en estas páginas me empeño en narrar pertenece a estas últimas. Es sin lugar a dudas una historia difícil de transmitir. Aún así, no les quiero dar parte en mis quejas, simplemente advertirles que pulsando ardores y latiendo rayos los invito a mi pequeño e infinito mundo.

Como casi todas las historias nace a partir de una única imagen, cargada de sentido. Esa imagen primera, esa que me somete al punto de querer contarla es ésta: en una habitación de un hospicio, en la que salpicados aquí y allá, hay unos cuantos familiares, un hombre mayor muere súbitamente. Lo más ambiguo, lo más complicado de explicar, es que aquel hombre, aquel anciano marchito, soy yo mismo. Esta historia es sobre mi muerte. Pido disculpas por adelantado ya que a nadie he advertido sobre semejante asunto. No puedo más que contarles sobre esta prisión de carne y sangre que es de un vivo cadáver sepultura.

El fin de mis días me habría encontrado transitando la hora fúnebre del atardecer. No hay hora más lúgubre en un hospital que ésa. La pálida luz de un Sol luchando por atravesar la delgada tela de la cortina. El fantasma del dolor trepándose a las sábanas como una interminable enredadera. La repetitiva filarmónica nacida desde los tacos de las enfermeras desfilando por el corredor. La ciudad serenándose de a poco, aullando más bajo, con menos histeria, robándole la piel al silencio para luego abrigar a los enfermos moribundos. Para la hora de mi muerte, la habitación era un castillo de arena desplomándose por el viento.

Mi último recuerdo era un rostro lamentándose. Penetrado de tristeza sin consuelo, corría en busca de éste su espíritu, espoleándose la imaginación con toda clase de incentivos sugestionadores, hasta descargar la tensión interna en lágrimas que descomprimiendo la situación toda hallábase en fin de cuenta con que lloraba sin saber de qué. Sus ojos desataban densas y caudalosas lágrimas, mientras el resto de él sentía de sí mismo una debilidad explícita, manifiesta o una claudicación inútil. Podría decir que su expresión permanecía inquebrantable, los labios férreos, las manos temblorosas. Para mí era como ver llorar a un árbol seco, muerto de desconsuelo en medio de un desierto interminable. Sus labios tensos se movían apenas, dictando en un murmullo las palabras justas a mi oído. Las palabras que para este momento ya he olvidado.

Mi cuerpo pereció inmóvil, perdiendo lentamente la calidez que le brindaba el latir del corazón. Mi entendimiento todavía vivo daba saltos mientras luchaba por entender ese estado de ensueño. Es bien sabido que la vida interior se hace más convulsa cuanto más la exterior se uniformiza y al parecer sucumbe. Mi mente oculta en un rincón del cuerpo muerto vibraba cual débil ceniza a los sonidos del olvido. Enjambres de mariposas de ideas surgían entonces en mi conciencia cual por ensalmo y como elevadas de un viento por la firme y eterna voz que me invitaba a mi último aprendizaje.

Podría decir que un sueño empezaba a arrastrarme por caminos nuevos e iluminados. Este sueño parecía distinto a los demás. Único. Finalmente, mi conciencia sumíase en una liviana voz que le hablaba directamente a mi alma marcándome el inevitable destino.

─ Bienvenido a este viaje. A este viaje que nunca ha empezado y nunca va a terminar.

─¿Qué es esa voz? ¿Quién eres? ─pregunté en mi lucha por dividir la muerte de alguna fingida alucinación. Ya era tarde para mí. Cuando quise darme cuenta mi piel se derretía, mis huesos se esfumaban. Me había convertido inevitablemente en una ola de mar. De alguna manera todos mis tejidos convergieron en agua, de alguna manera aquella habitación de hospicio se transformó en un infinito océano. Así empezó mi nueva vida. Convertido misteriosamente en ola de mar no tuve más remedio que aceptar mi condición.

Recuerdo haber florecido allá a lo lejos, en mares parcos, allí donde al eterno amor no le alcanza estas nuestras vidas pocas. Comencé un viaje silencioso siguiendo reglamentariamente la dirección que me indicaba el viento. No estaba solo. A mi alrededor había otras olas rodando hacia la misma dirección. Todo marchaba tal como estaba escrito, como si fuera un placentero sueño en su caprichosa intención de querer recordarme algo.

Continúe el camino hasta un punto en el cual logré divisar que delante de mí, a tan sólo pocos kilómetros, las hileras de olas que me precedían se convertían en espuma mientras besaban las rocas que habitaban la orilla. Sentí miedo, sabiendo que yo, al igual que ellas, era también una ola, y que inevitablemente llegaría mi final cuando mi aroma a sal y arena se debiese silenciar en las rocas de la muerte.

─Este es el momento, aquí es el lugar ─dijo la voz que aún resoplaba en mi atormentada mente.

─¿A qué momento te refieres? ¿No te has dado cuenta que nuestro fin se aproxima? ¿Acaso no has notado que cada paso que damos en esa dirección es un salto hacia la muerte?

─Este es el momento, aquí es el lugar de tu preciado aprendizaje ─repitió la voz─. Tú crees que eres una ola separada del universo que la acuna. Tú crees que eres una ola, cuando en realidad no eres más que una parte del océano. Aquí te convido la creencia de que se gana con perder.

Lo cierto es que a pocos metros de mi muerte me encontré dándole la razón a aquella voz. Fui testigo de extravío del alma en el cofre del cuerpo. Nadie puede librarse de éste sin recurrir a la muerte. No se puede uno escapar de la carne no por la falta de puertas, ni por la disposición aparentemente caprichosa del cosmos, sino porque no hay otra cosa que el alma. El afuera no existe. Nuestros contactos interhumanos no son más que eyaculaciones de nuestras propias proyecciones. No hay nada más indecible que el lenguaje. No hay nada más falsamente construido que nuestra mirada sobre el prójimo. Nadie jamás ha dicho lo que dijo, nadie jamás ha oído lo que oyó, nadie jamás ha conocido a nadie.

Disculpen si para estos momentos no soy claro en mis palabras. Para cuando borre mi silueta y me convierta en espuma es probable que ustedes estén tan confundidos como yo mismo. Un mar de vaguedades altera mi memoria. Si bien tengo tatuado en el alma el recuerdo de mis días, parecería que la tinta es tan sutil que se borra al tomar contacto con el viento.

Así, repentinamente, el aroma todo del jardín de mis memorias iba derritiéndose en savia colorante. Corría en mi cual manantial vivo un amor puro que me llevaba a perder la sensación de contacto con mi recientemente abandonado cuerpo y olvidado de sí, hallábame como suspenso en el cielo frente las rocas de la opuesta orilla, hallábame desnudo frente a los labios pulposos de la muerte.

El Sol evapora insistente

La gota en la tierra acumulada,

Que en un frío de hielo,

Modela el velo de un ángel

Y una nube conforma.

Con el mecer del viento

Contempla desde el cielo

El perfume del trigo candeal,

De las flores del seibo,

De las rocas de un abismo.

Pero la nube laminada,

Al morir en lluvia,

Cae en agua derramada

Entre las ramas vencidas

De un cedro enamorado.

¿Pudiera aún, la gota desmayada

Regalarle a las hojas del árbol

Aquel viejo aroma

Del velo de un ángel,

Del trigo candeal,

De las flores de seibo,

De las rocas del abismo?

Luego, se sumerge desnuda

En la tierra sedienta

Que le ha dado la vida.

Ahora, desconoce

Si es ella misma una gota

 Que ha soñado ser una nube,

O si realmente ella es una nube

Que sueña con ser una gota

Federico Alfano (26)
Médico