Desde Barros

Un artista plástico que demuestra que pintar no tiene que ver con habilidades técnicas, ni siquiera con capacidades físicas. Pintar, en sus palabras, es “abrirse a la experiencia de conocerse a uno mismo, en el lado interior más desconocido”.

Cuando Dios creó todas las cosas, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.” Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, sin vida: tenía ojos pero no veía; oídos pero no oía; boca pero no hablaba; manos y pies pero no caminaba. Entonces el Señor sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua, es decir, creó el alma y la introdujo en ella. Así la estatua se convirtió en un hombre vivo. Era el primer hombre, a quien Dios le puso el nombre de Adán, que significa: “hecho de la tierra”. (Gen 1: 26-27; 2:7-23)

La puerta del taller de Juan Barros en el Pasaje Barrientos – rebautizado por el artista plástico como “Pasaje de la luz” – se abre a una visión única: Barros carga un crucifijo de madera sobre los hombros y pregunta: “¿Me ayudás con mi Cruz?”. Así recibe a sus visitas que, en desconcierto mudo, sostienen parcialmente el inmenso madero y caminan trabajosamente a su lado hasta el sillón más cercano.

“Ahh… ahora sí”, dice sonriente. “Eso pesa mucho. Suerte que para pesos así existe la oración. A mí me parece brillante una anécdota de Santo Tomás. Hacia el final de su vida, había llegado a tal nivel de oración que quería quemar todo lo que había escrito, porque le parecía insignificante. Eso tiene que ver con pintar: cuando uno entra en la profundidad de la oración, lo encuentra todo. Y todo lo demás es nada.”

Barros es, ante todo, un creyente. Quedó ciego a los 23 años, luego de un accidente doméstico: hachando un pino, una rama lesionó sus retinas ya debilitadas por la miopía y, pese a varias cirugías posteriores, no pudo recuperar la vista. Pero ganó mucho más. Una fe descomunal nació en él gracias a la ayuda espiritual de un sacerdote durante esta dura época en la que, además, su familia sufrió una estafa que la dejó prácticamente en la calle.

Hoy, una década y media después, Barros es artista expositor, coordinador del taller  gratuito “Curar a través del arte” en el Centro Cultural Recoleta y psicólogo. Su frase de cabecera, “Ver no es el límite de la realidad”, corona la ventana del estudio en Recoleta, donde moran sus futuras obras. Esta frase guarda un mensaje aún más trascendente: los límites físicos no son tales cuando se tiene fe, porque nada es imposible para Dios y su “Soplo de Vida”. Para Barros, ninguna obra suya es enteramente suya: es Dios soplando en él, a través de él y junto a él.

¿En qué obra propia sentiste que Dios actúo más que nunca?

Son varias las obras que, como resultado, no se explican por mi técnica o mis capacidades. Por ejemplo, esta escultura de la escalera [señala un cúmulo de pequeñas maderas a su lado, que se apilan en espiral ascendente formando una casi escalera caracol, que tuerce extrañamente su rumbo en los últimos peldaños]. Yo en principio la había creado en un ascenso y, ya terminada, hice un movimiento con el brazo que la tiró al piso y la rompió en tres partes. Tuve paciencia conmigo mismo y busqué un modo de recomponerla y, al hacerlo, puse al revés una de las partes. Así se generó otra obra, con una terminación que superó la que yo había pensado para ella. Éste no es el resultado de un error, sino de algo más. El desarrollo de mi obra, sea pintura o escultura, siempre tiene como punto de partida la oración, en la que encontré la forma de acceder a lo más profundo de mí. Luego, tomo los colores o la madera y sólo va surgiendo ese interior. Llego a tal intensa y fiel comunicación con la luz, el color y el movimiento, que en determinado momento de la creación de mi obra me olvido de que no veo. Artísticamente, llego a eso a través de la intuición. Pero yo creo que esta intuición tiene su dimensión fontal, de fuente, en la oración.

Las escaleras son, entonces, una metáfora de esa búsqueda de Dios: de volver a encontrarlo en cada obra…

Yo no quiero hablar de volver a Dios sino de descubrirlo en un vínculo que se profundiza. Por ejemplo, cada escalón de una de mis escaleras tarda como un minuto en secar y, como me aburría mientras los sostenía y esperaba, empecé a rezar. Entonces, ahora mis escaleras son como rosarios. Mi descubrimiento del arte se dio a partir del aburrimiento: de esos momentos en los que uno no está poniendo en movimiento ninguna fuerza creativa. Así fue con el dibujo, con la pintura y la escultura.

¿Por qué estudiaste Psicología?

En el momento en que descubrí cómo vivir de mi interior, y la Abogacía, que era lo que había estudiado hasta entonces, dejó de ser una inquietud. La vida consiste en constantes estados de necesidad de interioridad. Por eso, busqué algo que me permitiera profundizar más en el conocimiento de mí mismo para luego transformarlo en ayuda a los demás. Pero yo quería acceder a ese conocimiento con la base de la fe, y por eso estudié en la Universidad Católica Argentina.

¿Encontraste en la carrera a Dios? Muchas veces la Psicología hace a un lado la religión… 

Siempre hubo grandes psicólogos, si bien no llamados así,  sino tal vez grandes estudiosos del alma humana: santos, sabios, profetas… La Psicología, en tanto que intenta comprender al hombre únicamente como un proceso psicológico, no llega a conocerlo nunca porque recorta su dimensión espiritual. Digo “dimensión fontal” porque me encanta esa expresión, que remite a la fuente de la que emana la vida. El Evangelio de San Juan habla de ese Dios que es amor, fuente de todo. La Psicología, también en las universidades católicas, todavía está tratando de conciliarse con la fe. Es la eterna disociación entre razón y fe. La humanidad durante mucho tiempo ha creído que la inteligencia es sólo la razón, y desde entonces el conocimiento como un todo que abarca la fe es algo relativo, porque se ha fragmentado.

¿Tu vocación es el arte?

Mi vocación es ir siendo, al igual que todas las personas; no se agota en una sola actividad, ni siquiera en el arte.

¿Cómo firmás ahora?

“Juan Barros, hecho en la cruz”: es una expresión de gratitud que se refiere a mi posibilidad de nacer en la cruz, de poder identificar el dolor con un sentido para vivirlo dignamente. El mensaje cristiano es ése: Cristo no vino para llenarnos de prohibiciones o normas sino para hacernos saber que Dios confía muchísimo en la naturaleza humana. “Quien cree en mí hará mis obras y aún mejores”, dijo Jesús, y esa confianza en el hombre es maravillosa. La capacidad de encuentro de Jesús es enorme, y Él descubre en cada persona que se le acerca qué es lo que la hace única. El hombre no se acaba en sí mismo, cuando Dios participa en ese hombre, lo completa espiritual y a veces hasta físicamente. Jesús nos dio un modo experiencial de vivir en Dios. Dios fue vencido en Cristo: el Hijo no fue un superhéroe imbatible, fue humano. Esto ocurrió para demostrarnos que Él nos conoce como hombres íntimamente; pero, al mismo tiempo, para que entendamos que somos más que eso. Por eso, el Vía Crucis me parece un preciosísimo manual de Psicología.

El estudio de Barros es un cúmulo de imágenes coloridas que cruzan y descruzan líneas trazadas con pastel de tiza. Muchas de ellas evocan la imagen de una cruz; coloridas y de madera, doradas y armadas con fragmentos de marcos o simplemente abstraídas en colores y formas originales sobre un lienzo. El icono del cristianismo es, para el artista, mucho más que una imagen. Es su realidad, su filosofía de vida y su inspiración.

¿Sentís que a tus limitaciones para ser artista las suple Dios?

Pintar me lleva a un estado de asombro de Dios como voluntad que excede la mía. Yo he decidido creer en Dios. Así es como reconozco que Él participa de mis obras. No son sólo un esfuerzo de mi voluntad o mi inteligencia o mi visión. Mi frase “Ver no es el límite de la realidad” se refiere a eso: mi arte no pasa por ver o no ver. De lo contrario, no podría pintar, porque no veo. Si la lógica fuera visual, mis obras nunca “serían”.

¿Cuándo fue el momento en el que pasaste de tu búsqueda de Dios a relacionarte con otras personas a través del arte?

El momento más fuerte fue este año, cuando el Centro de Diagnóstico Enrique Rossi me contrató para crear el taller que coordino en el Centro Cultural Recoleta, Curar a través del arte. Lo que hasta entonces era una experiencia comunicable persona a persona ahora se convirtió el algo masivo. El taller tiene como misión que personas que buscan dar más sentido a sus vidas, con distintas historias,  puedan abrir esa puerta a través del arte. Eso es mi experiencia abriéndose hacia los demás: ser artista deja de ser algo que “le pasa a un tal Juan Barros” para ser algo que “nos puede pasar a nosotros”. Eso es un alivio. Lo que menos quiero es que se explique mi obra como: “Ah sí, Juan puede porque está tocado por la varita mágica”. Los talleres lo prueban: 70 personas vinieron y sólo dos  no pudieron pintar. Yo siempre pido a los presentes, al empezar el taller, que tracen una línea. ¿Quién se puede resistir?, ¿quién puede decir que no puede? Así toman conciencia de que no están necesitando ninguna habilidad, ninguna técnica; sino que sencillamente deben abrirse, salirse de sí mismos.

Lo de abrirse a esta experiencia del arte, ¿de qué manera ves que cambia la vida de la gente? 

De varias maneras. Primero, las mismas autoridades del Centro Cultural Recoleta no se esperaban que el taller fuera lo que es, que tuviera la repercusión que tuvo. La idea no era concreta en sí: nadie entendía bien de qué se trataba. Hoy los directivos del Centro Cultural Recoleta están contentísimos. Para mí, es un orgullo. Luego, ese desconcierto se ve también en los alumnos. Hay personas que han venido y se han ido, confesando que la experiencia era demasiado fuerte para ellos… que tenían demasiadas estructuras y necesitaban su tiempo para volver. De pronto, a estudiantes de Bellas Artes, por ejemplo, que aparezca un Juan Barros y les diga: “No necesitás técnicas, ni estudiar y ni siquiera necesitás ver para pintar”, es un modo bastante distinto de entrar en la realidad al que están acostumbrados.

¿Qué recibís al enseñar?

La confirmación de la fe. Es decir, que tener fe vale la pena. Yo soy lo que soy por fe. Si fuera por mis circunstancias de vida, me hubiese quedado hace muchos años justificándome, diciéndome a mí mismo que no puedo hacer cosas porque no veo. Estaría trabajando de cualquier cosa, en una institución de ciegos, o lamentándome por la estafa que sufrió mi familia, quizás atravesado por alguna ideología. La fe me hizo descubrirme. Y aún no me anclo. Pienso que todavía puedo orientar mi vocación hacia la arquitectura, la música, la escritura…

¿Por qué perdiste la vista?

Por desamor. Fue una historia de amor terrible. Me arranqué los ojos para no matarla.

¿En serio?

¡No! Es que estábamos muy serios.

Juan se echa hacia atrás en su sillón y ríe fuertemente. Luego se pone serio otra vez. Sus ojos son de color castaño, y se fijan con valentía descomunal. Pocas miradas logran encallar en el rostro con tal fuerza. Y muchas que sí pueden ver, no pueden alcanzar el alma de la misma manera.

Hoy, después de años de pintar, veo más. La pintura me permitió otra conciencia de mí mismo. Antes, durante  una conversación yo miraba al piso, como un ciego de nacimiento, porque creía que no podía tener registro del otro. Ahora tampoco lo tengo, pero puedo mirar a la gente a los ojos, incluso sin verla. Es la apertura espiritual que me dispone a comunicarme con el otro. Eso cambió mi modo de pararme frente al mundo: el arte me mostró que puedo nacer al color, ver la realidad de manera gozosa.

¿Te sentís en desventaja con respecto a otros artistas?

Uno es artista cuando descubre qué es lo que lo hace único. Y una vez que lo descubre, ya no hay competencia.

Es un mensaje que toma una vida meditar. Todos somos únicos y cada cual hace, de sus dones, algo diferente. Lo que no olvida Juan Barros es Quién está detrás de los resultados. Su obra no es, para él, un mérito atribuible únicamente a dones humanos sino a Algo más, a Alguien más. Frente a su testimonio, es inevitable preguntarse qué es lo que cada uno hace con lo que le ha sido dado. Cómo hacer, del propio barro, algo único. Porque, en definitiva, todos somos de barro.

Soledad D’Agostino (22) y Delfina Krusemann (23)
Estudiante de Periodismo – Licenciada en Comunicación Social
soledagostino@fibertel.com.ar – dkrusemann@yahoo.com.ar