«El Safari de la vida» de Santiago Legarre

Por Agustín Eugenio Acuña.

En primer lugar, debo realizar dos advertencias. La primera es que esta es mi primera reseña. La segunda es que me considero amigo de Santiago, así que, como decimos los abogados, «me caben las generales de la ley». Como quien avisa no traiciona, no me hago cargo de las decepciones producidas por expectativas que no generé.

El contexto siempre es importante y el de este libro no es la excepción. Santiago escribe hace mucho tiempo y diversas cosas; la mayor parte del tiempo, en forma muy clara. La gente en general lo conoce en su faceta de académico del Derecho (pero académico en serio, full time, lo que es una rareza). Por eso, cuando me comentó que estaba escribiendo una novela de aventuras, me sentí atraído enormemente. ¿Por qué? Porque con Santiago compartimos (insólitamente y solo algunas veces) los gustos sobre las novelas de aventuras. Cuando publicó Un profesor suelto en África (2016), su primer libro, corrí a adquirirlo. Lo leí en un viaje que hice con mi familia a Buenos Aires. Debo decir que me sentí absolutamente engañado. Esperaba una novela de aventuras, con piratas, tesoros, buenos y malos bien definidos, etc. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. El engaño me permitió conocer Kenia a través de un libro que narraba los viajes docentes de Santiago. Pero no solo el país, sino también su gente, su cultura, las miles de anécdotas en las que Santiago los pinta (y lo más curioso, «se pinta») de cuerpo entero.

Ya sé. Deben estar pensando: «¿Pero que no es esta la reseña de Safari de la vida? ¿Por qué se pone a hablar de Un profesor suelto en África?» Tienen razón, se me fue la mano con el contexto. Todo esto para decir que cuando Santiago me dijo que estaba por sacar la segunda parte de su libro me volví a ilusionar. Porque si hay algo que caracteriza al estilo de narración de Santiago es que nos deja muchas veces con la intriga. Con ganas de saber qué fue de la vida de tal o cual personaje de su libro.

Lamento decirles que nuevamente Santiago me timó. Dividió el libro en dos partes. A la primera la tituló Retorno a África. Debo decir que cumplió con el cometido de contar más relatos sobre sus aventuras africanas.

Para los que no leyeron Un profesor suelto en África, Santiago dedica un capítulo introductorio (Ser viajero) a cómo su actividad académica lo hace viajar por el mundo. De ahí en adelante —y en apretada síntesis— podría decir que nos cuenta cómo las peripecias para llegar a misa terminan convirtiéndolo en casamentero (Creer o reventar… o no creer); su admiración por cómo los keniatas aman la educación (El safari de la educación); su particular canje publicitario como escritor (Volver como escritor); cómo casi es devorado por un león (Leones en la ciudad); y las aventuras de su famosa amiga, Kuki Gallmann (Kuki: una vida de película). Luego de unas breves líneas sobre su paso por Etiopía, Santiago nos dedica el último capítulo de la primera parte a contarnos su experiencia en safaris (Safari avanzado), con algún que otro consejo que suena «antipático»—como reconoce— al querer evitar la compañía de turistas novatos. Entiendo que esta recomendación está enmarcada en su postura de controlar las expectativas para evitar las desilusiones en el safari de la vida.

El Safari de la vida, justamente, le puso de nombre a la segunda parte del libro donde encontramos tres secciones dedicadas a la vida, al arte y a la docencia. Para quienes leemos a Santiago, constituyen la agrupación de columnas o artículos que en algún momento publicó en diarios nacionales o provinciales. Muchos no encontrarán allí novedad alguna. Sin embargo, lo interesante es que son temas que no hacen a su especialidad, el Derecho, sino a aspectos más generales, del común de los mortales. Constituyen la mirada de un académico del Derecho sobre temas que nos atañen a todos. ¿Quién no ha sido alumno alguna vez? ¿Quién no ha disfrutado alguna novela en vacaciones? ¿Quién no se ha sentido frustrado alguna vez por el tedio de la rutina diaria? Santiago aborda esos interrogantes de manera llana, pero con profunda y seria reflexión.

Antes de decir algo más sobre el fondo, debo destacar la forma. Santiago escribe claro. Y se le entiende todo lo que escribe. Eso nomás, en esta época donde está de moda el lenguaje inclusivo y la rebelión contra la gramática y la ortografía, ya es un motivo para ir y leer el libro. ¿Cuántos libros en aras de hacerse los importantes los autores están redactados en una jeringoza incomprensible? La claridad de los conceptos, la brevedad de las oraciones, la conexión de las ideas, son algunas de las formas que se disfrutan con la lectura del libro.

Pasemos al fondo del asunto, como decimos los abogados. Santiago puede desarrollar todo un artículo sobre los pensamientos e ideas que tiene por algo que, a simple vista, los que creemos que andamos en «cosas más importantes», siempre apurados—como nos describe en Vivir corriendo— no advertimos. Algunas nos parecerán ciertamente insignificantes como el uso de los anteojos de sol o los auriculares, que aborda en Ver sin ser vistos. Otras quizás son profundas, aunque resumidas, como la comparación entre la vida y el safari, que es lo primero que desarrolla en La vida como safari. Incluso algunas nos parecerán anacrónicas (más en tiempos pospandémicos) como la cruzada personal que encara Santiago en sus clases contra la tecnología en La guerra de las aulas. Y ciertamente otras nos parecerán un tanto exageradas, como la teoría que explica la influencia que tiene en nuestras vidas la lectura de novelas, que detalla en Leer en vacaciones. Personalmente me siento identificado con la crítica y a la vez agradecimiento sobre la impuntualidad de la gente, en su Gracias por haberme plantado.

Ahora bien… ¿hay algo que una todos estos temas dispersos en la obra? Sí, varias: la absoluta honestidad con la que se plantean las cosas, el estilo directo y sin vueltas —escaso en un mundo acostumbrado a los pliegues y recovecos— pero, sobre todo, el disfrute. Santiago busca que al menos disfrutemos con su lectura, aunque no compartamos lo que escriba; y eso, sin duda, lo logra con creces.

Agustín Eugenio Acuña (33)

Lector no objetivo

agustin.eugenio.acuna@gmail.com