Despedida en el puerto

Por María Soledad D’Agostino.

 

Bañada en el dorado del atardecer, la vi más radiante que nunca. Azaroso, se le recostaba sobre el hombro derecho un encrespado extenso de negras hebras de cabello. En nueve meses exiguos de conocerla, Saraí nunca reveló nada menos que perfección. Su cara de madera lustrada contrastaba con la intrepidez de intensos ojos selváticos, tan enigmáticos como los motivos del repentino hermetismo que percibí días antes de aquel encuentro. Y así me miró. Como si se explicara en silencio, aunque para mí jamás lo hizo. El mundo se redujo a una conexión hermética entre los dos, pero ninguna imagen pudo hablar las palabras que faltaron. No hubo lágrimas, ni risas, ni recuerdos, ni proyectos. Entonces, muda, hizo llover sobre mí como terminantes agujas los momentos felices que viví junto a ella. Y aún así yo permanecía perplejo. Pero hoy comprendo que sacrifiqué vanamente mi inocencia en el altar del amor que le di. Y que la candorosa ingenua se desangraba crudamente aquella tarde, mientras mi pérfida diosa sostenía una mirada fotográfica y una sonrisa inerte en los labios.

Si algo supe de ella es que vivió fugaz y explosiva como la pólvora. ¿La vida? El presente, sólo eso. Me colmó de bienes físicos para ocultar un intermitente vacío de amor verdadero. Porque la atracción que provocaba era inefable: satánica, quimérica, avasallante. Calculadora y voraz como una viuda negra, tejía su telaraña de dulzura aparente y los hombres se enredaban como moscas descerebradas. Con su vaivén pendular al caminar destrozaba letalmente, desde el eje, hasta la más redoblada resistencia. Soñaría infinitas noches con aquel momento, escarbando todas sus aristas en un intento desesperado por llenar las razones que, aun hoy, se mantienen vacías. Mientras el sol se ofuscaba, sentí avecinar una tormenta en mi mirada. Y todo su cuerpo era una elegía de despedida. Quise tomarla por la cintura, pero la seda de su vestido se deshizo entre mis dedos, mientras ella se deshacía del ancla que la retuvo brevemente en mi puerto. Y allí quedé, solo, anhelando sostener, con mis manos incluso, las amarras de aquel navío que se perdía en la mezcla azulada y rojiza del mar de la vida.

 

María Soledad D’Agostino
20 años

Estudiante de Comunicación Social

ms.dagostino@sedcontra.com.ar