Desmo

Por Soledad D’Agostino.

Se me cruzó una tarde, como quién sabe cuántas otras veces desoídas. Su mirada estaba perdida, vagando por un aire que se cerraba sobre él. Era negra, azul, quizás gris. Pero se clavaba como un dardo, en el pensamiento, en la palabra, y en el alma. Me saludó como si me conociera, con un gesto eminente. Era un galán, de porte moreno y distinguido, aunque tunante. Le quebraba la cara una pizca de sonrisa que dejaban entrever sus huesos blancos.

Y como invadiendo un espacio que creía suyo, se me plantó en frente. Con voz grave y envolvente supo decirme: “Buenos días, mocita, aquí llego yo, el que siempre se te enreda en el camino. Has sabido esquivarme de vez en cuando, y todavía no sabés por qué lo hacés…” Lo miré entre perpleja y asqueada: me enervaba intentos de ignorar su faz artística. También una atracción venenosa, que intoxicaba desde él. Sentí que el tiempo se emancipaba, y no supe moverme. Entonces me di cuenta de cómo vestía el garbo extraño: de improviso, como si hubiera estado desnudo. Una capa roja le llegaba hasta las rodillas y le trepaba a los hombros con dos medallones plateados. Llevaba botas negras de cuero, en invierno, pero a las dos de la tarde y en pleno centro. Era como ver la figurita difícil entre el barro de una vereda. Y tuve la insólita sensación de conocerlo. Mandinga, hubiera dicho yo. “Mandinga”, dijo él.

Como si la pregunta encajara, continuó: “¿Cuál es tu obra?”. Se inquietaba con gestos chúcaros. Observé cómo endurecía las cejas negras, recias como una crin. Sus palabras eran punzantes e ineludibles. No existía posibilidad de no contestarlas. Y, sin embargo, no supe contestarle. “Para llegar, no basta con no hacer. Hay que hacer mucho”, habló hacia sí mismo, como si yo no estuviera.

Luego escupió una siguiente pregunta, dirigiéndome una expresión contundente: “¿Cuáles son tus proyectos?”. Con la palabra ida, mi cabeza se sacudía toda buscando una respuesta cabal. Y no supe encontrarla. Quedé inmóvil, desarmada por sus inquisiciones. “No hay menos persona que quien no tiene Fin”, concluyó.

“¿Y tú pasado? ¿Quién fuiste?”, preguntó finalmente. “No lo sé”, respondí frustrada a sus tres cuestiones. Y me lamenté más por aquella falta a mí misma que por deberle a él. Y supe entonces que no sabía nada.

Supe también, unas semanas después, gracias a un libro polvoroso, que se trataba de un demonio especial: Desmo, el de Las Preguntas. Un demonio necesario y, dicen las buenas lenguas, filántropo. Desmo se aparece en las vidas de muchos y, si lo oyen preguntar, marca nuevos rumbos para sus caminos. Algunas almas creen estar seguras de sus respuestas. A ellas que no se replantean nada, Desmo vuelve a buscarlas cuando los tiempos terminan, con sus respuestas improvisadas, desprolijas y poco reflexivas. Otras, más prudentes, aprovechan este encuentro enigmático para borrar sus respuestas presentes, y enmendarlas. También están las que no pueden ver a Desmo, simplemente porque no quieren o porque prefieren no creer en cuentos para niños. Existen también almas que lo odian (o le temen). Con ellas Desmo tiene un trato especial, porque todos saben que del odio al amor hay un solo paso.

Yo no tomo partidos. Pero puedo decir que gracias a él entendí lo importante que es saber contestar sus tres preguntas —a uno mismo esencialmente y luego al resto— y el peligro que conlleva dejarlas en blanco. Cuando el tiempo algún día se detiene para siempre, ya no pueden contestarse ni rectificarse las respuestas.

Todo en mí cambió desde aquél cruce y gracias a él.

Hoy sé qué hago para conseguir lo que proyecto hacer luego, y qué hice para ser la persona que soy y hacer lo que hago. Me conozco: sé dónde encuentro mi destino. Si vuelvo a toparme con Desmo, sabré contestarle. Si lo encuentran antes, díganle que lo espero… y, por si acaso, tengan listas sus respuestas.

Soledad D’Agostino (21)
Estudiante de Comunicación Social
soledagostino@fibertel.com.ar