Entrevista a Dolina

Es una noche en la que el frío callejero congela las palabras en el aire. Los enredados recovecos del Paseo la Plaza en Av. Corrientes 1660 parecen dormidos. En la penumbra, una estrecha escalera cobijada por impenetrables enredaderas invita a los pasantes a la sala Pablo Picasso, en vigilia. Todas las medianoches, misteriosamente, asambleas secretas se congregan ante sus puertas, como esperando que se abran para revelar alguna dimensión fantástica.

Dan las 11:30 cuando un espigado caminante, escondido en su inmensa bufanda, atraviesa las puertas inexpresivas. Sólo los conocedores del motivo de reunión en la entrada de Pablo Picasso sabrían que se trata de Alejandro Dolina.

Media hora antes de emitir “La venganza será terrible”, su diario programa en vivo por Radio 10, lo sorprende toparse con una espectadora solitaria que no aguardaba afuera como el resto del que sería su público: “Alejandro, ¿te puedo entrevistar?”. Él duda sólo un segundo: “Tendría que ser ya. Vení conmigo.”

“Bueno, dejáme resucitar”, ruega, tiritando de frío una vez que nos instalamos entre las expectantes sillas de la sala mientras el personal del programa alista el plató. Tres micrófonos, muchos cables y dos cajas enigmáticas- una roja y una verde- ocupan el decorado. Más tarde sabría que esas cajas permiten al público interactuar, mediante preguntas y comentarios respectivamente, con los conductores durante el programa. “Bueno, ¿qué vamos a hacer? Dale”, me acucia de repente.

Profiere una voz seductora, que podría confundirse con la de algún actor, un apasionado poeta o un cantante de arrabal. Es que Dolina es todo eso junto. En el universo de su programa se constelan relatos de la mitología griega, canciones del dos por cuatro, música moderna, sketches humorísticos con actores invitados y cualquier otra ocurrencia suya. Su carácter es una impredecible mezcla de ingenio, melancólico arrabal tanguero, cultura, profundidad y sabiduría.

¿Cómo es su formación?

Más que nada es en mitología griega. Lo demás está en la calle, al alcance de cualquiera. Tampoco soy muy versado, pero lo que sé proviene de estudios universitarios: los he tenido como tantos otros muchachos. El conocimiento de las músicas populares también viene de estudiarlo. El barrio te da el resto.

¿Usted considera que esa característica de su discurso lo hace más atractivo?

Sí, claro. Es un recurso netamente humorístico. Decía Arthur Schopenhauer que poner una cosa donde parece que va otra siempre termina en una gracia. En este caso, se trata de utilizar el lenguaje de las amas de casa para describir una situación filosófica, y al revés: valerse del lenguaje académico para describir una situación banal y cotidiana. Creo que da buenos resultados.

¿Usted se considera músico, actor, conductor o escritor?

Yo creo que soy sólo dos de esas cosas, aunque parecen muchas. Soy escritor y músico. Digo escritor primero no porque me guste más sino por estar seguro de tener en eso una formación superior, al menos como lector. Como músico, mis creaciones son menos frecuentes. De integrar esas dos supuestas habilidades surge la radio, por ejemplo. Uno podría creerse que es una tercera habilidad pero en realidad es el ejercicio de ambas en el hallazgo de una forma de comunicarlas. Después está, quizás, lo actoral, si bien no lo exploto tanto en “La venganza…” como en alguna de mis otras aventuras artísticas. Acá interpreto situaciones dramáticas que no requieren un esfuerzo demasiado intenso pero, cuando hacemos comedias, los tipos que represento se parecen, de algún modo, a mí. Una nueva habilidad podría ser bailar, pero esa no la tengo.

¿Por qué la gente no se cansa de venir a sus programas?

Me parece que, aunque mantienen el título y una especie de formato, los programas nunca son lo mismos, porque cambian los contenidos y cambiamos nosotros. Yo no soy el mismo que era hace 10 o 15 años. Por suerte…

¿Qué espera lograr en el público, qué efecto busca conseguir cuando escribe o cuando habla?

No sé si me pregunto eso, sino más bien qué efecto quiero conseguir ante mis propios ojos. Busco cumplir reglas interiores del arte, del modo que más se parezca a mi forma de verla. El arte tiene requisitos que pueden o no cumplirse. Y, a veces, no cumpliéndolos se tiene más éxito. Me refiero a estrictas cuestiones de estructura. El tipo que compone música no tiene más remedio que seguir estructuras propias del arte musical. Después, lo que hace que llegue al público es cuestión de matices. Yo no pienso nunca en lo que va a decir el público. Pienso en lo que puedo decir yo mismo, o mis personas queridas.

¿Pide opiniones a personas queridas cuando escribe?

Sí, muchas veces. No son demasiadas. (Se detiene con una sonrisa pícara.) Hay gente que somete a sus amigos a semejante tortura. Yo les leo mucho a mis hijos, que son jóvenes pero estudian y saben bastante. También tengo una amiga a la que le leo mucho. Creo que ahí pararía de contar.

¿Cuál cree que es su gran tema literario?

La muerte y el amor. Creo que son las dos fuerzas centrales que impulsan todo lo que hacemos. Y están relacionados: la muerte es el precio que uno paga por el amor porque, si fuésemos inmortales, no amaríamos. Además, de no tener amor y muerte, tampoco tendríamos arte.

¿Y a usted qué le generan estos dos temas?

Yo creo que son el anverso y el reverso de una misma moneda. La muerte es el terror. Y el amor es lo contrario a la muerte. Más que la vida. Fijáte que, en los momentos culmines del amor, uno es inmortal. No se puede pensar en muerte en esos momentos. En cambio, toda nuestra vida no está exenta de muerte.

¿Usted cree que hay algo después de la muerte?

Si tuviera que contestarlo sin metáforas ni fe poética, diría que no hay nada. Y lo lamento tanto… Me gusta tanto amar y vivir, la gente que me rodea, disfrutar, y a veces hasta disfruto el dolor. Esa nada, que creo que nos espera a todos, se me antoja peor que el infierno.

¿Qué es el infierno para usted y por qué le inquieta tanto en sus escritos?

El peor infierno para mí es la nada. El otro es el mítico, que tiene un sentido moral por más que sea rebuscado. El infierno mítico me parece una invención absurda, y uno no puede menos que reflexionar sobre él. Tiene su ética: “El que peca va al infierno y el bueno va al cielo”. Es elemental, pero funciona así. El otro infierno es aquél al que uno llega por casualidad. Ese infierno existe. Uno arriba a él sin haberlo merecido. Ése es mayor que el mítico porque, después de todo, el tipo que se está asando al spiedo por pecados que cometió tiene al menos la certeza de que está ahí en cumplimiento de planes que el Universo tiene. El que está en el otro infierno, en la nada, ni siquiera está seguro de que el Universo tenga plan alguno. Sufrir por nada siempre es peor que sufrir por algo.

Los preparativos para iniciar el programa se vuelven más sonoros. Se rompe el claustro filosófico que nació de las preguntas y la realidad de un tiempo que apremia consume la paciencia de Dolina. “¿Qué vas a hacer ahora? Quedáte”, espeta, poniendo fin a la entrevista. Su aire compadrito intimida de una manera sólida, casi impenetrable. De no ser por la ambigua sonrisa tras sus palabras imprevistas, Dolina podría ser un tipo serio.

Una pregunta más, ¿cómo le repercutió personalmente el cambio de radio?

(En la mirada- acaso divertida- entiende que aquél tema controversial no fue casualmente relegado hasta el final. Contesta con soltura impasible.)

Algunas de las cosas que se hicieron fueron macabras. El reportaje de la revista 23 [en referencia al episodio que acabó casi en enfrentamiento a mano limpia entre el conductor y un periodista] me pareció una barbaridad de una bajeza terrible. Por todo lo demás, lo que tengo que decir está en los medios. Si alguno cree que lo que digo tiene que ver con el perfil ideológico de nuestra radio, allá él. Me parece que esta emisora es tan mala o tan buena como la anterior. Tan fascista como la anterior. Tan insoportable como la anterior. No conocí emisora cuyo gerente fuera el Che Guevara o la Madre Teresa de Calcuta. Ni siquiera el Che Guevara hubiera sido un buen director de radio porque, me imagino yo, habrá tenido lo suyo. Habrá sido, también, crítico de su realidad.

Sonríe y se levanta. Luego de una nueva invitación a presenciar su aveniente programa, se disculpa y sube al escenario. Lo acompañan Coco Silly y Patricio Barton, los actores invitados. Sentado entre los dos comediantes, Dolina observa las butacas vacías intercalando chistes para descomprimir los minutos antes de comenzar la emisión. Su insondable estilo atrae de un modo irresistible: es dueño de un carisma especial, díscolo, ininteligible. Quizás sea ésta la razón por la que, poco a poco, la sala comienza a poblarse de gente que aguardó en la entrada por más de media hora. Jóvenes y adultos lo cercan con la motivación asidua de verlo conjurar, como todas las noches, un mundo espontáneo que él mismo anima con música, humor y narraciones. Sólo él puede hacer bailar tango a la mitología griega y dar filosofía a las risas.

Soledad D’Agostino (21)
Estudiante de Comunicación Social 
soledagostino@fibertel.com.ar