Papeles

Por E. Dantés.

Todas las tardes de mi vida soñé con ella. Un pálido rostro alzado por el brillo en sus ojos; de noble semblante y finas facciones. Un alma simple, cariñosa, cálida pero dura, que acompaña a un hombre solitario en sus ensueños. Quizás haya sido efecto del hecho de que en mis años mozos, si bien conocí muchas mujeres, nunca tuve la oportunidad de hallar aquella que se compadeciera con el ideal que anhela ansiosamente mi inquieto corazón. Un ser apacible pero tormentoso, de carácter fuerte y sobrada inteligencia, que sobresalga por su tierna feminidad. La otra mitad de mi ser, que partido de cuajo, no dejará de sangrar hasta encontrar su parte faltante.

Pero a pesar de ello –y extrañamente– ni siquiera puedo decir que haya dado un solo paso hacia la desesperación. Con el ánimo apaciguado, a pesar del vacío, descanso esperanzado, reposo en la idea de que llegará lo mejor. Quizás me conforte el dulce consuelo de la más pura amistad; quizás no esté listo para lidiar con tamaños sacrificios como los que implica el amor, ¿quién sabe, quizás tantas cosas?
Lo cierto es que vivo y en medio del mundo alcanzo a vislumbrar un viso de felicidad. Camino inseguro, aunque con norte fijo, hacia la aurora; hacia los tenues rayos que tímidamente se asoman y prometen un nuevo amanecer. La noche se esfuma, se esconde la luna, y cuando la fría oscuridad parece mezclarse con las primeras luces del día que vendrá, cuando comienzan a disiparse las dudas abriendo camino a la seguridad, el gozo me abruma y quiebro a llorar. Un divino esplendor enjuaga mi rostro y abriendo sus manos me toma en sus brazos; aplaca mi llanto.
Ahora comprendo cuán lejos estaba de poder amar.

Por un momento creí que lo nuestro sería posible. Por un instante, sólo un instante, pensé que finalmente había encontrado una mujer sincera de corazón a quien podría querer locamente toda la vida; a quien darme entero. Alguien con quien reír y llorar… con quien compartir desde las pequeñas cosas de todos los días, hasta los más profundos sueños y anhelos que habitan en mi corazón. En definitiva, alguien a quien podría dar mi vida gustosamente y en quien hallaría sentido mi deseo de ser mejor cada día.
Pero amargo fue el trago del desencanto. Sobre todo porque cuando uno se abre generosamente, cuando uno se da con la intención de complacer a otra persona con el único fin de hacerla feliz, la falta de respuesta o el notar que ella no es capaz de valorarlo o simplemente disfrutarlo, deja una sensación de impotencia. Una extraña amargura que sofoca desde el interior del corazón. ¿Es que ya no existe el amor verdadero e incondicional; el amor sincero y puro, libre de egoísmos y vanos deseos de satisfacción? ¿Ese amor desinteresado cuyo único motor es la búsqueda del bien del otro? ¿Ese amor inspirado y sostenido por el amor infinito que por nosotros tiene nuestro Creador… ese amor que nos da el ser y nos hace ser a la vez tan especiales, tan únicos, tan dignos…? ¿Acaso el hombre no se da cuenta de que su fin no radica pura y exclusivamente en la satisfacción de las necesidades materiales, y no se ve realizado en el goce de los placeres sensuales… que la felicidad no está garantizada por el estímulo de nuestros sentidos?

No hay nada peor que decir adiós a una mujer que enternece con su dulzura; una mujer cuya bondad invita a quererla locamente, casi sin pensarlo; cuya exquisita sonrisa despierta alegría en el corazón incansablemente. Una mujer cuyos ojos pícaros –que no pueden dejar de mirarse– invitan a la conversación. Una mujer noble de corazón, humilde y sincera, sin dobleces: perfecta. Nada hay peor que decir adiós a la mujer que uno ama.

Difícil es explicar, al menos con claras palabras, la estrechez del lazo que me une a ella. De ser posible admitir la existencia de una quinta dimensión, me animaría a aventurar que nuestra relación radica en ese plano. Porque no es la presencia física lo que predomina en nuestra conexión. Tampoco creo que sea un vínculo temporal, ni sólo espiritual; aunque ello escapa a cualquier dimensión. El sólo hecho de pensar en ella me asfixia; me sume en un silencio ensordecedor en el que sólo alcanzo a percibir, vagamente, su dulce voz. Mi alma entera se entumece de sólo pensar su existencia y pierdo definitivamente mi libertad ante su real presencia.
Es una visión. La más tierna visión que por ser tal resulta torturante. Cierto es que comprendo cabalmente la imposibilidad esencial de que dos seres tan distintos, como ella y yo, un pobre diablo, alcancen el amor recíproco. Pero eso no me impide, al menos, amarla en su eterna ausencia. Porque creo que en definitiva, el amor, no consiste en otra cosa que en desear hasta la enajenación la existencia del ser amado: quiero que existas, qué bueno que seas; de no ser tú, de mí ¿qué sería? El amor da vida, dicen. Pues yo quiero que vivas.
Y aunque el amor implique el eterno sufrimiento, ¿qué mejor razón para sufrir? Sé que nunca podré alcanzar el amor perfecto, lo sé. Pero es lo más perfecto, dentro de lo imperfecto, que alguna vez alcanzaré.

Su rostro angelical se me aparece, con sus profundos y penetrantes ojos negros. Su mirada me transporta a un mundo de dulces delicias, donde todo es bello y perfecto. La inocente imagen de su figura se yergue majestuosamente ante mí; ¡tantas cosas le diría, tantas haría por merecer un pedazo de su tierno corazón! Pero cualquier esfuerzo parece ser en vano. Soy invisible a su mirada y a sus oídos, capaces de percibir el más fino sonido, les es imposible escuchar mi voz. Entonces es cuando se apodera de mí una enfermiza desesperación; cuando siento, como diría Goethe, que una mano homicida oprime mi corazón. Me desvanezco.

Muchas veces he intentado olvidarla, desterrarla de mi mundo. ¿Pero es esto posible? ¿No es ella el mundo para mí? Hay momentos en que desearía no haberla conocido nunca. No saber de su existencia. Ni siquiera ser capaz de imaginar algo que se le parezca. Pero esto es imposible. Mi alma ha quedado marcada con el fuego del amor no correspondido; con un bendito veneno que la despedaza de la manera más monstruosa. Un yugo sofocante que me aquejará para el resto de la eternidad. Que ha embelesado mi voluntad con el suave néctar de la pasión, cautivado mis sentidos y paralizado la libertad.
Lo más triste es que nunca sabré, finalmente, qué hubiera sucedido de haber revelado este profundo secreto que tiene cabida en lo más recóndito de mi corazón. Qué me hubiera deparado el destino de haber podido manifestar este amor tan sincero que me desborda; que insume todas y cada una de mis fuerzas.
Pero he resuelto intentar no perder la cabeza. Serenarme de una buena vez y aceptar resignado mi triste suerte. Claro está que nunca dejaré de soñar con el día en que, venciendo las insalvables barreras que separan nuestros mundos, armándome de coraje, abra mi corazón. Un dulce sueño que alimenta mi alma con la savia necesaria para no dejar de existir. Para no desfallecer en el intento de mantenerme en la existencia, aislado de aquello que me mantiene en el ser. De la razón fundamental que hace que me levante día tras día, añorando que sea aquél en que, por voluntad divina, ella se digne a mirarme con esos sus ojos. En que ella se percate de que no hallará otro varón dispuesto a dar su vida por amor; a buscar su felicidad a cada instante.
Y a pesar de todo hay días en que ingenuamente quiero creer que lo nuestro sería posible. ¡Bah!, no sólo posible, sino lo mejor. O me consuelo a mí mismo pensando: ¡en definitiva, ella es la que se lo pierde! Nunca encontrará otra alma, como la mía, que aspire alto; que busque lo elevado y esté gobernada por la añoranza de lo magnánimo. Pero es un intento inútil de creer algo que no es. De afirmar aún más mi propia inseguridad. De embotarme aún más en mi desventura, en lugar de intentar abrazar el único haz de luz que se filtra, que aparece milagrosamente entre la más oscura desesperación: ser uno mismo en el mundo y mostrarse tal cual uno es, valorando al otro en su justa medida. Echar por tierra la ilusión típica del romántico, desligarse del ensimismamiento característico del idealista, para poder así encauzar los afectos y el querer sincero en la realidad.
Y entre tanto estoy condenado a padecer un desgarrador dolor, un indecible sufrimiento que obedece a su ausencia. Por eso, mareado en mis propias cavilaciones, digo:
Difícil es darte un sólo latido
No encuentro ni un puente o un simple camino
Así me consumo, solo, caído,
Sin poder amarte ni por un suspiro.

Y mi alma, ¡pobre alma!, se arrastra, compungida,
Por el amor sincero que no halla salida.
¡Qué triste es la historia! ¡Cuán parca la suerte!
Hubiera querido me lleve la muerte.

De no haberte visto sería distinto,
No quiero yo amarte, ¿será mi destino?
Pues nadie lo sabe y poco me importa,
El sol ha salido y me encuentro en la sombra.
Si sólo pudiera mirarte a los ojos
Tan sólo un momento mostrarte mi pena,
Pues mi alma se quiebra de verte siquiera
Y mi corazón palpita en tu dulce espera.

Tus ojos, tus manos, tu risa y tu llanto
Son como espinas de un hondo quebranto.
No puedo yo darte lo que él ya te niega
Quisiera yo amarte ¿por qué no me dejas?

Profundo suspiro se hunde en mi pecho
Si sólo te miro o cerca te tengo.
¿Cuánto has de tardar? ¿Será eterna la espera?
Pues mucho lo vales por más que me pese
Y dispuesto a esperarte estoy más que cualquiera.

Tu falta y tu ausencia así me condenan.
La sola esperanza de verte me quema.
Consumen mi espíritu llamas ardientes
Que engañan mi alma con sueños de arena.

¡Ay! Si sólo supieras,
Al menos sentido tendría mi pena.

Si supieras al menos el motivo de mi angustia. Si sólo pudieras ver por un instante en mi interior, tal vez alcanzarías a entender la razón de mi dolor. Comprenderías así que te quiero con todo el corazón pero no alcanzo a definir lo que siento. No logro dar un paso hacia delante. No logro aventurarme en una empresa que parece demasiado perfecta para ser cierta.
Inseguro, vacilante, espero un soplo de ánimo, un tenue rayo más de luz. No sé realmente lo que quiero, esa es mi condena; mi pesar, el yugo agobiante que dobla mis espaldas, que amenaza quebrarme a cada segundo sin darme tiempo para aclarar la mirada, para disipar la bruma que cubre mi alrededor y turba mi vista, esfumando la nitidez del camino futuro.
No soporto la indecisión, pero apurar el paso cuando hay tanto valor de por medio sería peor. Como arrancar la flor más perfecta, única en su especie, en lugar de regarla con el más dulce afecto, viéndola crecer.

 

E. Dantés
castrovidelasma@yahoo.com.ar
Abogado
27 años