Revisionismo ideológico de árbitros salientes

Por Santiago Andrés Gonzalez.

Los recientes cambios en la relación entre Estados Unidos y Corea del Norte demuestran que, en ciertos casos, un mero gesto basta para que un estado deje de ser considerado peligroso y amigo del terrorismo

En la última semana de junio, Corea del Norte ha abandonado su puesto de vanguardia en el ya famoso “eje del mal”. No estamos frente a un brusco cambio de timón de parte del régimen comunista; mucho menos ante una modificación de los criterios del tester de terror-friendly mundial [1]. Es algo bastante más terrenal: el gobierno de Pyongyang ha empezado a extinguir su programa nuclear.

El Estado comunista de la península coreana se encontraba dentro de la lista de países del “eje del mal” desde 2002. Eso aumentó sus posibilidades de obtener el galardón de “País Terrorista del Año” luego de que, el 9 de octubre de 2006, detonara con éxito una bomba de una potencia similar a la que, 51 años antes, había arrasado las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Desde esa detonación, el gobierno norcoreano ha sido objeto de sanciones internacionales de índole económica con el fin de que decida si su prioridad es importar artículos de primera necesidad o crear armamento.

Sin embargo, como no hay mal que dure cien años, Kim Jong Il pudo gambetear las sanciones impuestas y resocializarse [2], como indican los libros de texto en materia carcelaria; pero la pregunta sigue siendo: ¿cómo puede un proyecto de Stalin convertirse en un dictador simpaticón en un abrir y cerrar de ojos?

La respuesta resulta más simple y evidente de lo que se presume a priori: Corea del Norte salió del “eje del mal” de la misma forma en la que se hizo acreedor de las sanciones internacionales, es decir, explotando cosas con bombas. En la última semana de junio, detonó la torre de una planta productora de plutonio y uranio enriquecido (que resulta indispensable para fabricar bombas nucleares), cumpliendo así con los deseos de Occidente de que se respeten los pactos de no proliferación nuclear.

Ahora bien, ¿es este un requisito que se les aplica a todos los países con el mismo rigor? Si revisáramos el caso de Irán, podríamos decir que sí, ya que Occidente no se siente amenazado por las palabras del presidente Ahmadinejad ni por la figura del Ayatollah —aunque se les pueda endilgar cierto grado de responsabilidad en mantener con vida la llama de la Jihad contra Occidente—, sino que la preocupación de los estados civilizados y amantes de la paz es que el gobierno de Teherán no desarrolle un plan de energía nuclear que le permita producir minerales para la confección de una bomba atómica.

Sin embargo, aunque la lista del “eje del mal” finalice aquí (Irak es un país que se puede considerar en rehabilitación), la nómina de países con armas de destrucción masiva en stock no está reducida a los anteriores. India y Pakistán, enemigos históricos, poseen armas nucleares y, en el caso de este último, un gobierno de facto; pero son buenos muchachos a los cuales el turbante no les ha afectado sus ideas como a sus vecinos afganos. Por su parte, el gobierno comunista chino y los miembros de la OTAN son fervientes admiradores de las bondades del átomo y de la teoría desarrollada y llevada a la práctica por Albert Einstein, y tampoco son potenciales instrumentos del apocalipsis, sino meros árbitros de la moralidad y bondad de sus pares (entiéndase por pares la mentada igualdad de los Estados consagrada en la Carta de las Naciones Unidas).

Estimado lector: tomo palabras de Winston Churchill en sus Memorias de guerra, referidas a Franklin Delano Roosevelt y su extraordinaria flexibilidad: “Siempre me ha llamado la atención la capacidad de los norteamericanos para llevarse bien con su conciencia”. A mí, no sólo me ha llamado la atención esa faceta, sino que también me sorprende que, en tiempos en que reina la tinta, se siga recurriendo al lápiz para confeccionar ciertas listas… Aunque, pensándolo mejor… no. La goma borra más eficientemente que el Liquid Paper.

Santiago Andrés Gonzalez (22 años)
Estudiante de Abogacía

[1] Con el término tester de terror-friendly se hace alusión a un árbitro mundial que determina quienes son aquellos gobiernos que están estrechamente relacionados con organizaciones terroristas.

[2] Transformarse en un sujeto apto para desempeñarse normalmente en la comunidad internacional.