Un Mal Presagio

Por Andrés E. Schlack.

A la memoria de J.L. Borges

“And am I not now dying a victim to the horror and the mystery of the wildest of all sublunary visions?” Edgar A. Poe, William Wilson.

Cuando una pequeña nota interior en El Mercurio informó sobre la inexplicable muerte de un hombre en un departamento en la calle Agustinas, a pocos les resultó familiar el nombre del difunto, Juan Bautista Gruber. Siendo yo la única persona a quien Gruber trataba durante sus últimos años de vida, fue mi responsabilidad disponer todo lo necesario para las exequias del pobre diablo. Aparte de dos o tres compañeros de trabajo, mi mujer y yo fuimos los únicos asistentes al breve responso en la iglesia de la calle Lota y, luego, al entierro en el panteón familiar de los Gruber, en el Sector de Disidentes del Cementerio General.

No me atrevo a llamar amistad a lo que me unía con Gruber. Nuestros esporádicos encuentros en el café Colonia, siempre obra del azar, los destinábamos exclusivamente a nuestra afición común, el ajedrez. Gruber nunca se separaba de la cajita que contenía un diminuto juego, la que una vez abierta servía de tablero. Sin embargo, lo cierto es que rara vez me proponía jugar una partida. La mayoría de las veces se limitaba a relatar partidas célebres de grandes ajedrecistas. Era capaz de reproducir con detalle cada una de las jugadas de Capablanca y Spielmann en su encuentro en 1927, o llamar la atención sobre las particularidades de la variante de Chigorin de la Defensa Eslava. Normalmente, yo lo toleraba un par de horas, para luego inventar cualquier pretexto que me permitiera marcharme.

Quién sabe si por pudor o desinterés, nunca me aventuré a preguntarle por su biografía o si tenía familia. Nada más podía calcular su edad en unos cuarenta o cincuenta años. Él, por su parte, nunca habló sobre su vida personal. Gruber sólo me dio a conocer su cargo de funcionario en la Biblioteca Nacional. Fue precisamente allí en donde fuimos presentados, cuatro años antes de su muerte, mientras yo trabajaba en un artículo sobre el arte sacro de las misiones jesuíticas de Calera de Tango. En aquel tiempo, nunca demostró interés en nada que no fuera el ajedrez. Sólo después de su muerte me enteré de que era soltero y no tenía parientes vivos.

La muerte de Gruber habría pasado tan inadvertida como su vida de no ser por las circunstancias que la rodearon, que dieron lugar a una breve indagación policial, que no produjo resultado alguno. Fue la casera quien halló el cuerpo. Ella, extrañada de que el arrendatario no respondiera a sus llamados durante varios días, entró con su copia de la llave al pequeño departamento de un ambiente. Gruber yacía encogido en un rincón de la habitación. Sus ojos, aún abiertos, miraban al vacío. Tenía la boca contraída en una mueca de pavor. Hasta el momento en que entró la casera, la puerta no había sido forzada. La autopsia descartó la existencia de signos de violencia o envenenamiento. La causa de la muerte había sido una falla cardíaca.

El único elemento que llamó la atención de la policía fue el diario de Gruber, hallado entre las sábanas de la cama. Las entradas correspondientes a la última semana de vida eran especialmente inquietantes. El difunto consignó que, esa semana, un hombre lo seguía. El diario, antes de interrumpirse, incluso sugiere la posibilidad de que alguien haya estado en la habitación en los momentos previos a la muerte de Gruber. Al ser interrogados sus compañeros de trabajo, declararon que durante el transcurso de la mañana de su último día de vida, Gruber telefoneó a la Biblioteca para excusarse de asistir, expresándose con balbuceos incoherentes. También afirmaron que el día anterior había abandonado su lugar de trabajo intempestivamente, para no volver. Sin embargo, la ausencia de todo indicio físico que sugiriera la participación de terceras personas forzó pronto el sobreseimiento de la causa. Las entradas del diario fueron desechadas simplemente como desvaríos de un loco.

No habiendo nadie más cercano a Gruber que yo, si es que puede decirse así, su diario me fue confiado. Reproduzco aquí las entradas de su última semana de vida. Lo hago con la esperanza de que alguien, al leerlas, pueda dar un paso al frente y arrojar algo de luz sobre la muerte del infortunado Juan Bautista Gruber:

“18 de marzo. Cuando advertí su presencia por primera vez, pensé que se trataba sólo de mi imaginación gastándome una broma. Después de todo, estas últimas tres semanas han sido agobiantes en la Biblioteca. Pocos días he podido terminar mis tareas antes de las ocho o nueve de la noche.”

“Hoy abandoné la Biblioteca alrededor de las ocho y media. Tan pronto comencé a caminar por la calle Miraflores, me percaté de que alguien caminaba unos diez pasos detrás de mí. No me di cuenta de que el hombre me seguía hasta que me detuve un momento en un puesto de diarios para leer los titulares y comprar cigarrillos. El hombre también se detuvo y se ocultó detrás de un poste de alumbrado, para observarme. Retomé mi camino, apurando el paso. El hombre nuevamente me seguía.”

“Convencido de que se trataba de un rufián, busqué refugio en el único café que a esa hora permanecía abierto. Me senté en la mesa junto a la ventana, para ver la reacción de mi perseguidor. El hombre cruzó la calle, se detuvo en la entrada de un edificio frente al café y se arrimó a la puerta. La oscuridad ocultaba su rostro, pero pude ver que llevaba traje y corbata. Su apariencia era desaliñada. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta. Quizás ocultaba un revólver.”

“Bebí dos o tres  tazas de café. Cuando dieron las diez, el mozo comenzó a impacientarse y me hizo saber que ya era hora de cerrar. Pagué la cuenta y salí a la calle. El hombre aún me esperaba. Tan pronto como me vio, retomó la marcha. Caminé con tanta prisa como pude. Mi perseguidor cruzó la calle, para ubicarse detrás de mí. Me volví para observarlo, pero él bajó la cabeza y se llevó la mano al ala de su sombrero, para cubrir sus facciones.”

“Al llegar a Agustinas, corrí hasta alcanzar la seguridad de mi departamento. Antes de entrar, me volví para ver si el hombre aún seguía mis pasos. Creo que logré perderlo. Al menos por hoy.”

“19 de marzo. Esta noche lo he vuelto a ver. Me ha seguido nuevamente duramente todo el trayecto hasta el departamento. Es extraño, pero tampoco  ha intentado abordarme. En ningún momento del recorrido tuve el valor suficiente para volverme a ver su cara. Hace un momento miré por la ventana y comprobé que aún sigue abajo. Ya he comenzado a fabricar toda clase de explicaciones descabelladas. Quizás sea un sicario, esperando el momento más propicio para ejecutar su cometido. En ese caso, se trata con toda seguridad de una confusión de identidades. ¿Quién podría, de lo contrario, desear la muerte de alguien tan insignificante?”

“20 de marzo. Esto ya no puede continuar. La inacción de este hombre me tiene los nervios destrozados. Día tras día es el mismo rito. ¿Qué querrá de mí? Mañana debo enfrentarlo.”

“21 de marzo. Durante todo el día me ha consumido la angustia, pensando en lo que me propuse hacer. No he cumplido ninguna de mis tareas en la Biblioteca y Hernández me ha reprendido. ¡Si tan sólo supiera! Por la tarde desistí de mi plan y me marché a casa más temprano que de costumbre, con la esperanza de no encontrarlo. Estuve en lo cierto.”

“22 de marzo. ¡Dios mío, voy a enloquecer! He visto su rostro y lo he reconocido. Cuando abandoné la Biblioteca, alrededor de las siete, volvió a seguirme. Pero esta vez, tan pronto como lo sentí detrás de mí, me detuve abruptamente. El ruido de pasos cesó. Lentamente me volví hacia él. Cerré los párpados un instante, hasta que pude reunir el valor necesario para mirarlo. Me quedé estupefacto ante la visión infernal que contemplaron mis ojos. Nos quedamos inmóviles, el uno frente al otro, durante varios minutos. Su rostro no transmitía emoción alguna. Parecía mirarme como si estuviera a una gran distancia. Luego, sin decir palabra, se volvió y regresó a la oscuridad desde la que había salido. Preso de un estado de completa agitación, a duras penas logré llegar al departamento.”

“23 de marzo. Hoy domingo no he tomado mi habitual paseo por el Parque Forestal. De seguro está allí afuera, esperándome. No podría tolerar otro encuentro sin terminar de perder la razón. ¿Por medio de qué culpa he conjurado esta presencia?”

“24 de marzo. He pasado todo el día en la Biblioteca buscando una respuesta. Para no ser molestado, inventé el pretexto de un inventario largamente pospuesto. Finalmente, el hado depositó en mis manos el libro que necesitaba, una traducción inglesa de una recopilación de opúsculos cabalísticos de un cierto Rabino Lifschitz, de Praga. Di vuelta con prisa las hojas, hasta que hallé la palabra que condensaba mi tormento: Doppelgänger. Detuve con horror la mirada en una frase, que sellaba mi suerte:

“…it is widely regarded as an omen of imminent Death…”

Arrojé lejos de mí el libro. Me marché de inmediato, totalmente descontrolado y sin darle explicaciones a Hernández. De seguro me echarán. Ni siquiera recordé recoger la chaqueta de la silla de mi escritorio. Recorrí tan rápido como pude la distancia hasta el departamento, sin volverme a comprobar si aún tenía la compañía de mi perseguidor.”

(A partir de este punto la escritura de Gruber se vuelve temblorosa y apenas inteligible. Luego el relato se interrumpe definitivamente. La última entrada no está fechada, pero es probable que haya sido escrita el 25 de marzo, día de su muerte):

“¡Él ha llamado a la puerta! Cuando me creía a salvo, en la sola compañía del insomnio que me tortura desde hace días, viene él, impasible, y, con su voz…, con mi voz, llama mi nombre tras la puerta. Me ruega que le abra, que lo deje entrar. No puedo seguir huyendo. Sólo giraré la llave y dejaré que él haga el resto. Luego hablaremos cara a cara.”

Andrés E. Schlack (25)
Licenciado en Derecho
aeschlac@uc.cl