En defensa del indolente

Por José Rego.

Su mejor frase: “No te necesito”.

Lo verán siempre al margen de las circunstancias. Aferrado a su voluntad, si algo parece imposible, decide resueltamente que hay que hacerlo (que sea imposible o no, es secundario).  Hay un gran elenco de indolentes con algo que aportar…

Imagino a Tomás de Aquino, con la mirada perdida, rara vez hablando salvo lo necesario e indispensable según su prudencia. Sufriendo alguna dolencia o problema, sabrá que pasará pero él permanecerá. Esta  persistencia ciega es necesaria para lograr cualquier objetivo. Y veo al dominico pasar horas y horas escribiendo… ¡Bendita su perseverancia!

Otro genio, San Agustín… ¿En qué consiste la felicidad para aquel indolente? En seguir deseando lo que posee (aquello que nos colma e inspira nuestras acciones)… Él decía que una vez encontrado el camino no hay que detenerse, desviarse ni mirar atrás. ¡Hay que ser valiente!, ¡pelear por lo que uno desea! ¡Nadie lo hará por nosotros!

Veo a Don Bosco, rodeado de hombres de sectas enemigas de la Iglesia ¿El entorno no le importa, acaso? Para nada: ve claramente al enemigo, pero jamás cae en trampas. ¡Mueve el entorno a su antojo, con sabiduría y viveza!

Indolentes vs. realistas

San Pío V y su Liga Santa… ¿Son idealistas sin pies en la tierra? Tal vez conozcan la realidad mejor que nadie: por eso no se quedan con apariencias y doblan en el paso a muchos “realistas”.  Quizás idealistas como estos, con su comportamiento, hacen a los realistas verse intolerables frente al espejo. ¡Así aunaron a los cristianos para una Cruzada!

Los realistas, apegados a las apariencias, no se preocupan por el trasfondo de ningún asunto… Un indolente, como San Pío V, sabe “cómo termina la historia”, aunque no sea a ciencia exacta. Conoce el resultado, pero no el camino a ese resultado. Y pone manos a la obra…

El viejo Pío V supo encontrar un joven de raza de leones para acabar con el poderío de la armada turca: el pequeño Don Juan de Austria. ¡Y venció! ¡Vaya idealista, que cambió para siempre la historia!

El poderoso querer

Como ocurre a menudo con los indolentes: resultan ser buenas personas, con todas las evidencias en contrario. Recluidos en sus celdas u olvidados, no dejan de darnos lecciones. Recogemos las migajas. Nos dan un poco de luz para distinguir errores. Todo bajo el cálido manto de la lógica, condimentada con algo de metafísica… Y gran dosis de caridad y humildad.

Los indolentes suelen tener algún objetivo (el más básico: ser feliz)… A veces el objetivo es tan grande -y tan grande el esfuerzo- que la cima que escalan les permite sobrevolar montes y demás obstáculos… Las cosas, luego, caen por añadidura… Los medios no dejan de ser lo que son: prescinden de ellos como fines.

Al tener la voluntad firme en algo, se deshacen de lo que sobra y se confirman santos en esa virtud de prescindir. Sea tanto falsa como verdadera (según la diferencia establecida por San Agustín), tanto el “mercenario” como el “caballero” se ven iguales. Ambos dan cariño, el tema es para qué lo dan. La intención es el alma del acto.

La diferencia la marca el fin último de esa virtud. Y luego nace la disciplina, y, entonces, un manejo perfecto de los movimientos en la vida de cualquier persona. Esto es centrar fuerzas en lo que se hace, y armonizar sentimientos y voluntad (querer algo con pasión). Retribuye con excelentes resultados.

Y así defino al “indolente perfecto”: firme ante la tempestad.

¿Cuál es el secreto?

Es muy pequeño, como dirá santo Tomás de Aquino: “querer”. Pequeño, pero muy poderoso, el querer. Y remonta a las alturas. Desde lo pequeño, querer…

José Rego
Estudiante de Derecho
22 años