Ni tanto ruido ni tan pocas nueces

Por Joaquín M. Jasminoy.

“La piel es azafrán al sol tostado,
son de gacela los sedientos ojos.
– Ese dios que la hizo, ¿cómo pudo
dejar que lo dejase? ¿Estaba ciego?
– No es hechura de ciego este prodigio:
Es mujer y es sinuosa enredadera”.
Octavio Paz, Prueba

Prolegómeno

            La consigna para el ensayo es: “Pepita tiene la culpa”. Ya verá el lector que esta no quedará desatendida, pero no es mi intención desarrollar un trabajo completo ni orgánico a partir de la ya mencionada consigna, sino usarla como disparador o mejor aún, como excusa— para tratar otros temas que, en este momento, me resultan más relevantes o simplemente en los que encuentro mayor placer al escribir. Sin embargo, la solución de la consigna ocupará, literalmente, un lugar central en este ensayo.

            Como decía, no esperen encontrar aquí largos razonamientos defendiendo tal o cual postura: haré más bien unas pocas reflexiones sobre algunas cuestiones, como quien roza con la punta de sus dedos la superficie de un objeto, haciendo una primera aproximación a él.

            Gran parte de este ensayo es una digresión respecto de la consigna.

            Quedan advertidos.

Prólogo

            Siento el tenue deber de justificar un poco más mi decisión de no poner la consigna como núcleo temático del presente trabajo.

           Para ser sincero, casi ningún trabajo ensayístico que realizo está planeado o diagramado: son más bien una especie de improvisación donde los temas van surgiendo y ordenándose a medida que voy escribiendo (en el caso del ensayo escrito). Estos suelen estar latentes tanto en mí como en el tema a partir del cual comienzo la labor productiva —o creativa, en el mejor de los casos—.

            En géneros como el ensayo, en que uno es considerablemente libre, se nos da la oportunidad de conocer y profundizar en nuestro pensamiento, en las ideas que lo estructuran y los temas que lo movilizan. El trabajo del escritor es, de esta manera y desde este punto de vista, una suerte de mayéutica en que nos vamos revelando a nosotros mismos nuestra forma de pensar (dicho grosso modo). Esta revelación se va dando mediante la palabra y en ella. Esta, según algunos autores, no es una mera expresión de nuestro pensamiento, sino nuestro pensamiento mismo: nos conocemos en la palabra (1).

            Es por esto que prefiero quitarle peso a la consigna, pero sin dejarla de lado, para que, mientras escribo, puedan surgir libremente aquellas cosas que voy encontrando necesarias (2) decir —como ahora— y hacia las cuales siento una suerte de interés vital. Procedo de este modo porque escribir sobre aquello que a uno lo moviliza me parece la forma más sencilla de escribir, ya que las cosas surgen con una vitalidad con la que muchas veces no cuentan aquellos escritos puramente teóricos o descriptivos. Sin embargo, corro el mismo riesgo de equivocarme que se corre en cualquier otra cosa que se hace con pasión.

            De lo dicho hasta ahora se desprende, entre otras, una consecuencia importante: si la palabra encarna nuestro pensamiento y la labor del escritor tiene un carácter catártico, entonces lo escrito conlleva una confesión. El escritor se encuentra desnudo ante quien lo lee, es decir, el lector lo conoce tal cual es —al menos la parte al lector revelada, claro—.  Por eso, todo aquello que es escrito con sinceridad y de manera auténtica merece el más profundo respeto, como cada vez que algo o alguien se nos abre; porque escribir es abrirse a uno y a los demás, y lo que está dentro nuestro, lo propio e íntimo, es sagrado.

            Doy por terminada aquí mi primera digresión.

Logos

            —Pepita tiene la culpa. —¿De qué?— De que don Luis colgara los hábitos. Esto es lo que inmediatamente me viene a la mente al leer la consigna. Sin embargo, prefiero entenderlo de la siguiente manera: “Pepita tiene la culpa de que don Luis vea las cosas como son: él la ama”. La tesis es muy simple y no hace más que confirmar lo que le dice Luis a la “niña” luego de salir de “la obscuridad” (3) y luego de que ella, postrada, le pidiera perdón por su vileza. Encuentro, entonces, culpable a Pepita Jiménez.

Hay cuatro elementos que le impiden a Luis reconocer al principio, aceptar luego y finalmente rendirse a su amor por Pepita (y al de ella por él):

  1. Su orgullo, confundido con su fervor religioso.
  2. La parcial separación que hace entre el amor y su elemento erótico (4).
  3. La preferencia de lo ideal o imaginario a lo real. Dicho de otro modo: su huida a lo ideal.
  4. Considerar el amor a las creaturas (entiéndase aquí, mujer) como inferior, profano, incompatible y radicalmente distinto del amor a Dios.

            Cada uno de estos puntos es superado —gracias a Pepita o por culpa de ella— por el joven hidalgo en algún momento de la historia. A continuación veremos muy someramente  estos puntos.

            A mi modo de ver, este orgullo se deja traslucir durante toda la primera parte del libro (Cartas de mi sobrino) y durante la segunda (Paralipómenos), hasta el momento en que se abandona al amor por Pepita y reconoce el alcance de su orgullo. El tío del joven Vargas habla claramente de cómo esto refrena su amor hacia Pepita (5).

            La visión del amor expresada en el punto 2, propia de los protestantes, aunque más específicamente del puritanismo, le hacía sentir a Luis que todo amor que sintiera hacia cualquier mujer sería intrínsecamente pernicioso, porque contendría el elemento erótico, de deseo —aunque, en realidad, todo amor es en alguna medida erótico—.

            El tercer elemento está estrechamente vinculado con el punto anterior, ya que el único lugar donde le va a ser posible encontrar un “amor puro” a Luis va a ser en la imaginación; donde, además, podrá despersonalizar su amor a Pepita, transformándolo en un sentimiento agradable hacia una idea, es decir, desentendiéndose del amor real y personal que sentía por ella.
Unida a este punto, está también la propuesta de un amor “puramente espiritual” que le hace el “niño” a la “niña”: una especie de ascenso místico hacia Dios por una difícil y larga ascesis espiritual, que en el fondo no es más que palabrerío y otra forma de huirle al amor que siente. La respuesta de Pepita a esta propuesta es desarmadora:

Yo ni siquiera concibo a Vd. sin Vd. Para mí es Vd. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis manos, su dulce voz y el regalado acento de sus palabras que hieren y encantan materialmente mis oídos, toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se me muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios”.

Pero viva, no puede ser. Yo amo en Vd., no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal D. Luis de Vargas; el metal de la voz, el gesto, el modo de andar y no sé qué más diga” (6).

            Por lo que respecta al último punto, el cuarto, Luis le dice a Pepita que, comparadas con Dios y el amor que a él le tiene, todas las demás cosas le resultan mezquinas (grosso modo): prefiere la “pura” contemplación de Dios —aunque admite que ella es un serio obstáculo para elevarse a la ansiada visión—. Ella responde nuevamente con una sabiduría y una simpleza extraordinarias:

Ni con la mente, ni con la voluntad, ni con el afecto, atino a elevarme a Dios inmediatamente. Ni por naturaleza, ni por gracia, subo ni me atrevo a querer subir a tan encumbradas esferas. Llena está mi alma, sin embargo, de piedad religiosa, y conozco y amo y adoro a Dios, pero sólo veo su omnipotencia y admiro su bondad en las obras que han salido de sus manos. Ni con la imaginación acierto tampoco a forjarme esos ensueños que usted me refiere” (7).

Epílogo

            Dejo inconcluso este ensayo. Espero poder, algún día, transformarlo o desarrollar más perfectamente sus puntos esenciales.

(1) Para profundizar en la relación palabra-pensamiento-expresión ver Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, Primera parte: El cuerpo, capítulo IV: El cuerpo como expresión y la palabra. Octavio Paz tiene ricas reflexiones en lenguaje poético sobre el valor de la palabra en Libertad bajo palabra.
(2) Con la palabra “necesarias” no quiero indicar estrictamente necesidad en el sentido de fatalidad, sino más bien el carácter catártico de la escritura como arte.
(3) Cfr. Valera, Juan, Pepita Jiménez, Espasa-Calpe, Madrid, 1942, pp. 188-189.
(4) Entendiendo aquí la palabra “erótico” en su sentido clásico, como un movimiento de deseo propio del amor, un “éxtasis” en el sentido de salida hacia el otro, hacia el bien que él representa para mí.
(5) Cfr. Valera, Juan, op. cit., p. 134.
(6) Ibídem, p. 184.
(7) Ídem, p. 181.

Joaquín M. Jasminoy (21)
Estudiante
joaquinjasminoy@hotmail.com