Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe

Por Pilar Valera.

Esta frase la he leído y escuchado en varias oportunidades con distintos significados. Mencionaré dos situaciones, en las cuales considero aplicable el refrán.
En primer lugar, ante la insistencia y perseverancia como medio para conseguir un objetivo determinado. Objetivo éste que a priori parecería difícil de alcanzar: una muralla infranqueable imposible de demoler, pero que a fuerza de un golpeteo continuo y sistemático logra derrumbarse.
En segundo lugar, ante el peligro que uno corre si permanece en un camino ya de por sí riesgoso, o que está al borde de lo que debería ser y no es… Tanto transitar esa ruta provoca que finalmente, aunque muy a pesar de nuestros valores y principios,  uno no pueda sostenerse en el recto caminar, a fuerza de jugar permanentemente con el riesgo de lo prohibido.
Existen personas que se amedrentan ante una negativa o ante la inmensidad del objetivo a alcanzar, sin siquiera intentar insistir en él. Existen otras, a las que nada las detiene, y que buscan por todos los medios tratar de alcanzar lo que desde un primer momento se les negó o les resulto de extrema dificultad  lograr.
Las personas que se atemorizan ante la negación o incapacidad, suelen cambiar de objetivo; ya que al no poder lograr lo que inicialmente se propusieron, desisten de ello para dirigirse hacia otro lado, que les resulte claramente más sencillo y accesible. Suelen conformarse así con menos de lo que sus aspiraciones iniciales les indicaban o, al menos, con otra variante, para poder adecuarse a su realidad. Ellas consideran, en cierta medida, fuera de lugar o mal visto insistir luego de la negativa inicial, ya que perciben como una falta de respeto hacia el otro persistir sobre algo que ya está decidido y aclarado desde el principio. También suele suceder que algunas de estas personas tienen mucho temor al ridículo, o a ser criticadas por su incapacidad de poner un freno a una situación dada. Consideran de igual importancia su necesidad a la necesidad del otro de expresarse según su parecer, y no ven como posibilidad el tratar de doblegar o hacer cambiar de opinión al otro  para que se adecue a sus intenciones concretas. Existe en ellas un respeto intrínseco por el pensar y el sentir del otro —aun cuando no los entiendan, no los compartan o sean el impedimento para lograr su objetivo—, ya que consideran que su necesidad está al mismo nivel que la de la persona que tienen delante. Existe en ellas un profundo respeto por la decisión que el otro ha tomado; bajo ningún concepto antepondrán su búsqueda a la del otro. Esta forma de actuar hace que muchas veces deban prescindir del objetivo deseado, ya que no volverán nunca a insistir en ese mismo punto. La respuesta ya ha sido dada. Permanecer en el pedido implicaría forzar al otro a hacer, o por lo menos volver a escuchar,  algo de lo cual ya no quiere saber nada.
La consecuencia de esto, sería la serena aceptación y frustración por no poder lograr lo propuesto, y como opción,  tener que cambiar de interlocutor para lograr el mismo objetivo, o cambiar de objetivo con el mismo interlocutor o con otro… lo mismo da, con tal de poder así alcanzar lo deseado. Por lo general, el que está acostumbrado a actuar de esta forma tiene  tolerancia a la frustración, poca o mucha, pero la tiene. El ejercicio de saber aceptar un “no” cuando la situación lo amerita —o que las cosas no salgan según lo previsto— sirve para estar preparado ante la posibilidad de una negación, sin provocar por ello el derrumbe ni la desazón de no poder lograr lo que se quiere. El ejercicio de tolerancia para con la frustración es una de las condiciones (a mi entender) del desarrollo de una personalidad sana y fuerte, como forma y medio de superar las adversidades que seguramente se presentarán a lo largo de la vida, que es larga y está llena de ellas.
El segundo grupo está formado por aquellas personas que nada ni nadie las detiene para lograr sus objetivos. Son extremadamente tercas, pero a la vez seguras de conseguir lo que se proponen. No existe obstáculo para ellas; todo es superable y modificable según su criterio y voluntad. Estas personas se consideran capaces de doblegar hasta lo indoblegable; de derribar hasta lo inderribable. La palabra “no”, no está dentro de su vocabulario, ni pretenden incluirla.
Las personas insistentes y perseverantes muchas veces provocan en el otro cierto tipo de rechazo; y es por eso mismo que, con tal de no verse o sentirse acosados por la insistencia de aquellas, los destinatarios de sus pedidos resuelven y deciden acceder a su necesidad con tal de no ser más el blanco de sus objetivos. No tengo claro aún, si las personas que conforman el segundo grupo tienen registro del rechazo que provocan en el otro (ya que lo lógico sería que desistieran de su intento percibiendo sus reacciones) o si es que aun registrándolo, no les importa ni inquieta lo que provocan, ya que su objetivo principal está por sobre todo esto.
Ellas  terminan consiguiendo lo que ansían: por insistencia, por perseverancia, por convencimiento, o simplemente por cansancio. Paso ahora a la segunda aplicación posible que le doy a la frase.
En muchas situaciones nos encontramos recorriendo senderos que coinciden con nuestra forma de ver las cosas. Derroteros que representan nuestros valores y nuestros objetivos, y que coinciden plenamente con nuestra moral y con lo que consideramos correcto. Pero en otras oportunidades puede suceder que nos encontremos recorriendo caminos que no son intrínsecamente malos, pero que de permanecer en ellos, alcanzaremos una meta que no estaba inicialmente en nuestros planes. Puede suceder, que el tránsito mismo por esos senderos resulte peligrosamente atractivo, y como en sí mismos no conducen a ningún lugar incorrecto, confiamos en nuestras capacidades y virtudes para darle un golpe de timón a nuestro rumbo si la situación se torna comprometida y complicada.
Recorrer lugares que están al borde de lo permitido, y que no están mal en sí mismos, tiene un gran riesgo. Muchas veces confiamos en demasía en nuestras capacidades, en nuestra fortaleza, en nuestro control, y no asumimos que el solo hecho de permanecer en esos rumbos puede, en un futuro cercano o lejano, hacernos desbarrancar en el momento menos pensado. Confiar absolutamente en nuestra fortaleza es un signo de tremenda debilidad, ya que a pesar de tener las ideas claras y los valores firmes, el solo hecho de la asiduidad del recorrido perimetral puede provocar un socavamiento imperceptible de los propios valores y de los límites morales de nuestra conducta. Permanecer en esos caminos implica un gran riesgo que muchos están dispuestos a correr, por el desafío y el placer que provoca el solo hecho de recorrerlos. Hay quien disfruta y puede transitar con absoluta firmeza ese camino; y  hay quienes, de tanto recorrerlo, pierden el rumbo y terminan llegando a un lugar  que inicialmente no estaba en sus planes (por lo menos de forma consciente) llegar.
Hay personas que necesitan no llegar nunca al límite, ya que conocen su debilidad ante la inminencia del abismo y permanecen, entonces, voluntaria y prudentemente alejadas. Hay quienes pueden recorrer con absoluta certeza y firmeza esos senderos y no desbarrancar nunca.  Pero hay otros, que, sin intención inicial de cruzar el límite, por el solo hecho de recorrer ese camino de forma puntual, esporádica o continua, terminan indefectiblemente cruzando la frontera  que consideraban que no debería cruzarse nunca.
Conocer y asumir las propias debilidades es crucial para elegir qué camino queremos recorrer, y la forma de hacerlo. Ignorar que somos débiles, aunque más no sea en un punto, es una muestra de soberbia e inmadurez, que en nada ayuda para transitar  la vida que elegimos y que queremos para nosotros
En Juanita la Larga, encuentro ejemplificadas ambas acepciones del refrán. En primer lugar, en la insistencia de Don Paco en querer ganar el corazón de Juanita, aun suponiendo desde un principio que esa sería una tarea ardua de lograr. Tanto es así, que desiste de su intento una vez que el objeto de su amor lo rechaza. Lo que él no pudo o no supo ver en ese momento fue que justamente esa insistencia y perseverancia en comportarse de determinada forma —en ser paciente, en preparar el terreno para lograr conquistar el amor de Juanita…—  fue lo que hizo que finalmente pudiera conseguir lo que inicialmente se había propuesto y se le había negado. A destiempo, pero no tanto como para no poder disfrutar y gozar finalmente de conseguir tan ansiado premio.
Con respecto a la otra acepción del refrán, encuentro en los derroteros que Juanita (por celos y despecho) decide recorrer con Don Andrés, la posibilidad impensada en un principio de provocar situaciones e interpretaciones equívocas. Ella supuso desde un principio que, dada su fortaleza de carácter y sus valores, iba a poder manejar la situación. Y si bien no flaqueó en ella su virtud, sí dio pie a que Don Andrés considerara viable esa posibilidad, involucrándose así en una situación impensada en un principio, y que finalmente le resultó difícil manejar. Tan difícil, que corrió el riesgo de perder no solo el amor de Don Paco hacia ella, sino también su vida misma (lo que la hubiera sumido en la más absoluta tristeza y sentimiento de culpabilidad y responsabilidad por el destino de su amado).
Si bien las dos interpretaciones que le doy a la frase no tienen mucho que ver entre sí, sí coinciden en un punto: que la insistencia y permanencia en determinadas conductas y actitudes pueden provocar finalmente lo que en un principio parecía imposible que sucediera; o en su defecto, alcanzar lo que uno tan ansiadamente desea.

Pilar Valera
Madre de Familia