El secreto de El secreto de sus ojos

Por Santiago Legarre.

Los filósofos dicen que el principio y el final otorgan el sentido a las acciones. Los conferencistas confirman esta filosofía y colocan lo más importante al principio de una exposición, para retomarlo en la conclusión.

El secreto de sus ojos empieza con una escena de amor y termina con otra. Lo primero que vemos es la imagen borrosa de Irene correr por un andén tras el empleado judicial Espósito, del cual está perdidamente enamorada, igual que él de ella. Lo último que vemos es a la misma Irene irse con el mismo empleado judicial Espósito, del cual sigue perdidamente enamorada, igual que él de ella.

Pero han pasado más de 25 años, y la misma Irene y el mismo Espósito ya no son los mismos. Entre todos los cambios, el más importante para entender el secreto es que antes los dos eran solteros. Ahora, cuando llegamos al desenlace, nos encontramos con que los dos se casaron en el ínterin. Espósito luego se separó; Irene, en cambio, vive con el marido y tiene dos hijos.

Entonces, la película nos pone frente a una tentación persistente, vieja como el mundo; una tentación que otras historias, como Dr. Zhivago, mostraron antes de una manera igual o más contundente. La tentación viene siempre disfrazada de refranes tan seductores como “nunca es tarde cuando la dicha es buena” o “siempre estás a tiempo de arrepentirte”, extrapolados sagazmente para la ocasión por nuestra débil conciencia.

Aunque Irene inicialmente no lo vive en esos términos cuando el reencuentro tiene lugar. Más bien le endilga a Espósito, a propósito de la escena del andén con la que abre el film: “¿Por qué no me llevaste con vos en aquel momento, pánfilo?”.

Pero al final Irene sucumbe a la eterna tentación y afloja; como también afloja Espósito, cuando se da cuenta de que todavía la ama, leyendo una anotación que había hecho al despertarse de un sueño. Cuando hay amor nunca es tarde, parece ser la clave de bóveda; una clave casi irresistible, irrefutable.

Seguramente el éxito de El secreto de sus ojos, así como la explicación del Óscar que obtuvo, respondan a muchas razones. Pero propongo aquí que el secreto de El secreto es la realización de uno de los grandes sueños que muchas personas albergan; la convalidación de una fantasía que todos los espectadores han vivido alguna vez, en carne propia o ajena; la absolución de un amor prohibido, llevada a cabo por un sacerdote cinematográfico de alto vuelo estético.

Encandilado por la belleza fascinante de la película, el espectador puede olvidarse fácilmente de que en la vida real todo va a ser complicado, como Irene apenas insinúa en la última escena. A diferencia del film, la vida real sigue después de la función, y en ella todo va a ser, en verdad, muy complicado: quedarán complicados un marido, dos hijos, y un largo etcétera.

No se trata de la apología de una decisión anterior equivocada; no se trata de la defensa de vivir en el temor. (“Temo”, decía originalmente la anotación del sueño, antes aludida.) Se trata de abrir los ojos a la realidad para evitar el intento de arreglar el error del pasado con un nuevo error, escondido ahora tras un manto de liberación y alivio; se trata de focalizarse en el futuro en lugar de intentar agarrar el vagón de un tren que ya pasó.

All is well that ends well, reza el refrán ingles que reivindica los finales felices. El secreto de sus ojos, ¿termina realmente bien?

Santiago Legarre (44)
Profesor UCA e investigador CONICET