Memoria del silencio

Por Eugenio Sulpizio.

Martes de fines de octubre por la tarde. Los nubarrones y el calor húmido de la víspera atemorizan, pero aún no amenazan. El tráfico en la Avenida de Mayo es apenas más fluido que de costumbre, y la gente comienza a emprender el arduo regreso a sus hogares.
Debo estar a las siete en la universidad. Esto es, tengo solo una hora para trasladarme más de once kilómetros en hora pico desde Caballito hasta Núñez. Una quimera, por cierto, a menos que se recurra a un medio tan noble como práctico: la bicicleta.
Tardo solo unos veinte minutos en llegar. Vaya suerte la mía. Incluso puedo disfrutar la antigua arbolada de la plaza El Salvador mientras pedaleo a través de la bicisenda que la flanquea. A mi derecha, un atasco enturbia la hermosura natural de la avenida Figueroa Alcorta. Hacia el norte, las casas bajas, la ribera del Río de la Plata y el aroma de los eucaliptos; hacia el sur, los altos edificios, la muchedumbre y el jornal.
La charla introductoria es interesante. Los codirectores nos explican a vuelo de pájaro las características generales y algunas cuestiones troncales de la maestría. Ella, que tirita de frío a causa del aire acondicionado, es hermosa: su currículo acusa treinta años y una maestría en Cambridge. Resalta en más de una oportunidad la solidez académicade aquella universidad y la formación internacional y de excelencia del cuerpo de profesores. El currículo de su compañero también acusa una maestría en una universidad extranjera de renombre. Yo, entretanto, me demoro en sus ojos azules, en su humanidad pequeña y morena, en sus facciones duras pero agraciadas.
La charla concluye hacia las ocho. Los codirectores se despiden cordialmente. Yo bebo otro café del banquete de cortesía con que se nos había recibido. Aprovecho, finalmente, para intercambiar mi opinión con el grupo de asistentes que se había quedado.
Me despedí de ellos. La lluvia no arreciaba, de suerte que opté por emprender el regreso. A poco de pedalear los primeros metros de esa travesía de varios kilómetros, luego de haberme guarecido unos minutos en una YPF a que me condujo un grupo de corredores coloridos, el azar me jugó una mala pasada: un ruido extraño, una vibración en el manubrio, la rueda trasera desinflándose lentamente.
Existe un canon muy aceptando en el mudo del ciclismo: cuando un ciclista se encuentra en apuros, sea por el motivo que fuere, se lo debe ayudar. Sin embargo, los ciclistas que aún circulaban rehuyeron mis señas y aun se mofaron de mi suerte. Yo solo necesitaba un parche y un inflador para remediar la pinchadura.
Los taxistas, los policías y los transeúntes, que suelen respetar a los ciclistas, tampoco me auxiliaron. Comprendí entonces que estaba solo, irremediablemente solo. Abandonado a mi suerte. Un ciclista a la buena de Dios en medio de una tormenta que exacerbaba el individualismo temerario de Buenos Aires.
Caminé más de sesenta cuadras con la bicicleta a rastras hasta que el anegamiento de las calles fue peligroso. Tuve frío por primera vez en mucho tiempo. Me guarecí en la entrada de un restaurante de la avenida Scalabrini Ortiz. Los comensales disfrutaban sus cenas; algunos, a través de las ventanas, me miraban de soslayo. Una mujer salió a fumar un cigarrillo y me preguntó si se podría conseguir un taxi. Yo le pregunté si podría darme algunos papeles para secarme el pecho. Ella se excusó y volvió a su mesa.
Walter apareció al cabo de unas horas. Acudió a mi auxilio en una vieja camioneta diesel. Durante el viaje conversamos del sindicalista en jefe, de la reparación de televisores, de la autonomía de su Renault Traffic. Una cinta punzó del Gauchito Gil pendía del espejo retrovisor.
Le agradecí. Alzó mi bicicleta con una sola de sus manos. Eran enormes y oscuras, felizmente hábiles para sus faenas de limpieza y de changarín a la orden de un sindicato de empleados del poder legislativo nacional.
Obeso, mestizo y marcadamente vulgar en sus modales, Walter jamás asistió a la charla introductoria de una maestría. Quizá tampoco haya leído a Dickens ni le haya interesado la arquitectura de Barcelona. Quizá su cultura audiovisual se limite a esos filmes que se repiten cíclicamente en la televisión abierta. Me despidió con un abrazo y rechazó mi invitación: debía volver al pequeño cuarto de pensión en que mora junto a su mujer y a sus pequeños hijos. Eran las once y media de la noche, y se había despertado con mi llamada. No lo dudó ni un instante.
La tormenta menguó hacia la medianoche. Antes de dormirme, recordé aquel episodio en la anagnórisis[1] de Oscar Wilde: cuando sus custodios lo trasladaban a pie y esposado desde la prisión hacia el tribunal que habría de enjuiciarlo, en medio de la multitud que lo vituperaba, un amigo suyo, acaso el más modesto y marginal de sus amigos, se quitó el sombrero y bajó la cabeza. Y entonces, ante ese gesto de solemne humanidad, aquella multitud calló.

Eugenio Sulpizio (26)
Abogado
eugenio.sulpizio@gmail.com

[1] De acuerdo con la Poética de Aristóteles, y en el marco de la tragedia griega clásica, la anagnórisis es el reconocimiento/descubrimiento del error fundamental que ha desencadenado la desventura del héroe protagonista. Por ejemplo, la anagnórisis de Edipo estriba en el descubrimiento de que no es hijo de Póribo y de Mérope, reyes de Corinto, sino que es hijo de los reyes de Tebas: de Layo, a quien asesina sin conocer su identidad; y de Yocasta, con quien se casa y procrea, entre otros, a la célebre Antígona, protagonista de la tragedia homónima.