Catolicismo con nieve y hielo adentro

Por Santiago Legarre.

Anoche vi Justicia final, una película con Hilary Swank. En una escena intrascendente, ella maneja un auto en invierno, con hielo y nieve afuera, un hijo en el asiento de al lado y otro en el de atrás. De inmediato se me vinieron irremediablemente a la cabeza unas memorias de hace muchos años, y por unos minutos me fui de la película hasta que volví, reanimado por el propósito —el consuelo— de escribir estas líneas, que sirvió como calmante.

Cuando estaba por entrar a quinto año del colegio, fui con mi amigo José Antonio a un intercambio estudiantil en los Estados Unidos. El segundo tramo del intercambio tuvo lugar en una ciudad en el límite oeste del Estado de Colorado: pasamos casi un mes en Grand Junction. Cuando aterrizamos ahí, un viernes, nos encontramos con una sorpresa; una especie de alegre e inofensivo secuestro: un grupo de familias de un pequeñísimo pueblo, más al oeste todavía —Glenwood Springs—, nos esperaba con pancartas de bienvenida, prestos para llevarnos a su paraje a pasar el fin de semana con ellos. Era invierno, con hielo y nieve afuera.

Recuerdo la caravana de autos de noche, los faros, la nevisca… y que yo iba en un vehículo que no era de la que sería, a partir de esa noche y solo por un par de días, mi familia. Me dejaron en casa (de mis anfitriones), pero ya todos casi dormían. Alguien, quizás el padre, me condujo, en medio de la penumbra, directamente a una cama. Al día siguiente me desperté por el frío.

Mi familia era lo que se llama una familia numerosa. No recuerdo cuántos chicos había, pero eran una legión y, sobre todo, muchos en comparación. Así me lo hicieron notar mis amigos argentinos, distribuidos por ahí, en otras casas, donde estaban cómodos y rodeados de lujos —según me contaron en la pileta termal gigante, rodeada de nieve, en la que nos congregamos al mediodía siguiente—. Para el domingo había plan de esquí en el centro local, por siete dólares —acaso demasiado para los dueños de mi casa (si se multiplicaba por no sé cuánto)—. Yo, de todas formas (o providencialmente), no habría podido ir porque me había “esguinzado” el tobillo en un partido de fútbol en el tramo anterior del intercambio.

En mi casa había una chica de mi edad (o un año más grande). Llevaba el pelo, muy oscuro, inusualmente corto; era linda, a su manera. Nunca he recordado el nombre, pero cuando la vi en una pantalla a la Lisbeth Salander sueca, la chica de Glenwood Springs me vino instantáneamente a la memoria. Me adoptó por dos días, a pesar de que tuviese mil hermanos. Fuimos al mall con su amiga y dimos la vuelta del perro en un auto chico, frío y pobre. Antes, habíamos ido con su familia a Misa, muy elegantes todos; yo mismo me encorbaté como si fuera a ir a una primera comunión.

Esta familia siempre me intrigó. Había nieve y hielo adentro de esa casa, pero solo en un sentido literal, y por contraste con la suntuosidad de los vecinos. En realidad, este hogar católico destilaba un no sé qué —tal vez sería su pobreza alegre— nuevo para mí. Por suerte, nunca he logrado olvidarlo del todo.

 

Santiago Legarre (46)
Lector
salegarre@yahoo.com