“Porque te quiero, te poseo”

Por Tomás Nogueira.

“Mi novia”, “eres mía”, “te quiero únicamente para mí”. ¿Quién no ha escuchado alguna vez estas palabras? O más aun, ¿quién no las ha dicho alguna vez? Es que, nos hemos criado en una sociedad donde nos han hecho creer que, en el amor, la posesión es algo inherente; algo “tierno” o amoroso. Pero, ¿es así?

Hoy en día, nos sentimos más libres, libre de viejas costumbres o prejuicios, libre de la necesidad de que una relación responda a la clásica concepción monogámica; y esto, generó que, sobre todo adolescentes y jóvenes, destruyan el viejo concepto de amar como posesión. Sin embargo, como dije al principio, en tiempos pasados, la posesión como muestra de amor era totalmente normal. En la novela El niño de la bola de Pedro Antonio de Alarcón vemos cómo la propiedad y obsesión, al extremo y en alguien que se ama, puede llevar a locuras impensables.  Como si fuera un desafío, propongo en este ensayo indagar en ambas posturas y, consecuentemente, formar una opinión respecto de este oscuro tema, pero que se presta para debatir ampliamente.

Empecemos por la que, en mi opinión, es la posición más acertada; aunque puede que cambie con el transcurso de mis palabras o que me replantee mi postura. Hay que tener en cuenta que, cuando hablamos de relaciones entre personas, “tener a alguien” no significa, en absoluto, posesión. El concepto de “tener”, es aplicable a una relación cuando uno se refiere a la compañía de esa persona. Distinto es cuando utilizamos dicha denominación para referirnos a la posesión nuestra sobre una cosa; en este sentido, la utilizamos para remarcar la necesidad de que, dicha cosa, permanezca bajo nuestro cuidado. Desde lo conceptual, parece­ —y definitivamente lo es— bastante sencillo determinar la diferencia de la acepción “posesión” sobre una persona o sobre una cosa. Sin embargo, puede que en la “práctica”, nos cofundamos. El ejemplo más claro de posesión, en una relación, son las actualmente denominadas: relaciones toxicas. Sin dudas, en este tipo de relaciones uno confunde el amor con posesión.

¿Cómo darse cuenta de que se está confundiendo amor con posesión? La respuesta es muy clara: cuando una persona es excesivamente celosa, quiere poseer a su pareja. Más allá del ejemplo mencionado, el maltrato, ya sea físico o psicológico, es otra forma de poseer. Es, una manera de marcar el territorio y demostrar quien domina a quien. Dicho esto, no es una casualidad que, según la Organización Mundial de la Salud, la mayoría de los casos de violencia contra las mujeres son cometidos por sus propias parejas. Esto se debe a la creencia que es “una posesión” análoga a una cosa. Muchas personas desearían que su pareja hubiese nacido en el momento en que se conocieron. No soportan que hayan tenido otras vivencias, otros amigos, otros amores. Para explicar mejor esto, me remito al libro mencionado anteriormente, que toca profundamente el corazón del tema que estoy tratando.

El niño de la bola muestra una historia de amor, de obsesión, de locura y de mucha pasión. Esta magnífica obra —escrita en pleno Romanticismo— nos relata la historia de un huérfano, Manuel Venegas, que se enamora perdidamente de una mujer no correspondida, Soledad, y está dispuesto a cruzar cualquier límite con tal de casarse con ella. Manuel se exilia voluntariamente de su pueblo con la intención de juntar un millón de reales para sanar la deuda que tenía con el padre de Soledad, don Elías, acreedor de su difunto padre. Antes de irse, Manuel grita ante todo el pueblo las siguientes palabras: “¡lo juro por el alma de padre!, a pujar la gloria de estrechar en mis brazos a ese ángel que el vil judío ha robado al cielo, a esa desgraciada que se llama su hija!, ¡Ay del que la mire entre tanto! ¡Ay del que la pretenda! ¡Soledad es mía, y yo vendré a recobrarla y a matar al temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos!”[1] Manuel se exilia por 8 años y vuelve a su pueblo. Al volver, se entera de que soledad se ha casado y exclama: “¡Soledad no tiene marido! ¡Soledad es mía! ¡Soledad me ama!”[2] Claramente, mediante estas dos breves citas, nos damos cuenta de que el protagonista de la obra se cree poseedor de Soledad y de su libre voluntad de escoger a quien amar. La obsesión de Manuel Venegas  llega hasta tal punto de querer matar tanto al esposo de Soledad, como a ella también (lo que logra al final de la novela). Más allá de que la historia está salpicada de una fantasía no muy lejana a la realidad, es cierto que esta locura por poseer a una pareja lleva a las personas a extremos irreconocibles y hasta lo más oscuro del alma de un ser humano. Esta demencia puede llevar al poseedor a tratar a una persona como si fuera un objeto del cual tiene un título para utilizar y, en algunos casos —sesgados por el odio, la violencia y los celos—, llegar a matar a su pareja con tal de que no siga viva si no es bajo la propiedad del poseedor.

Siguiendo con esta argumentación contraria y negativa, respecto de la frase “porque te quiero, te poseo”, hay un punto fundamental en donde quiero hacer hincapié: la felicidad. Vimos en El niño de la bola que Manuel Venegas pretende escaparse con Soledad, obligándola a abandonar a su hijo. ¿Qué lo lleva a pensar que Soledad iba a aceptar? La respuesta es más simple de lo que parece: la errónea concepción de que, ella es más feliz estando con Manuel que con su familia. En las relaciones personales, donde se ven rasgos de posesión, es muy común que quien posee, tenga la falsa presunción de que la otra persona es únicamente feliz estando a su lado. Por lo tanto, llegan momentos en donde el poseedor decide por la otra persona basándose en que cree saber qué es lo que le hace más feliz, a la otra persona, y que busca únicamente la plena felicidad de esta.

     Ahora, ¿qué pasa cuando la persona poseída decide por sí sola, en base a lo que le hace más feliz, y eso implica dejar de lado al poseedor? Bueno, en este caso queda expuesto el poseedor, ya que la mayoría de las veces intenta obligar a la persona para que lo incluya o haga lo que él pretende, justificando que la va a hacer feliz. Es claro que el poseedor no quiere que la otra persona sea feliz porque, si fuera así, aceptaría libremente las decisiones que la otra persona tome, sin reprocharlas o desaprobarlas: lo que busca el poseedor es únicamente su felicidad y sus intereses, sin importarle la otra persona. Por esa razón, lo mencionado anteriormente es aplicable a la novela de Pablo Alarcón; Manuel Venegas pretende casarse con Soledad y que esta abandone todo lo que tiene, a pesar de que ella es feliz estando casada y con un hijo. Como el huérfano no acepta la realidad, pretende matarla. Prefiere verla muerta antes que siendo feliz con otro hombre.

No obstante, no es necesario recurrir a una novela fantasiosa como El niño de la bola; historias como esta, donde hay una mujer poseída y un hombre con sangre en las manos, suceden a diario y basta encender la televisión para conocerlas. Por consiguiente, ha quedado claro que quien posee no desea verdaderamente la felicidad de la otra persona, sino que actúa cegado por una locura y obsesión que lo conduce a un estado anímico aborrecible y, en algunos casos, letal para su pareja.

Luego de lo mencionado en párrafos anteriores, hemos descubierto que la posesión en las relaciones puede llegar a ser extremadamente peligrosa. Sin perjuicio de esto, ¿puede encontrarse algún aspecto positivo en las relaciones posesorias? Claramente, la respuesta va a variar de sujeto a sujeto. Es difícil encontrar argumentaciones a favor de esta postura, teniendo en cuenta que en las relaciones posesorias, se trata a la persona poseída como si fuera una cosa. Sin embargo, hay casos en donde ciegamente se confunde a la posesión con una “protección” que creemos recibir del poseedor.  El niño de la bola no es justamente el caso en donde podamos apreciar una posesión escondida o disfrazada de “protección” ya que, el comportamiento de Manuel Venegas es demasiado extremo. Sin embargo, existen casos en la realidad en donde sí. En estos ejemplos, si se los ve desde afuera, uno hasta puede llegar a empatizar con el poseedor; esto es así, debido a que disimulan tan bien su actitud enfermiza que logran convencer de que lo que dicen o hacen por o para la otra persona, le puede llegar a hacer bien. Esta actitud “protectora” puede variar, es decir, casualmente puede que sea buena y en otros casos puede ser verdaderamente mala. Con esto último me refiero a que, puede que lo que aconseje el poseedor sea positivo para la otra persona, es decir, que le sirva realmente en su vida; pero puede que, en otros casos, sea negativa y que no la esté ayudando. Ahora, es indudable que en ambas situaciones, detrás de ese consejo, se esconde un afán ciertamente negativo, un deseo poseedor que conduce a subsumir el libre albedrío de la otra persona, a la voluntad del poseedor; y que tanto para la víctima como para terceros, es muy difícil de descifrar.

Profundizando un poco más el tema y casi como un capricho de encontrar algo positivo a la posesión en una relación, podemos decir que la protección del poseedor es buena en ciertos casos, siempre y cuando no lleve a una sobreprotección que limite la libertad de la otra persona. Podemos encontrarnos con relaciones en donde el poseedor no se dé cuenta de su actitud perversa, y que simplemente, de una manera inconsciente realice determinadas acciones que pueden considerarse posesivas, pero que no tienen esa intención, sino que solo intentan proteger a la otra persona. Podemos fiarnos de la buena voluntad de proteger, siempre y cuando no medie violencia.

Por ende, después de haber analizado este profundo tema, creo que no hay un aspecto positivo en la posesión de una persona. Es difícil identificar a esta en una relación, sobre todo cuando tenemos como bandera la frase “el amor es ciego”, la cual es un arma de doble filo; ya que, muchas veces, el amor nos ciega de tal manera que no logramos identificar todas aquellas acciones que limitan nuestra libertad de elegir y, si las llegamos a advertir, puede que ya sea muy tarde. Por eso —y quiero detenerme en este punto para ya concluir con este ensayo— es muy importante el concepto de amar libremente, sin ataduras, sin dependencia, siendo uno mismo. No se trata de cuanto nos amen, porque a veces el amor conlleva una locura inmensa, sino que se trata de cómo nos quieran. El amor no se basa en un apego al otro, de necesitarlo como si fuera un padre; eso es inmaduro, solo se trata de una necesidad, de miedos, de dependencias. Sin perjuicio de esto, amar sin apego no es fácil. Todos tenemos la idea de amar con condiciones, de encontrar aquella persona que nos complete, que se ajuste a nuestras necesidades y gustos. En esta sociedad materialista en la que crecimos, felicidad es sinónimo de poseer cosas; por eso desarrollamos vínculos obsesivos con cosas, personas o ideas con el fin de sentirnos completos y a gusto. De más esta decir que esto no está bien. Amar al otro implica quererlo por lo que es, no por lo que queremos que sea; es tener en cuenta que el otro no nos pertenece y que tampoco dependemos de él para nuestra felicidad, sino que está ahí para acompañar e impulsar a realizarnos.

Por último, y a forma de conclusión, quisiera remitirme a lo explicado por Erich Fromm, en un ensayo titulado ¿Tener y ser?, que especifica muy bien esta dualidad de relaciones que establecemos los hombres. Fromm toma como ejemplo dos experiencias poéticas a partir de un mismo hecho: encontrarse con una flor[3]. Basho y Tenysson, los dos poetas, responden de forma diferentes a ese encuentro. Veamos lo que escribe Tennyson: “Flor en el muro agrietado, te corte de las grietas. Te tomo con raíces y todo, en la mano. Flor bella… si yo pudiera comprender lo que eres, con raíces y todo lo demás, sabría qué es Dios y qué es el hombre”. Por otro lado, Basho dice así: “Cuando miro atentamente ¡veo florecer la nazuna en la cerca!” La diferencia entre ambos es muy notoria. Por un lado, Tennyson quiere apropiarse de esa flor, por lo tanto le corta las raíces y todo, y la flor termina muriendo. Por otro lado, Basho solo la mira atentamente para verla crecer. El caso de Tennyson es análogo a aquellas personas que se apoderan de alguien y destruyen su esencia dejando que esta muera. Por otro lado, el ejemplo de Basho es símbolo de una relación sana, que acompaña para crecer.

Tomás Nogueira (20)
Estudiante de Abogacía
tomasnogueira77@gmail.com

 

[1] Pedro Antonio de Alarcón, El niño de la bola, p. 46.

[2] Pedro Antonio de Alarcón, El niño de la bola, p. 107.

[3] Erich Formm, ¿Tener y ser?, 1976, p.8.