La Presunción

Por Felipe Videla.

Despertó súbitamente, como si algo externo hubiera interferido en su sueño. Sentía un malestar general en todo el cuerpo, pero no lograba identificar concretamente dónde. Cuando logró abrir los ojos del todo, se extrañó al no ver el pequeño haz de luz que entraba todos los días por la persiana desvencijada de su habitación. “¡Otra vez son las tres de la mañana!”, pensó mientras miraba hacia su vieja mesa de luz buscando el reloj despertador que le había regalado su tía. Ya no sabía ni porqué lo conservaba, si con su último celular Iphone podía vivir perfecto. Lo que vio lo dejó paralizado. Eran las 12.30 p.m. “¿Cómo pude haber dormido tanto?”, reflexionó. “Nunca duermo más de seis o siete horas”, pensó. Según el reloj despertador, había dormido casi diez horas sin despertarse. No escuchaba truenos afuera, sino los que creía eran los usuales sonidos de la noche, pero no prestó demasiada atención.

Decidió levantarse y comenzar con su rutina matinal: lavado de cara y dientes, ducha hirviendo y un desayuno casi inexistente. Su perro Ernesto se acercó buscando las caricias de siempre. Ernesto estaba notablemente nervioso. “Tengo que llevarlo al veterinario urgentemente”, pensó mientras le hacía sus caricias preferidas. Cuando entró en la cocina para calentar agua, volvió a notar a través de la ventana enorme que tenía allí que en la calle Sábato no había luz. Estaba oscurecida. “Este reloj maldito me volvió a engañar”, dijo, mientras encendía el celular pensando en cuántas horas reales había dormido. Mientras observaba el celular encenderse pensó que no estaba tan cansado, así que podría aprovechar esas horas que quedaban para hacer algo productivo. “Hola amigo”, leyó en el celular que lo saludaba como todos los días. El teléfono marcaba las 12.37. “¿Ahora también esta cosa maldita se estropeó?”, se preguntó mientras lo reiniciaba.

Como el teléfono demoraba en reiniciar, decidió prender el televisor. Ningún canal funcionaba, salvo un canal de noticias que solía ser muy aburrido. “URGENTE, ÚLTIMO MOMENTO”, se leía en el televisor. “Lo de siempre”, pensó riéndose. “Las autoridades de mundo están investigando en forma urgente los sucesos actuales para entender qué ocurrió”, decía con voz fuerte el conductor. Eso lo hizo reaccionar y prestar atención, “Esto no es lo de siempre, ¿qué está ocurriendo?”, pensó. “Según los últimos reportes, el hemisferio occidental no ha visto la luz del sol en este 4 de agosto mientras que el hemisferio oriental no anochece para dar lugar al 5 de agosto”, explicaba la coconductora con voz preocupada. “¿¡Pero qué carajo!?”, dijo ya bastante preocupado.

A cinco cuadras de allí, en el centro de la ciudad, la situación era caótica. La gente caminaba frenética por las calles, yendo y viniendo, buscando respuestas inexistentes. A pesar de la oscuridad, los trabajadores se habían presentado en sus empleos como si fuese un día normal. Pero no era un día normal. Todos habían asumido que un raro fenómeno habría demorado el amanecer. Sin embargo, seis horas de demora era mucho. Se escuchaban sirenas por toda la ciudad y se olía el caos. No había ninguna catástrofe ni accidentes masivos, pero los servicios de urgencia estaban desesperados intentando dar respuestas sin suerte.

Algo parecido ocurría del otro lado del planeta. Las personas habían vuelto a sus casas del trabajo pensando en disfrutar de una buena noche de sueño. Pero la noche no había aparecido. Salvo unos pocos, la mayoría no había podido dormirse al notar que el sol seguía tan alto como al mediodía. Las autoridades intentaban buscar respuestas intercambiando ideas con el resto de los países, pero ni los científicos más importantes entendían qué ocurría. Había una sensación generalizada de suspensión del tiempo. Pero todos sabían que el tiempo seguía corriendo, pero que la luz y la oscuridad seguían allí.

Decidió salir a la calle a experimentar lo que estaba sucediendo. Apenas hizo dos cuadras pudo ver la luna tan brillante como la última noche. Seguía sin entender cómo podían ser las doce del mediodía y la luna estuviera allí, como un actor narcisista negándose a abandonar el escenario. “Bueno —pensó— el ser humano hizo muchos avances científicos, esto lo vamos a solucionar sin dudas”. El rostro de las personas que se cruzaba le reflejaba preocupación e incredulidad. Pero él seguía convencido de que el ser humano puede solucionar todo. Luego de recorrer varias cuadras entró a un local a comprar productos de limpieza (se había acordado de que no lavaba la ropa hacía días).

El dueño del local era de los suyos. Jactancioso, le dijo: “¿Viste?, la gente se preocupa por esta estupidez, pero nosotros ya pasamos todas. Esta va a pasar. ¿Qué buscas pibe?”. Lo notó tan seguro que, al revés de lo esperado, se comenzó a preocupar. “Suavizante y jabón para el lavarropas”, le dijo pensativo. Pagó y decidió volver a su casa. Suficiente experiencia para este día tan raro. “Mañana será otro día”, pensaba mientras caminaba a destino.

Al entrar a su hogar, Ernesto seguía igual de nervioso. Intentó tranquilizarlo —o tranquilizarse—. Ya no sabía muy bien si estaba preocupado o estaba como el dueño del local. Aprovechó a lavar la ropa y colgarla como siempre. El único inconveniente fue que esta vez el tender no recibía el sol, como solía ocurrir, sino únicamente la luz brillante de la luna. Luego de unas horas en las que intentó entretenerse con algún libro y otras tareas de la casa, se hicieron las diez de la noche según su celular. Y a medida que pasaban las horas, su preocupación aumentaba. “¿Qué mejor solución que irme a dormir y que el mundo se arregle solo?”, pensó mientras se volvía a lavar los dientes. En eso estaba cuando se vio en el espejo. Se miró con detenimiento, y así se quedó unos cuantos minutos. Se acostó. Apagó la luz y cerró los ojos pensando que al día siguiente todo sería diferente. Sin embargo, en su último pensamiento se vio a sí mismo diciendo: “¿Será diferente?”.

Felipe Videla (33)

Abogado

lotasvidela@gmail.com