Reseña de «Mientras llega la lluvia» de Edison Gabriel Paucar

Por Eugenio Sulpizio.

Lo recordaba casi como era en 2015 y aún hoy, por suerte, sigue siendo: más bien alto, de carnes duras, el pelo negrísimo y espeso, las espaldas anchas como las de un levantador de pesas y esa respiración vital tranquila, dulcemente amerindia, que le envidié desde aquella tarde en que nos hicimos buenos amigos tomando unas chelas heladas cerca del mar de Barcelona. 

En un rinconcito austral de esta América ingobernable, como sentenciara Bolívar, Eddy y yo tomamos, ahora, un café. Para quienes aún no lo sepan, Edison Gabriel Paucar es el mejor poeta ecuatoriano vivo, heredero involuntario de los mejores versos de Martí y de Vallejo y de las grandes odiseas intelectuales de los mejores soñadores y fracasados nuestroamericanos. También es un narrador comedido, tranquilo como su respiración vital, contundente en su comprensión de la técnica narrativa y en su conocimiento del ecosistema literario contemporáneo.

Muy lejos de los severos demiurgos narrativos, de las florituras verbales y de la falta de humor que han caracterizado a ciertas vertientes fundacionales de la literatura latinoamericana en lengua castellana, la obra de Eddy, a juzgar por esta, su primera novela, es una literatura microscópica hecha de oralidad y de elipsis, de lecturas e intervenciones siempre excéntricas y heterodoxas respecto de las grandes tradiciones culturales, esas que, como creía Borges, apenas si podemos traducir quienes nos situamos en las márgenes de toda centralidad. 

Mientras llega la lluvia es eso, la primera novela de Eddy, aunque bien se la podría considerar una novela breve o nouvelle. De lectura agradable, más breve que extensa, más fragmentaria que unívoca, la narración serpentea hasta el final en las orillas de un argumento huidizo y de unos personajes apenas esbozados, por momentos oníricos, con el telón de fondo de un Quito que, falto de toda representación realista, tan opaco como aquellos personajes, connota un microcosmos visceralmente latinoamericano. Pero las voces, siempre las voces: como en una novela de Aleksiévich o en un buen cuento de Hemingway, las voces son las verdaderas protagonistas de la narración, creadoras, todas ellas, de un coro cuya fuerza narrativa, formada de idiolectos y de mutismo, termina por dominar la trama.

Según avanzaba en la lectura, las relaciones de intertextualidad emergieron a la superficie del texto con la naturalidad con que un nadador curtido se retira a descansar sobre la arena: las voces de los personajes me recordaron a los ecos espectrales de Pedro Páramo y de El llano en llamas de Juan Rulfo; la violencia escolar me recordó a La ciudad y los perros del inefable Vargas Llosa. Luego, las otras relaciones: la sintaxis de Zama de Di Benedetto y de los cronistas de la fundación de América, la atmósfera de la película Amores perros, la pasión literaturizada por el fútbol de Martín Caparros y de tantos otros escritores, el coro fantasmal de la obra de teatro Un hogar sólido de Elena Garro, las citas bíblicas, los proféticos epígrafes de Antonio Tabucchi, de Oscar Wilde, del mejor John M. Coetzee, del patriarca William Faulkner y de Martin Amis, la resonancia no tan débil de ciertas canciones del reggaetón de los grandes maestros del género, de la jerga de los adolescentes quiteños, que Eddy conoce muy bien, del argot que reina en los bajos fondos de Quito. 

En estos ocho años, Eddy y yo empezamos a declinar. Esto es, dejamos de ser los jóvenes letraheridos y bohemios que supimos ser. Cada quien, a su manera, aceptó su estrella: Eddy, su trabajo de periodista de actualidad en una radio de Quito; yo, mi trabajo de abogado en Buenos Aires. Ambos entendimos, más tarde que pronto, que aquella fiesta barcelonesa terminaría, que nuestro destino de soñadores nuestroamericanos ya estaba cifrado, que malos son estos tiempos de pantallas y algoritmos para quienes reinciden en una práctica tan arcaizante como la alta literatura. Como las prácticas del periodismo y de la abogacía, la verdad sea dicha, métiers de buena parte de los letraheridos de la era predigital. 

Pero no importa: en un bar cerca del mar, bajo el cielo azulísimo de nuestros veinte años, Eddy y yo seguimos tomando unas chelas heladas, doradas como el sol, con una tapa de infinitas gambas al ajillo de gruesa carne rosada, sutilmente alimonadas, porque en un rato vamos a darnos un chapuzón en el mar aceitoso de Barcelona y porque el fantasma de Roberto Bolaño nos ha dicho anoche, entre chelas y tabaco y demás desvaríos, que todos nosotros ya somos los mejores poetas vivos, y porque nadie ni nada, en esta tarde mediterránea llena de vida, podrá atreverse a ponernos en entredicho.