Por Santiago Legarre.
Empecé el año una vez más con Proust, volumen 5 de En busca del tiempo perdido, titulado La prisionera. Lo empecé en Bolivia (vacaciones) y lo terminé en Louisiana (clases). Buenísimo. En Bolivia también leí, con gusto, un largo relato de Hemingway, Green Hills of Africa. Impresionantes las descripciones de las carnicerías post-caza: no aptas para naturalistas y verdes.
En Estados Unidos devoré Angle of Repose, la novela más importante del gran Wallace Stegner (otro hallazgo que le debo a la mujer de mi amigo de South Bend, Pete). Vale la pena, pero la pena es grande y a veces un tanto forzada. Y es largo (aunque atrapante). Apenas terminado, se lo dejé a Bobby, el marido de Paola, mi prima, que vive junto con él en Palisade (Colorado). Bobby, a cambio, me dio Dancing at the Rascal Fair, la primera parte de la “trilogía Montana”, de Ivan Doig, alumno de Stegner en el programa de escritura creativa de Stanford. Muy atrapante y divertido don Ivan (aunque de otra calidad y temática respecto del maestro).
Mi alumna Olympia, que fue al Liceo Francés, me prestó con cargo de lectura Balzac et la Petite Tailleuse chinoise, de Dai Sijie. Después de tenerlo un año en un cajón, tomé la corajuda decisión de leerlo. Está bien, aunque para mi paladar trata con demasiada ligereza algún que otro tema delicado. (Al volver este año de China, por cierto, le dije a mi alumna que en Changping había conocido al modelo de la petite tailleuse. Se llama Luna.)
Terminé la tercera parte de la trilogía de Alejandro Dumas, conocida como la “trilogía D’Artagnan”: El vizconde de Bragelonne. Un placer entretenido, que termina en una nota sorprendentemente triste. Pero no diré más.
Por recomendación de mi amigo luisianense Asher, probé una nueva autora, Marilynne Robinson. Comencé con Housekeeping, que trata de una tía homeless y sus dos sobrinas (aunque la palabra homeless nunca se usa; se dice “transient”: interesante). Es una novela morosa pero interesante y seductora, que gira en torno a asuntos relacionados con la familia. Avanzado el año, me leí una de sus novelas que integra una trilogía: Home. Me gustó más. Misma temática. Más atrapante.
En Kenia le hinqué el diente a una nueva memoria de aventuras africanas, esta vez a cargo de Osa Johnson: I Married Adventure. (El año anterior había leído una escrita por su marido, Martin). Súper atrapante para quien ha morado algo en esas tierras. (También empecé, en Marania (una estancia africana), la famosa novela de Joy Adamson, Born Free.)
En Oxford —como siempre, en la cafetería de la librería Blackwell’s— degusté la primera mitad de Rilla of Ingleside, el séptimo episodio de la saga de Anne of Green Gables (más conocida para algunos como Anne with an E). Me queda solo uno (Rainbow Valley), pero ya empiezo a extrañar a la dulce e insolente pelirroja (y a su familia).
Otro Hemingway, uno de sus más clásicos: The Sun Also Rises. Mixed feelings. Pero hay algo.
Leí, además, mi segundo Trollope: The Eustace Diamonds, una recomendación de la señora de Finnis. Es tan adictivo como Thomas Hardy, con una prosa menos barroca.
La casa es una novela de Manuel Mujica Lainez, con bastante en común con su obra maestra, Bomarzo —aunque La casa es más digerible, moralmente—. Yo diría que es lo que Los premios es respecto de Rayuela, para Cortázar. O sea, una especie de prefiguración simplificada de algo mejor, que vendrá.
Terminé el año con mi segundo Flaubert: L’Éducation Sentimentale (que leí en Bolivia, a donde fui al comenzar el año y también al final). Es más duro —menos digerible, por seguir con la analogía— y más cínico que Madame Bovary. Mas de los grandes siempre se aprende.
Santiago Legarre
Lector
57 años
