El que no duerme

Por Agustín Eugenio Acuña.

Mi camino a la aldea vietnamita, alejada de toda civilización (la nuestra, obvio), no ha estado exento de aburrimiento. Viajar a un país perdido en el tercer mundo es una experiencia sumamente recomendable para evitar a toda costa. Sí, por supuesto, como acá me hace notar mi esposa mientras escribo, en realidad, al menos en nuestro caso, es un pequeño precio a pagar por lo que se espera al final.

¿Qué es? Pues ni más ni menos que tener frente a frente a Thái Ngọc, la celebridad local que, sin querer, ha revitalizado la deprimida economía del lugar. Y su fama no es por haber descubierto la cura contra el cáncer, escribir un best seller o conquistar el corazón de alguna bellísima, famosa y rica dama. Nada que ver. A diferencia de esas alternativas, el caso de Ngọc es muy particular, pues no se lo conoce por lo que hace, sino por lo que no hace, que es… dormir. “El que no duerme”, así le dicen los nativos a su celebridad.

El destino, la fatalidad, la divina providencia o vaya uno a saber qué (los científicos no se ponen de acuerdo al respecto todavía, a pesar de haber tratado a Ngọc como un conejillo de Indias con monitoreo 24/7/365 durante años) quiso que un día el sueño decidiese abandonar la vida de este humilde hombre. Literalmente, “se fue para no volver”. Y de eso pasaron décadas. El jovencito hoy ya es un anciano que puede contar más de medio siglo sin cumplir lo que tantos médicos recomiendan hacer en tal o cual cantidad de horas: transcurrir los ciclos REM y no REM en una cama cómoda, sin dispositivos electrónicos, con una buscada oscuridad y en un clima de tranquilidad zen.

Como un personaje de la vieja y exitosa saga adolescente Crepúsculo, Ngọc está condenado a no dormir jamás. La maldición parece no haberse extendido a su dieta, que, por supuesto, no se compone de sangre ni, mucho menos, de sangre humana. Come y bebe como nosotros. Bueno, a decir verdad, no tan como nosotros, pues al almuerzo, la merienda (the five o’clock tea para los ingleses) y la cena, le agregó una comida más antes del desayuno (que por supuesto no se pierde nunca).

Como dije, la búsqueda de explicaciones desde la ciencia ha fracasado rotundamente. Luego de concienzudos y, diría, hasta obsesivos estudios, no se ha llegado a saber a ciencia cierta (vaya ironía) la causa por la cual Ngọc no pueda pegar un ojo. Los psicólogos arriesgaron picarescamente “que debía cargar con una culpa muy grande que le impedía dormir”. Los neurocientíficos no pudieron encontrar ningún cable pelado en su cerebro, pero aclararon, en tono de excusas, “hasta donde sabemos, porque la nuestra es un área en constante desarrollo” (muy orondos ellos, creyendo, sinceramente, que su área es especial y que el resto no se desarrolla). Los médicos no pudieron reprobarlo y debieron (a regañadientes y con envidia, por supuesto) expedirle un certificado de aptitud física sobresaliente. Los gurúes de la productividad buscaron afanosamente y con ansias las explicaciones de los otros para copiar la receta y así “ganar ocho horas al día para hacer más cosas”. Cuando se les preguntó qué tipo de cosas, su respuesta los pintó de cuerpo entero como los fieles exponentes de nuestra era: “no importa, más”.

La perplejidad es lo único que se extendía a lo largo de la comunidad científica que quedaba absolutamente en off side luego de años de repetir como loro (OMS incluida) que un adulto promedio debe dormir entre siete y ocho horas promedio (como si tuviéramos vidas promedio) para (casi) alcanzar la felicidad, la dicha y la longevidad (para la eternidad, todavía, falta).

“No te olvides de que cuando se termina la ciencia empieza la religión”. Eso me dijo un compañero del diario antes de emprender este viaje, con la mirada severa de alguien curtido por los años de la experiencia (y de los errores, por supuesto). Le hice caso y exploré, al llegar al viejo pueblo, la faceta religiosa del asunto. Todo terminó en un fiasco absoluto: Ngọc ni siquiera era creyente. Y cuando digo creyente, lo afirmo en el más amplio sentido del término, abarcador desde las tres grandes religiones monoteístas hasta esa secta cuasi alienígena de la cual es seguidor Tom Cruise (aunque si yo tuviese sesenta y me viese como él, posiblemente mi fe sería como la de los conversos, sólida como una roca).

“En esas ocasiones no es la religión la que aparece, sino lo esotérico”. Esa corrección, hecha por otro compañero (metido, obvio, que se sintió llamado a opinar cuando nadie le pidió su parecer), vino súbitamente a mi mente al descartar la religión. ¿Y qué es lo esotérico? ¿Lo oculto? ¿El juego de la copa? ¿Una sesión espiritista? ¿Una mano de mono como en el cuento de W. W. Jacobs? ¿El brujo de López Rega intentando trasladar el alma de Evita a Isabelita (sí, eso pasó)? De ninguna manera. Mi mente racional (e inexperta, por supuesto), se negaba a considerar tal posibilidad.

“Deja tu mente a un costado y haz tu trabajo”. El duro y directo consejo/orden (no conoce otro modo de hablar que no sea el imperativo, por más que llevo años intentando mostrarle los beneficios de los modos indicativo y subjuntivo) de mi esposa a mi lado fue lo mejor para traerme de vuelta a la realidad. Al fin y al cabo, no me pagan por ser coherente con mis creencias racionales, sino por escribir una historia, de acuerdo a “lo recogido en el campo” (frase hecha espantosa, sí). A mi editor no le importa lo que yo crea o no, sino lo que escriba, aunque pueda ser algo tan increíble como la aparición con vida de Jimmy Hoffa o una animada charla con el Yeti. Ah, por supuesto, eso mientras suban los clics en mis notas. El mercado en su máxima expresión.

Ya con el golpe de realidad asimilado, partí a sumergirme en el mundo de lo oculto. Por supuesto, conté con la inestimable ayuda de Luc, nuestro guía local (“con un nombre internacionalizado para turistas”, como supo explicarnos), que amablemente se ofreció a orientarme en la búsqueda. Nuevamente fue otro fiasco. La supuesta bruja de una aldea cercana no era más que una embaucadora, a pesar de darse aires de haber sido la que había hecho el conjuro para que Ngọc no durmiera. Además, ni siquiera era tan vieja. No le daban los años para haberlo hecho hace medio siglo (el tiempo que llevaba sin dormir Ngọc) y así se lo hice saber cuando la tuve al frente.

“Que tus ojos no te engañen forastero, pues lo que ves no siempre es como crees”. Lindas palabras, pero me fui apresurado. Creía que estaba perdiendo mi tiempo (y, más importante), el del diario. “Ya verás”, alcancé a escuchar que la pretensa bruja me ¿maldecía o solo decía? a lo lejos.

Volví a nuestro hospedaje (llamarlo hotel sería una afrenta para los hoteles) y empecé a teclear en la notebook con una frustración que no se puede explicar. Por supuesto, pensé, si científicos de los más diversos países habían fracasado en explicar la causa del fenómeno Ngọc, ¿qué me hacía pensar que un periodista que ni siquiera tenía la experiencia en su oficio podía llegar a dar con el quid de la cuestión? Me contesté rápidamente: ego, soberbia, subestimación de la cuestión, sobrestimación de mis capacidades… La larga lista me deprimió aún más. Cuando pude asimilar cuán deprimido me sentía, intenté salir de la parálisis en la cual me encontraba inmerso. Dejé las ilusiones de lado y, realista, seguí un consejo de otro viejo de la redacción que me había dicho algo así: “¿Estás bloqueado? Escribí sobre cualquier cosa que sí sepas, en lo posible que te guste y arma una conexión con el tema de la nota. Posta, no te falla nunca”. Eso hice. Me concentré en hacer un paralelismo del caso de Ngọc con un libro difícil de conseguir, The Sleeper Awakes, de la etapa ya oscura de H. G. Wells. Mi ego se calmó, pues la ironía de comparar situaciones extremas, como la de un hombre que no duerme hace medio siglo con aquel que duerme un siglo, me hizo sentir importante e ingenioso. “¡Ah, qué fabuloso que soy!”, me dijo mi pequeña voz a mi yo interior. Luego volví en mí. “Con qué poco nos conformamos hoy en día”, pensé, haciendo un gesto con mi cabeza.

Me levanté para tomar un café (si es que al café instantáneo puede llamárselo así) en el medio de mi pausa producto del estilo pomodoro (otra vil rutina de productividad de la cual soy esclavo). Luego de la bebida supuestamente energizante, caí en un absoluto sopor. Aproveché la ausencia de mi esposa (y mis pocas ganas de continuar con la faena) para entregarme al sueño. Grave error.

Ahora que lo pienso, el recuerdo es vívido, casi fotográfico. “Te dije que ibas a ver y lo harás, quieras o no” me dijo en el mundo de los sueños la supuesta bruja que, a esta altura, más que bruja me parecía, al menos, una arpía (¿cómo osaba con perturbar mi descanso de esa forma?). Lo que vi me sobresaltó, pues, como en un cuento de hadas sin final feliz, vi la historia de una pareja pasar por las etapas del enamoramiento, el despertar, la desilusión y la ruptura (traumática, por cierto, como deben ser todas las rupturas amorosas que se precien de serlo). Y he allí que la mujer (obvio, la bruja cuando era joven) maldijo a su partenaire amoroso. Así, lo condenó a no dormir nunca jamás, de tal forma de evitar el descanso y abrazar la fatiga, como un Sísifo moderno incansable (sí, sin piedra, por favor no me observen lo evidente). Definitivamente, no era un final feliz.

Me desperté transpirado y corrí a la notebook. Volqué como poseso toda la experiencia ¿sobrenatural? que había tenido y luego salí presuroso a la casa de la bruja. Sufrí una gran decepción, pues la humilde vivienda no estaba más allí. Mi mente racional empezaba a ceder ante la realidad.

“Estás loco” afirmó, tajante, mi esposa, que en algunas cosas es más racional que yo mismo (o sea, muy racional, racional en serio). “Concentráte que mañana hacemos el último trecho como dijo Luc, ahora que el camino está despejado”. Me llamé al silencio y me limité a asentir con mi cabeza. Lo mejor que podía hacer era tener la entrevista, sacarme la nota de encima y salir lo antes posible de aquel tugurio tercermundista. Sí, eso haría.

Ngọc no tiene agenda ni asesor de imagen ni computadora. Lo único que conoce es el trabajo como campesino que desarrolla en su hogar desde hace años. Son los guías locales los que se encargan de coordinar los encuentros con periodistas curiosos como yo. Por supuesto, Ngọc tampoco tiene una cama. ¿Para qué la usaría? Y no, tampoco tiene un ataúd como los vampiros clásicos de la línea de Drácula de Bram Stoker.

La entrevista, por mi prisa en irme (todavía me sentía perturbado por el sueño del otro día) fue insípida, acartonada y llena de lugares comunes (¿Cómo que no tiene cama? ¿Qué hace cuando debería dormir? ¿No se cansa?). Estoy seguro de que contribuyó a la cuestión el hecho de que Luc hiciera de traductor, pues Ngọc solo habla en un dialecto local incomprensible para occidentales como nosotros.

Estaba acomodando mis cosas, contento por salir de allí, cuando de repente Ngọc habló dirigiéndose directamente hacia mí y no a mi traductor. Luc, sorprendido pues me había advertido que el anciano era parco para hablar como un espartano y no tomaba ningún tipo de iniciativa (sí, esto también influyó en la mala entrevista, por supuesto) tradujo las palabras de la celebridad local. “Sir, cuide la relación con su esposa. No vaya a ser que termine como yo”.

Volví al hospedaje, abracé a mi esposa, la besé y fuimos a cenar. Cuando a alguien le dan un consejo basado en la experiencia, como me dijo mi padre, debe tomarlo con gratitud. Al fin y al cabo, los errores los cometió otro y nosotros nos aprovechamos de ellos, ¿o no?