Ser visto sin saberlo

Por Santiago Legarre.

Jerusalén. Subíamos los tres por una de las callejuelas un poco empinadas de la Ciudad Vieja, ya caía el sol, mucho no se lo veía, debía haber bajado ya y las milenarias murallas lo ocultarían. Estábamos cansados, había sido un día largo en el que se sumaban al trajinar de los que tienen mucho para ver en poco tiempo una serie de problemas imprevistos, de esos que fatigan. (Intentos frustrados de entrar al Domo de la Roca y a Al-aqsa, las dos mezquitas que reemplazaron hace siglos al último Templo, ahora brillan ellas —o brilla la primera, dorada; la segunda es gris— en la Explanada resignada por los judíos al Islam, la misma por la que caminó unas cuantas veces Jesús de Nazareth.) Yo no pensaba más que en llegar al hotel y tal vez recostarme un rato antes de comer, no contaba con la sangre mucho más joven que me acompañaba a ambos lados.

Como no encontrábamos la Puerta de Jaffa —nuestra salida preferida hacia la Jerusalén nueva, una ciudad anodina como tantas, o tal vez más, por su contraste con la ciudadela amurallada— preguntamos a dos frailes franciscanos que caminaban en dirección opuesta, hacia abajo. Oh, casualidad, uno de ellos era argentino, Carlos, de Ituzaingó, Corrientes; el otro, ruso, hablaban entre sí en italiano y Carlos con nosotros en inglés, un breve y absurdo intercambio de palabras hasta que descubrimos nuestro parentesco patriótico. Después de darnos, ya en castellano, las direcciones requeridas, nos contó que ellos iban a la Basílica del Santo Sepulcro para la asunción del nuevo Nuncio, el representante de la Santa Sede en esta Tierra Santa que según algunos vecinos más cínicos de santa tiene poco. (Tanto odio, tanto fuego, tanta guerra. Igual será santa, sólo acá vivió Dios-el Hombre.) Enseguida les vino la tentación a mis dos amigos, cuando la sangre es joven bulle y siempre se puede y se quiere más. Y, en fin, me arrastraron también a mí, no habría ido si hubiera estado solo. Un ruso y cuatro argentinos, ahora cuesta abajo, al lugar más Santo de todos, cuyas paredes albergan tanto el Monte de la Muerte como el sitio donde el Muerto se paró, vivo otra vez, y salió haciendo rodar la roca. Ya habíamos estado más temprano, pero no importaba nada de eso a mis vitales compañeros, sino la aventura y la nueva compañía, Carlos, dueño de casa, vive dentro del Muro, un gran anfitrión.

Llegamos con tiempo y subimos las escaleras que depositan a uno en lo que alguna vez fue la cima del Calvario. Desde ahí veríamos todo bien. Entró el Nuncio a tomar posesión de su flamante cargo y junto con él un cortejo enorme compuesto de católicos y cristianos de ritos varios, clérigos casi todos. Entonces lo vi, ahí estaba, perdido entre tanto color negro, mi reciente amigo, no hacía mucho que lo había conocido. Lo miré con intensidad, a veces uno piensa que de tanto mirar a alguien, va a sentir nuestra mirada y nos la va a devolver con la suya. Pero no, no pasó, no me miró, no me vio siquiera, lo miraba yo sin ser visto (por él). Mientras el Custos daba la bienvenida al Prelado recién llegado de Roma, seguí mirando un rato a mi amigo, sin prestar atención al discurso en italiano; fue en vano, nada, no hubo eco en sus ojos. Entonces resolví olvidarme, olvidarme de su presencia, una pena, qué grato es compartir con un ser querido que él sepa que nosotros estamos ahí donde él también está. Pero, aprendí una vez más, si paramos de mirarlo no dejará de estar ahí, tanto poder no tenemos, ni siquiera podemos provocar su atención con la nuestra.

Y mientras intentaba concentrarme en las palabras —ahora era el Nuncio saliente quien hablaba, en francés— me vino la idea, nueva para mí, nunca se me había ocurrido: tal vez mi amigo me había visto o me estaba viendo, o mirando. A lo mejor mientras mis ojos ya no estaban posados en su cara intentando forzar los suyos, estos sus ojos me habían descubierto al pasearse por el lugar alto donde me encontraba; a lo mejor yo había sido visto sin saberlo. Y me hizo pensar cuántas veces esto nos pasa o nos puede pasar. Sabemos que alguien está, al igual que nosotros, en un lugar; pero no sabemos que él o ella también sabe de nuestra presencia, no nos enteramos. O también puede ser que ni siquiera sepamos nada nosotros; que sólo lo sepa el otro: nos vio y no lo sabemos, nos miró y quizá sonrió (como sonreí yo cuando descubrí la presencia de mi amigo ese día sin que él lo supiera entonces). Una sonrisa no compartida, no correspondida por quien es visto y no lo sabe. Por si acaso, deberíamos tener siempre lista una sonrisa nosotros, por si alguien nos está mirando —no lo sabemos aunque quizás lo sepamos más tarde: “Te vi hoy hace un rato, te vi allí” (fuimos vistos)—. En este caso yo mismo le dije esto a mi amigo cuando nos encontramos a la noche: “Te vi hoy, te vi en el Santo Sepulcro”. Y su respuesta confirmó la idea advenediza: “Yo también te vi, te miré y pensé: ‘Qué pena, no sabe que estoy aquí’. Ahora sé que sabías, entonces no”.

Vi sin ser visto y fui visto sin saberlo. Y así se cerró el círculo que desde hace tiempo me atrapaba.

 

Santiago Legarre

38 años

Profesor

s.legarre@sedcontra.com.ar