La balada del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Por Martín Santoro.

Es inevitable que la noticia del primer disco solista de Ricardo Iorio, cantante de Almafuerte, despierte una curiosidad galopante, especialmente cuando refiere a un repertorio conformado enteramente por versiones de temas fundacionales del rock nacional. Lo ideológico y lo musical bailan a un ritmo lo suficientemente frenético como para hacer imposible que este material pase desapercibido, especialmente cuando detrás de la batuta se encuentra un personaje tan emblemático, que amamos odiar y odiamos amar.

En esta cruzada lo acompañan sus compañeros de banda: Bin Valencia en la batería, Beto Ceriotti en el bajo, y el excelso Claudio Marciello en guitarra y arreglos. Se puede suponer que la idea de rotularlo como disco solista, a pesar de tener a todos los miembros como “banda soporte”, responde a un deseo de su cantante de despuntar un vicio personal o, simplemente, para no comprometer, adulterar o diluir la identidad de Almafuerte y su obra.

Aún sin escucharlo, este es un disco que hace ruido desde lo ideológico. Aquí, el personaje caricaturesco de metalero fundamentalista que se creó Iorio para sí pasa factura de su pasado,  ya que durante años, con saña y prepotencia, se encargó de defenestrar a la gran mayoría del rock que ahora homenajea. Aquellos “blandos” siempre ocuparon un rol pasatista e intrascendente, por lo menos desde el discurso del cantante. “El metal nacional existe más de lo que existía el llamado ‘rock nacional’ en su momento. La música pesada en la Argentina es mucho más trascendente que cualquier cosa que haya hecho cualquiera de las bandas que han formado parte del rock nacional, y además de más trascendente es más grande”, argumentaba para la revista Madhouse en el ’91.

Otro punto de disonancia es la relación que siempre tuvo hacia aquellos que no eran autores de la obra que interpretaban. En el 2003, para la revista Si se calla el cantor declaró: “Vos estás hablando con un autor. Yo no me gano la plata de sodero ni de fletero. Canto las canciones que inventé, no soy Mercedes Sosa ni Valeria Lynch que cantan canciones de otros. Yo voy a SADAIC y me gano mi billete por cantar mis canciones”. Más que curioso resulta, entonces, la salida de este disco, que no sólo se nutre de versiones, sino que rinde tributo a figuras como Almendra y Miguel Abuelo, entre otros.

Sin embargo, es menester sobreponerse a la lectura (y crítica) ideológica que la naturaleza de este disco pueda suscitar para poder disfrutarlo. La música ciertamente amerita ese esfuerzo.

Un punto clave a destacar es el buen gusto que han tenido al confeccionar la lista de temas. A diferencia de previos tributos o reversiones del rock nacional que coparon las bateas en los últimos años, “Ayer deseo hoy realidad” se despega del hit facilongo y populista, ya diluido hasta el hartazgo. Si bien acá encontramos clásicos indiscutidos, conviven con perlas que habitan en la periferia popular, aunque merezcan una ubicación central en nuestro rock: “Hace casi 2000 años” de Color Humano, “Ritmo y blues con armónica” de Vox Dei y “Tontos” de Billy Bond y La Pesada son sólo algunos de los que brillan en su presencia. Podría considerarse que el único “lugar común” del disco es “Jugo de tomate”, de Manal, aunque esto no le quita ni un ápice de mérito a la versión en particular ni a la obra en general. Queda claro así que el criterio de selección, tanto de los grupos como de canciones, refiere y remite directo a la banda de sonido de la juventud de Iorio; tal vez el primer motor en su periplo musical.

El disco también contiene una grata cuota de sorpresa. Por un lado, se produce una trilogía spinettiana con “Toma el tren hacia el sur” de Almendra, “Madreselva” de Pescado Rabioso y “Durazno Sangrando” de Invisible, digna de aplausos. Tal vez aquí haya radicado uno de los mayores escollos para Iorio, del que emerge más que airoso: adaptar material tan ajeno, lograr estamparle su identidad y así generar un valor agregado, sin que pierda la esencia original. Por otro lado, aún cuando parece morder la banquina con “Un amigo de verdad” de Roque Narvaja, hay una especie de “morbo musical” por el cual sigue siendo fascinante verlo desenvolverse en un contexto que, por lo menos en teoría, es diametralmente opuesto a su naturaleza. Un claro ejemplo de esto es Mariposas de madera de Miguel Abuelo, un este estandarte hippodélico (hippie + psicodélico, se entiende…) que es abordado con el respeto y la sensibilidad que merece.

En lo individual, hay que destacar la emoción que conlleva la entrega vocal. Iorio logra matices y acentos propios de quien empatiza y se compenetra plenamente con la canción. Doble mérito merece por hacerlo con composiciones tan ajenas a su estilo, donde pierde el miedo de salir de su nicho para entregarse al momento. Basta escuchar “Durazno sangrando” para ver esto con total claridad. Donde Spinetta es una flauta, Iorio es una motosierra, pero sin embargo la emoción aflora y la sinceridad está ahí, palpable.

Tal vez este último punto sea el verdadero logro del disco, y lo que le da un barniz especial. Iorio parece perder el miedo de mostrarse un poco más vulnerable, tal vez más humano y dejar ver, por entre las grietas de su coraza, que el talento que tiene la persona se erige mucho más alto que el discurso del personaje.

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Martín Santoro
25 años
Licenciado en Comunicación Social
Santoro.me@gmail.com