Otra manera de ver la relación varón-mujer a propósito de la película “Once”

Por María Mercedes Cabello.

Al sentarnos frente al televisor, pantalla del cine o monitor de computadora para ver una película que desarrolla una historia romántica, se espera justamente eso, ni más ni menos: identificar a los personajes estelares que se encuentran solos, o con alguna relación que tiene fecha de vencimiento, para vincularlos por adelantado en la trama amorosa que se ha de desenvolver y que, finalmente, lo hace.

Aquí está el punto de inflexión que impone “Once”. “Él” y “ella” son los protagonistas: no se devela el nombre propio de ninguno de los dos; que lo tengan o no es insignificante y superfluo. Se conocen casi por casualidad, congenian en muchos aspectos, grados, niveles. El espectador, inevitablemente, casi por inercia, espera el encuentro romántico, los sentimientos contenidos, las ansias por revelarlos y que sean correspondidos: la historia de amor.

La escena más cautivante surge dando lugar a un evento que deja su impronta para el resto del film. Ambos confluyen en un local de instrumentos musicales donde a ella la dejan usar el piano cotidianamente. Se dejan llevar por la inspiración y descubren, maravillados, que sus tonos de voz congenian a la perfección, su instinto musical se entremezcla espontáneamente, la atracción mutua se palpa en cada nota y se exterioriza como un estallido nuclear de melodías y acordes. Logran, en ese momento, algo inesperado: encontrar un par, un alma gemela musical que sirve de inspiración y de compañía; brota entre esos acordes, la armonía que producen sus voces naturalmente. La música es la terapia de sus corazones rotos; es el elemento que acerca a ambos; es el puente que los conecta.

Una situación cotidiana se carga, de repente, de un tinte inverosímil. La confianza se instala sin pedir permiso. En el momento en que ambos descubren su pasión por la música, dejan de lado todo formalismo social y se vuelcan a hacer lo que los apasiona sin ningún tipo de introducción acerca de quién es cada uno ni de sus pasados respectivos: como si de toda la vida se conocieran. Ella da rienda suelta a su ternura infantil que la lleva a preguntar incesantemente acerca del significado de las canciones que él compuso. Como un niño en la edad del “¿por qué?”, ella cuestiona intempestivamente, y él responde con evasivas, irritado por el interrogatorio. Su corazón roto asoma, aunque se lo percibe antes en cada palabra, cada frase que canta.

“Once” se halla depurada de lo innecesario. Lo simple, justamente, es lo que imprime la magia a este film irlandés. Hay que festejar la vuelta a lo auténtico, genuino, espontáneo, íntimo: al encanto de la simplicidad en lo diario. Lo que cautiva es la sencillez de la trama y la ternura que emana cada escena, todo lo cual se halla enmarcado en el común denominador que es la música como elemento vital.

“Once” es el ensamble perfecto entre música y romance y sorprende al doblar en cada esquina. Toda vez que el público presiente algo, se da finalmente lo contrario. El tono alegre, dulce y gentil de la trama no da lugar a que uno imagine que las cosas se van a desencadenar como realmente lo hacen. Aquí es donde se puede vislumbrar una manera distinta de ver las relaciones hombre-mujer: ¿se enamoran finalmente? ¿Concretan su relación más allá de la persona a quien le estaban dedicadas las canciones compuestas por él? ¿Logra el público saciar su apetito romántico?¿O debemos, por otro lado, asegurar que estamos lejos de nuestro final feliz romántico?

La película no engaña. No vende un producto que no es entregado, simplemente porque no se plantea desde este ángulo aunque coquetea con el hecho de que el público lo espera y anhela. Ciertamente no estamos lejos ya que un final feliz, como tal, existe para “Once”: es cuestión de querer descubrirlo.

María Mercedes Cabello (23)
Estudiante de derecho
memcabello@hotmail.com