Una canción me trajo hasta aquí

Por Joaquín de Achával.

Llegó a mis manos hace poco el último disco de Jorge Drexler. Esta es la meditación que me surgió luego de escucharlo.
Considero a Drexler un artista de un nivel impresionante. Innova, juega con las estructuras clásicas de la música folclórica latinoamericana, el rock, el pop, y llega a ser impertinente en su intento por romper los esquemas. Lo cierto es que me gusta mucho; disfruto tanto de la armonía de sus acordes como de la magia de sus letras, tan profundas y tan cargadas de vida interior. No es fácil escuchar a Drexler, de todas formas. Hay que escuchar unas dos o tres veces cada canción hasta que termine gustando. Pasa algo parecido con el Fernet. De movida parece un jarabe, “para la tos” –suele decir la gente–, algo realmente asqueroso. Pero, después de varias degustaciones, termina por generar esa revolución en las papilas gustativas que los que nos gusta el Fernet conocemos bien. Ojo, hay personas que aunque le ponen empeño no les consigue gustar. A mi viejo, por ejemplo. Alguna que otra vez, comiendo un asado o una tarde de esas que hace fresquito pero está lindo estar afuera, pelé un “Negro Fernando”, y nos tomamos uno que otro. Pero a él no le termina de cerrar. Yo creo que tiene que ver con un tema generacional, pero no sé porque, por otro lado, al papá de un hermano mío de curso –cordobés–, le encanta; será porque es cordobés, qué sé yo. La cosa es que, aunque le pone garra, no le consigue gustar. Con Jorge Drexler pasa lo mismo: o te gusta o no te gusta, pero de movida es raro que guste mucho. A mi familia –y sin ninguna intención de exponerla cínicamente– no le gusta del todo Drexler. Sí un par de canciones, las clásicas: Todo de transformaSeaMe haces bien, y esas que suelen pasar en radios para adolescentes de frases célebres como: “Quiero quemar al Marce con la Pachi”. De todas formas, esto no quita que sean excelentes canciones. Yo conocí a este cantautor uruguayo gracias a un amigo, Santiago, que me mostró algunas canciones (hizo lo mismo hace poco con Lisandro Aristimuño, otro grande de la música alternativa de habla hispana). Obvio que de movida me pareció un plomazo: aburrido, monótono. Yo era más de la escuela del rock and roll clásico: Los Beatles, Charly (aunque quien lo conoce bien sabe que rock tan clásico no es), Fito y hasta algunos más pesaditos como la Renga y, principalmente, los Redondos. En definitiva: la onda, nada que ver. Lo descarté de inmediato, junto con otros pobres músicos que el mismo amigo me presentó, y que fueron bajados al escalafón más insignificante. Ojo, hubo  algunos que Santi me introdujo y fueron muy importantes para mí: Los Tipitos, Aristimuño, algo de Coti, y juntos nos nutrimos siempre de Fito, al que yo había mamado desde el vientre de mi madre (ella es fanática). Pero Drexler era, entonces, fome (como dirían acá en Chile), aburrido. Recién en mi Noviciado, en Paraguay, pude redescubrirlo y encantarme con su música. No tengo mayor explicación que el momento determinado en que estaba de mi vida: sensible, muy abierto a todo tipo de impresión nueva, fuerte y profunda. Era como una persona después de recibir una buena dosis de anestesia: todo es “¡waw! ¡Impresionante!”. Así llegó Jorge Drexler a mi vida. Me acuerdo que me acompañaba en mi MP3, mientras caminaba por la selva de Tupãrenda, y que hacía de sus letras diálogos con María, con Jesús y con mi propia interioridad (a la que le llamo Achával). Desde ahí el amor no cesó jamás. Ni siquiera terminó cuando conocí su último disco: “Amar la trama”, que odié en un principio, y llegó a encantarme más tarde. Es por lo mismo que decía antes, ¿no? De movida, Drexler no gusta. Pero como sabía esto tuve paciencia y seguí escuchándolo. Además me daba manija con un hermano de mi comunidad, Gonzalo, que es fanático de Drexler y me quería convencer a toda costa de ir a verlo el 25 de septiembre (aniversario de casados de mis viejos. ¡Qué paradoja! Ellos que no gustan de Drexler). Así que le metí y le metí, y me terminó por cerrar (que no significa que me terminó de encantar). Habían algunas canciones que me gustaban, como Noctiluca y Amar la trama, pero no mucho más. En ese contexto me decidí a ir a verlo al teatro Caupolican, en Santiago de Chile. Esa experiencia es la que hizo que me quedara pensando varias cosas, principalmente lo correspondiente a   un tema que no me había llamado la atención antes, pero en el recital me prendió las antenas: Una canción me trajo hasta aquí. Esta es la letra:

Varias primaveras atrás, el viento cambió
Y una canción me trajo hasta aquí.
No fue más que un signo sutil que luego creció
Y una canción me trajo hasta aquí.
Antes, antes, en aquél otro mundo distante,
en tiempos de otro cantar.
Lejos, lejos, con la mirada en otros espejos,
sin darme cuenta un día eché a andar.
Con el entusiasmo infantil que dura hasta hoy
una canción me trajo hasta aquí.
Fue dejando versos detrás renglón a renglón
una canción me trajo hasta aquí.
Antes, antes, en aquel otro mundo distante,
en tiempos de otro cantar.
Lejos, lejos, con la mirada en otros espejos,

Sin darme cuenta un día eché a andar.
Para mí, la música es una parte muy importante de la vida. Habla no solamente de un gusto o un placer momentáneo, sino de una forma de ser, de toda una vida. Cada uno de nosotros tiene una historia con alguna canción. Existen esas que sonaron cuando bailé mi primer lento, o las que se asomaban tímidamente cuando dije ese gran sí al noviazgo, al matrimonio, a la vocación religiosa. Hay canciones que emocionan, que nos hacen llorar, que nos hacen reír, que nos ponen tristes, que nos violentan, que nos fomentan la imaginación, que nos hacen bailar y, principalmente, están las que nos recuerdan algún pasaje significativo de nuestra vida. Todas estas cosas hablan, en definitiva, del poder que ejerce la música sobre nuestras vidas ¿“nosotros”?. Entonces me puse a pensar en la letra de  este tema (que, por cierto, va acompañada de una melodía lindísima, alegre y cálida), Una canción me trajo hasta aquí. Me pregunté a mí mismo: “¿Qué canción me trajo hasta aquí?”. Esta pregunta me surgió más real y concretamente cuando Matías, un hermano de curso uruguayo que vino conmigo a ver a Drexler, subió esta canción a Facebook y yo, bromeando (esta palabra me hace gracia), le  contesté que, si una canción me hubiese traído hasta aquí (al seminario), esta hubiese sido Pega la vuelta de Pimpinela. Y como soy muy lento para procesar las cosas, recién después pensé en  lo que había puesto (sin ninguna intención mayor que la de querer hacer un chiste –muy malo, por cierto). Pega la vuelta sí tiene que ver bastante con mi vida. Me recuerda directamente a mi tío Paco, que tiene el síndrome de Down, hermano de mi viejo, al que quiero y extraño mucho. A él le encanta Pimpinela y como nos hace gracia, se lo festejamos y  fomentamos  su gusto. Siempre lo agarramos cantando esta canción, haciendo las dos voces, una de hombre y otra de mujer, y nos descostillamos de la risa viendo como él disfruta de la instantaneidad de su vida, de la despreocupación de lo que fue y de lo que será. A veces le envidio un poco esta gran capacidad, pero bueno, el Buen Dios, en su infinita misericordia, les regala a algunos unas capacidades distintas que a otros, y no tengo por qué estar envidiándole lo que no tengo.
¿Cuáles son, me puse a pensar, las canciones de mi vida que, de alguna forma, me trajeron hasta aquí?
Se me vinieron a la mente personas, momentos, situaciones, y quiero recapitular sólo algunas de ellas. Primero, una canción que me trajo hasta aquí debería ser alguna relacionada con mi familia. De esas tengo varias. Ejemplo más significativo tal vez sea Dos días en la vida, de Fito Paez. Cada vez que la escucho me acuerdo de mi vieja. Con ella, desde que soy chico, la solemos cantamos a dúo, y nos encanta. Ya es como “nuestra canción”. No había pensado la importancia que tenía ese tema hasta esta meditación. Otro ejemplo: Pasajera en trance o La ruta del tentempié (Éxtasis) me recuerdan a mi viejo, amante del viejo Charly de los años 80 y parte de los 90. No sé por qué esas dos canciones, siendo que  nuestra familia entera suele escuchar casi todo Charly. Será porque esas dos nos gustan especialmente a papá y a mí, qué sé yo. A mi hermana Belén me recuerda cualquiera de La Sirenita, de Disney. De chica le encantaba, y siempre se la escuchaba cantar las voces de Ariel, la sirena pelirroja esta, que es una mezcla entre Viviana Canosa y Flavia Palmiero (cuyas canciones infantiles, tales como Pelín sonrisa, les deben hacer acordar a mí a mis familiares; pero no quiero entrar en ese tema) [1]. A mi hermana Pilar me recuerdan varias canciones, por una simple razón: la escuché, a lo largo de mi vida, interpretar muchas, siendo que ella canta mucho y muy bien, y desde chica que lo hace para varias personas. Las más importantes, para mí, son Come what may, de Moulin Rouge, When somebody love me (aunque preferiblemente la versión en español), de Toy Story 2, y Electricity, de Elton John (banda sonora de Billy Elliot). Y de mi hermano Taio, un tema que me remonta a cuando él era muy chico, y yo más o menos también: Yo soy tu amigo fiel, también de Toy Story. Hace poco fui al cine con dos hermanos de comunidad a ver Toy Story 3 (nerd, lo sé), y me emocioné hasta las lágrimas al escuchar Yo soy tu amigo fiel, porque es lo que muchas veces experimento hacia él. Ante todo, contra todo, y después de todo, yo siempre voy a pretender ser, para él, su amigo fiel. Este canto me hace acordar también a dos primos: Santi y Boli.
Otras canciones me trajeron hasta este lugar. Canciones de mis amigos, de mis amigas, de mis vínculos amorosos, de mis estupideces, también, de las cosas que no hice bien, de mis triunfos, mis logros, mis glorias y, por supuesto, de mi vínculo con Dios y María. Una canción me trajo hasta ellos.
Es sólo una cuestión de actitud, de Fito, me recuerda a Santi, este amigo que, contaba, me inició en Drexler. En realidad casi que la música en general me recuerda a él. Fuimos compañeros de canto durante mucho tiempo. En los coros de las misas nos entendíamos como Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo, o el Pocho Insúa y el Cuqui Silvera o, por qué no, como Acosta y Achával en Prittyboys. Me acuerdo de una típica melodía que tocábamos siempre para “asegurarnos” que estuvieran afinadas bien las guitarras: empezaba con La mayor, y hacía un puente de Do# menor, pasando por Do menor y llegando a Si menor, para finalizar con un Mi mayor luminoso y enérgico. Esa canción también me trajo hasta aquí. Y  cualquiera de la Renga, principalmente El final es en donde partí Lo frágil de la locura, me hablan de Nico, otro gran amigo que a través de la música revivo acá conmigo, a 2000 kilómetros de distancia. Con él compartimos recitales, alegrías de encontrarnos entre la masa de gente, en la cancha de Huracán, en Vélez, en cada fiesta que sonaba el rock and roll. Y así muchas más: Día de enero a una gran amiga, Clari, no sé por qué. Será porque es de Shakira y a ella siempre le gustó, y porque la habré escuchado cantar alguna vez. A ella también me recuerda Me enseñaste, de Arjona, porque una vez se la hicimos cantar en un festival en mi Colegio. La cantó con Ronchi, y yo tocaba la batería, creo que por primera vez en público. Cualquier canción de Axel Fernando, pero especialmente Celebra la vida, me recuerda a Luli, otra amiga muy cercana y a la que tengo mucho cariño y admiración. Campanas en la noche, un temazo de los Tipitos, me trae a la memoria momentos muy lindos y personas muy importantes de mi vida. Me hace acordar, por ejemplo, a Tin Mazzinghi, hermano de Santi, otra persona a la que quiero mucho; también a una ex-novia, por haberla cantado yo en un día muy importante para los dos; a Azul, mi prima, que me  pidió  que la cantara en el verano, en Uruguay; a Nico, a Santi. Es, sin lugar a duda, una canción que me trajo hasta aquí.
Así podría seguir muchísimo. Pero lo importante es constatar que hay canciones en nuestra historia que marcan la vida, que nos traen a la memoria personas y momentos, decisiones, saltos mortales…
Hace tiempo escribí una canción que de a poco se fue dando a conocer entre el círculo de amigos y personas más cercanas: La labor del Apóstol. Surge en el 2007, tras decidirme a entrar en la comunidad de los Padres de Schoenstatt. La canción habla del miedo e inseguridad ante lo grande de la “labor” que Dios me pedía, pero también de entusiasmo ante el regalo, el desafío, y de la confianza que inspira luchar de la mano de Jesús y de la Mater. El estribillo reza: “Ha llegado la hora de tu amor”, una frase que el P. Kentenich escribe en el campo de concentración de Dachau, en Alemania, y yo pongo en boca de Dios Padre interpelando a su hijo escogido para llevar el estandarte de María y proclamarla Reina del Universo con sencillos actos de amor. Dios me amó primero, y ahora “ha llegado la hora de mi amor”.

Varias primaveras atrás, el viento cambió, y una canción me trajo hasta aquí”, dice Drexler en su tema. Y es cierto: el viento cambió, surgió un nuevo amanecer, una nueva primavera. Respiro en mi corazón un nuevo aire, renovado, fresco y alegre. “Una canción me trajo hasta aquí”. “Con el entusiasmo infantil que dura hasta hoy, una canción me trajo hasta aquí”.
Si estás triste, o te hace falta un impulso en tu vida, te recomiendo especialmente que vuelvas tu memoria a aquellos temas que marcan tu vida, e incluso que los escuches. Es muy importante volcar estas cosas que parecen tan naturales e insignificantes (hasta superficiales) a lo sobrenatural; relacionarlas directamente con lo divino. “La gracia presupone la naturaleza”, diría Tomás de Aquino; en otras palabras: hace falta la experiencia en el plano natural de amor y de gozo interior para poder vivirla sobrenaturalmente. Ejemplo claro de esto: el vínculo que Santa Teresita de Lisieux tenía con Dios Padre se entiende al constatar el sobrenatural vínculo que tenía con su padre natural. Dios se vale de las cosas de este mundo, las cotidianas, las del día a día, para manifestar su presencia, su voluntad, para dar una pista de su amor inconfundible. La música es, para mí, un regalo inmenso de Dios, porque me alegra, me inspira y me permite rezar, incluso. Por eso es tan importante.  Hoy, el arte en general, y concretamente la música (es el plano donde más me muevo hoy en día), es un medio de evangelización muy grande y muy amplio. En esto tomo como ejemplo a Manuel López Naón, seminarista hermano de comunidad, quien fuera para mí una inspiración en el regalarle a Dios la música, consagrársela, demostrar amor con un verso, con una melodía, con una canción. Sus temas, en gran parte, me “trajeron hasta aquí”, y por eso le agradezco de corazón. Y gracias también a Drexler, que me permitió meditar este tipo de cosas. Me ayuda a rezar por las personas, por los pueblos de la tierra, por todo el mundo:
Oh, Padre de la Historia, que habitas mi canción
Y empapas de tu gloria mi pobre corazón,
Hoy vuelvo a ti a cantarte con toda la expresión
Que puedo regalarte: es obra de tu amor.

+MATER TER ADMIRABILIS, ORA PRO NOBIS

[1] A ella también me recuerda Yo soy tu gatita, de La Factoría (un chiste que ella misma entendería si leyese este largo y aburridísimo escrito).

Joaquín de Achával (22)

Seminarista de los Padres de Schoenstatt
joacoachaval@gmail.com