Peñas arriba no hay nada. ¿Más vale la ciudad?

Por Eugenio Sulpizio.

Cuánto me costó en un principio no abandonar la lectura de esta novela. Había algo en la prosa de su autor, acaso cierta vetustez  en las adjetivaciones y en los modismos propios de su español peninsular, que me impedía leer más de dos párrafos de corrido. Se me hacía cuesta arriba leerla a buen ritmo, como si cada renglón fuera un pedregal donde mis pies fueran a tropezar con las mismas piedras, una y otra vez, hasta que yo cayera de bruces o bien decidiera mandarla al diablo.
Qué poco interesante se me ofreció en un principio la historia de este buen vividor madrileño que se había adentrado en un pueblo cantábrico para acompañar la agonía de su anciano tío paterno, dejando tras de sí el elegante estilo de vida que llevaba en aquella Madrid de mediados del siglo XIX. Sin embargo, las vicisitudes de Marcelo Ruiz de Bejos en las alturas, en la Tablanca de su tío, comenzarían lentamente a interesarme.
Peñas arriba los caminos son escarpados. Sea que uno los transite a lomo de rocín o andando junto a un lugareño, los pedregales y las pendientes tornan difícil el andar. Siempre deben ser recorridos de madrugada o de mañana: las noches en las montañas cantábricas suelen traer consigo un frío poco menos que glacial, capaz de tornar trampas mortales hasta los más conocidos de los caminos.
Peñas arriba las gentes no tienen otra riqueza más que la laboriosidad y la fe. Son personas simples, aunque no zonzas, que se deben enteramente al terruño donde han vivido por centurias los de su linaje. Son personas rudimentarias, sí, pero que conocen en profundidad el arte de vivir con sencillez cristiana. No hay día en que no madruguen, por cierto, porque la noche la emplean para tertuliar, dormir y nada más.
Peñas arriba aún se acostumbra pedirle la mano a los padres de la persona pretendida, y los buenos montañeses aún mueren delante de un crucifijo tras haber recibido la extremaunción por el párroco del lugar.
No sin razón, entonces, Marcelo Ruiz de Bejos se aburrirá con creces durante los albores de su estadía en Tablanca. Él, madrileño de pura cepa, estaba mucho más interesado en el esnobismo reinante en los salones de su ciudad que en las faenas propias de los toscos montañeses que habrían de secundarlo allí. Él, trasnochador habituado a la cultura de su gran ciudad, tendrá que acostumbrarse nuevamente a despertar con los primeros calores del sol, porque el día en la montaña era excesivamente corto y las noches, amén de cerradas, no eran en absoluto de fiar.
Reconocerá a Neluco Celis, el abnegado y joven médico que diariamente visitará a su tío Celso hasta la muerte, y a don Sabas, el párroco del pueblo, como sus mejores compañías en las alturas. Con ellos irá apreciando la belleza de Tablanca y sus pobladores; con ellos irá comprendiendo la importancia de las costumbres tablaquenses, tan enraizadas como lo estaban en el espíritu castellano del Medioevo; con ellos, en suma, aprenderá a valorar la lógica natural de aquellos hombres que no pretendían más de lo que a la sazón poseían.
Aun la religiosidad volverá al seno de Marcelo Ruiz de Bejos. Primero, cuando ante la ermita de la Virgen de las Nieves deba persignarse y rezar el padrenuestro junto a don Sabas. Postreramente, con las declaraciones que cerrarán magistralmente la novela, en las que campea un teísmo signado de una profunda devoción.
Peñas arriba, en definitiva, Marcelo Ruiz de Bejos reencontrará valores y creencias que seguramente no abundaran en aquella Madrid que él tanto echaba de menos durante las primeras semanas de su nueva vida en Tablanca. Y, además, encontrará el amor: Lituca, esa humilde campesina que se ruborizaba aun cuando la inquirían sobre meras trivialidades, será quien lo enamore. A él, buen vividor a la usanza de las ciudades. A él, gran conocedor del mundo «de abajo» y sus particularidades.
Regresará hacia el final de la novela a Madrid, aunque tan solo por algunos días y con el propósito de hacerse de muebles y de enseres con los que decorar y revivificar la casona de quien fuera su tío, quien por entonces ya había sido sepultado cristianamente peñas arriba. Gustará otra vez de las comodidades de su hogar madrileño, las que tanto había extrañado, pero no dudará en volver a las alturas para suceder a su tío Celso en el rol de patriarca de Tablanca. No solamente no habrá de dudar, sino que decidirá pedir la mano de Lituca para terminar de arraigarse en aquél suelo y vivir allí, sin remordimientos, la vida de un montañés cantábrico de rancio abolengo.
¿Realmente peñas arriba no hay nada? ¿Peñas abajo, en las ciudades, en los grandes y heterodoxos agrupamientos de seres humanos, se halla cuanto tiene valor?
La experiencia ficcional de Marcelo Ruiz de Bejos en las alturas es bastante persuasiva, hasta podría decirse que feliz. De todos modos, para responder tales preguntas tendría que renunciar por un tiempo a mi vida en la ciudad. Adiós, entonces, a la universidad donde me educo; adiós a los pequeños placeres de los que uno puede jactarse de gozar en la actual Buenos Aires: un café compartido con amigos en un bar céntrico, una tarde de invierno al calor del calefactor del hogar, la noche de un sábado con la persona que uno ama.
Tendría que internarme en algún pueblo del interior argentino y allí afincarme unos cuantos meses, o bien golpear a la puerta de alguna orden religiosa para solicitarle asilo del  mundo ciudadano en que habito.
Tendría que escapar, en suma, del esnobismo, del consumismo, del individualismo y de tantos otros ismos que caracterizan, en parte, la vida que representa lo bajo en mí: la ciudad de Buenos Aires
Peñas abajo la vida discurre a toda prisa, haciendo de tripas corazón. No hay tiempo para la reflexión; no hay tiempo para la inflexión: el tiempo es otro nombre del dinero, y los días se suceden maquinalmente, arrastrando en su carrera a quienes no pueden o no saben hacerse a un lado. Hay ciertas comodidades que tornan la vida más confortante, claro está, pero para acceder a ellas la generalidad de las personas debe poco menos que anidar su destino a una laboriosidad extenuante y falta de sentido, e incluso entroncarse en sinsentidos de peor calaña.
Peñas abajo la muerte es un acontecimiento, acaso baladí a fuerza de naturalizarlo tanto, que acarrea algunas lágrimas y otro tanto de gastos dinerarios y de trámites ante la burocracia competente. No es de extrañarse que los deudos del muerto no lleven luto, ni que las campanas de las iglesias no repiqueteen pesadamente para advertir a su feligresía de la muerte de un hermano.
¿Más vale la ciudad que las alturas? Realmente no lo sé. Como todo en la vida humana, los matices y las excepciones llaman a la prudencia: abunda la gente buena y honrada en las ciudades, de esas que a su paso por el mundo dejan tras de sí querencias y buenas acciones, así como peñas arriba hubo ocasión de confabulaciones y de ardides truncos en la persona del marido de Facia, la humilde sirvienta del tío del protagonista.
Es probable que no se trate aquí de alturas o de bajezas, de vidas ciudadanas o de vidas arcádicas, sino de distintas formas de vida: la una más apegada a ciertos valores, la otra más distante de ellos. En realidad, el autor no puso en boca del protagonista ninguna palabra despreciativa respecto de Madrid, es decir las peñas abajo que él había conocido, ni dio a entender que aquella fuera una realidad antagónica en relación con Tablanca. Se limitó, por tanto, a hacer notar que son ciertamente realidades muy distintas, pero ambas plenamente válidas y conducentes a buen puerto.
Mi visión de las peñas abajo se inspira en mi condición de ciudadano de la actual ciudad de Buenos Aires, aunque no todo sea de un negro tan profundo: como ya he dicho, la vida es rica en matices y excepciones, y hay en esta ciudad en la que habito grandes personas y grandes acciones. Gentes que no se dejan embaucar por los ismos en boga, gentes que llevan una vida empapada de los valores que he de considerar fundamentales.
¿Es moralmente mejor quien destina una decena de horas a la lectura de una novela de José M. de Pereda a quien, en el mismo tiempo, no hace más que preocuparse por ascender en la escala social a como dé lugar? ¿Es moralmente mejor quien, como Marcelo Ruiz de Bejos, acude al llamado de su tío en un remoto pueblucho cantábrico, a quien opta por una vida a la usanza burguesa? Por cierto, estas son preguntas de difícil respuesta que escapan a la prudencia de un estudiante de Derecho metido ensayista por unos instantes. Pero quizá no sea baladí citar las palabras que, pronunciadas por Marcelo Ruiz de Bejos, cierran el relato de esta novela:
«[Q] ue mejor nido que este vallecito abrigado y recóndito en que tan cercanos se ven, se sienten y se admiran los prodigios de la Naturaleza, y la inmensidad, la omnipotencia y la misericordia de su Creador.»
Al menos para este cristiano español del s. XIX, la experiencia de las peñas arriba parece ser claramente regocijante. Lo cual no quiere decir que aquí, peñas abajo, uno no pueda experimentar esa suerte de éxtasis signado de unidad con la naturaleza, ni que las ciudades sean solamente idóneas para deseos mundanos.
Pero, ¿quién sabe? Quizá exista efectivamente algún lugar donde las personas puedan alcanzar un grado tal de unidad con la naturaleza y de amistad con Dios.
Quizá ese lugar, que en la novela de Pereda ha recibido el nombre de Tablanca, se encuentre a la vuelta de la esquina. Quizá todos los lugares del mundo, sean ciudades o páramos, lleven ínsita esa potencialidad que tanto cambiara la vida de Marcelo Ruiz de Bejos.
Bien dice el poeta español Antonio Machado cuando poetiza así una vieja sabiduría humana: «Al andar se hace el camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar.» Quizá Tablanca sea eso: un camino que se quiere o se rechaza cuando uno echa a andar los caminos del mundo.

Eugenio Sulpizio (22)
Estudiante de Derecho
eugeniosulpizio@hotmail.com