¿Nada es para siempre? “Una” mirada acerca de “Pepita Jiménez” de Juan Valera

Por Eduardo Sequeiros.

Contestar afirmativamente a la pregunta que se traza en el encabezado implicaría, a la vez y casi sin querer, reconocer que existe aunque sea un algo que sí debe mantenerse en el tiempo: que nada sea para siempre.

Mis convicciones en el asunto son bien firmes, inamovibles; no hay pues nada ni nadie que pudiese ser capaz de trastocarlas y hacerme girar en mi convencimiento, sumamente fundado, meditado hasta el hartazgo. En otras palabras, mi sentencia ya fue dictada y no hay vuelta atrás; es irrevocable. Sin embargo, no por ello voy a cerrar los ojos, a taparme los oídos y a pensar por dentro: “No te escucho, no te escucho”. Ello ya sería inadmisible, dado que no solo incurriría en una muestra cabal de que no estuvo tan bien fundado ni meditado como suponía (poniendo a descubierto mis incoherencias), sino que también daría señales del peor de los pecados que pueda un hombre cometer; porque si bien todos, los que lo aparentamos y los que no, nos rasgamos las vestiduras frente a los pecados de la carne (y aborrecemos y juzgamos sin piedad a quienes los cometen), pareciera que perdemos de vista la verdadera magnitud de las cosas, entregando apenas un levantar de cejas bien disimulado, y hasta haciendo esfuerzos por no dar una opinión al respecto —no sé por qué—, cuando de faltas de mayor calibre se trata, como lo son aquellas que se gestan, no ya a nivel de los sentidos, sino en el seno mismo del espíritu. ¿Qué son los pensamientos o actos sensualmente impuros en comparación con la soberbia, la envidia, el odio…? De más esta decir entonces que no cierro las puertas a ningún intento de controversia intelectual sobre el asunto, a pesar de que ya sepa de antemano el inevitable resultado por la fuerza de la dirección que mi pensar ha tomado.

Para cualquier desprevenido, el tema por el cual traigo a colación dichas reflexiones no es ni más ni menos que el dilema, ya sea moral o espiritual, junto con todas aquellas connotaciones que le rodean, que se plantea en la novela “Pepita Jiménez” de Juan Valera. No me detendré a explicar ni a resumir lo que sucedió en dicha historia “de amor” (para desgracia de quien no la leyó); simplemente daré una opinión bien breve y concisa, que podrá compartirse o no, pero de la cual, según ya le adelanté, estoy fervientemente convencido.

Don Luis de Vargas actuó moralmente bien; ¿qué digo “bien”?, mucho más que bien, de un modo superlativo, cual si lo hubiese planeado todo para, no solo asegurarse la felicidad aquí en la Tierra, sino para tener por hecho que en las puertas del cielo lo recibirían con los brazos en alto. Ello se debe a su gran vuelo espiritual emprendido a lo largo de aquellas páginas y, lógicamente, a la celestialidad de su decisión final: reconocerse criatura de Dios y obrar conforme a Su voluntad, que se traducía en no rehusar, a pesar de la condición cuasi sacerdotal que lo investía, del amor que él sentía por su Pepita (el cual le era sumamente correspondido) para, finalmente, tomarla como esposa y así ser felices para siempre.

Hizo lo que debía hacer; a lo que debemos sumarle (como punto bonus, si se quiere) todo el sacrificio desgarrador con que llegó a resolver la cruel encrucijada que lo atormentaba. Pensar o creer que Dios podría juzgar mala la concreción de un amor tan puro, tan digno de alabanza, e incriminar todas las conductas y pensamientos que fueron llevando a nuestro personaje a enamorarse de Pepita, raya la herejía. ¿Quién más que el Altísimo quiere que nosotros seamos felices?

No solo don Luis obró correctamente; también lo hicieron el resto de los personajes adyacentes. Todos contribuyeron con su granito de arena para que el amor prime en el desenlace de esta historia. Contra todos nuestros pronósticos, don Pedro, el padre de nuestro héroe, dejó a un lado tanto su orgullo como la supuesta deshonra que se generaría, producto de lo que la gente mentecata del pueblo podría atreverse a insinuar respecto de que su hijo le habría arrebatado a la doncella con quien él pretendía casarse, y demostró cuán grande puede ser el dulce y generoso sentimiento que ligue a un hombre con el nacido de su propia sangre. Hasta el Vicario, inconscientemente, aportó a la causa; posiblemente (y por algo será que a su muerte lo creyeron digno de santidad en el pueblo) guiado por un ángel del Cielo a llevar a cabo dicha obra.

¿Qué decir de la hermosa y piadosa Pepita Jiménez? Su sublime belleza exterior, que quisiéramos apreciar, pero que solo podemos imaginar, y su magnánima candidez interior, corrigieron a tiempo el desviado camino que se emprendía a recorrer Luisito por el resto de su vida, para encauzarlo hacia el verdadero destino que Dios le tenía preparado. No quiero decir con esto que la voluntad de ordenarse al sacerdocio sea una lastimosa opción, que esté viciada desde su inicio, ni mucho menos; tampoco que el amor por una mujer siempre tenga que prevalecer sobre cualquier sentimiento de devoción que pueda sentir un hombre en su excelsa vocación como ministro del Señor. Simplemente, en el caso concreto que tratamos, sin apelar directamente a valores morales ni cristianos, el sentido común nos dice que nuestros dos tortolitos, por la energía intrínseca de sus corazones, debían unirse a pesar de los obstáculos que se presentasen, entre los cuales, naturalmente, incluyo la cercanía en que se encontraba don Luis de consagrarse como clérigo, con vistas a anunciar el Evangelio hasta los confines del Oriente.

Ahora bien, todo ello es debatible. Nadie puede asegurar con absoluta certeza que la visión antitética a lo expuesto, debidamente fundamentada, no pueda ser capaz de modificar nuestro punto de vista; es la misma experiencia la que nos dice que, en muchas ocasiones, aquellas posturas que en apariencia figuran ser las más firmes, las más fuertes, las más categóricas, terminan siendo las más endebles y frágiles, las que acaban defraudando a sus seguidores, las que construyen su propia tumba por el simple hecho de no dar lugar al más mínimo margen de discusión sobre el campo teórico que tratan; porque ante todo hay que convenir que nada es absoluto, nada es para siempre.

En consecuencia, vale reconocer también que don Luis cometió muchas faltas en su camino: basta con recordar que defraudó la confianza de su tío; le mintió a su padre; y que por poco acaba, sin razón suficiente, con la vida de un forastero. Asimismo, resulta una profunda pena pensar que había desarrollado hasta ese momento una vida sumamente digna, propia de un futuro sacerdote. Había convivido diez años con el Deán, se había hecho poseedor de las mejores enseñanzas (filosóficas, teológicas, culturales) que un joven de su tiempo podría poseer; pero además se lo había adiestrado en la mayor virtud: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros. En otras palabras, se le había dado todo para triunfar en su camino como vicario de Dios, ¡y estaba tan próximo a dar el primer paso importante en dicha carrera!

Lamentablemente, no contaba con la astucia diabólica de aquella mujer, a la que le decían “Pepita”, que poco a poco lo fue confundiendo, lo fue enmarañando en sus encantos. ¡Claro que ella estaba enamorada! Pero dudo mucho que ello sea suficiente para interponerse en el camino de un hombre bueno como Luisito, ni mucho menos para interponerse en el camino de Dios.

Frente a todo esto, hay que decir también (porque hay que ser justos) que el Vicario, más que por un ángel, fue arrastrado por el propio Satanás al forjar ese puente invisible entre Pepita y don Luis… ¿Dónde estaría su prudencia, su perspicacia, propia de todo hombre que aspira a ser santo? No hay en esa conducta sino signos de dejadez, ceguera frente a los designios del Espíritu Santo, impropios del párroco del pueblo, supuestamente sabio y venerable.

En cuanto a los actos del señor don Pedro, levemente traeré a colación unas pocas palabras porque temo ahondar demasiado en un asunto que me parece del todo repugnante. Por lo pronto, solo diré que resulta de la peor naturaleza posible el dejar que un hijo propio se desvíe del santo camino al cual estaba predestinado para solo satisfacer simples necesidades materiales propias, como lo es la voluntad de que su herencia no quede vacante. Agrego, además, que dicha resolución fue posterior a intentar por todos los caminos conquistar para sí el amor de la señora Jiménez, por cuanto, tras múltiples rechazos de su parte, no le quedaba otra que dejarla libre y reconocer la derrota, o lograr encajársela a un ser de su misma sangre y así triunfar en cierto modo.

Por último, abriendo bien mis ojos, puedo notar con suma claridad que el ser más perverso de todos es don Luis. ¿Quién me asegura que, transcurridos un par de años, no volverá a cambiar su forma de pensar, todo lo cual lo lleve a abandonar a Pepita y a sus hijos, y a principiar una nueva vida, lejos de allí, con quién sabe qué nueva locura por delante? Porque, seamos sinceros: tal vez nadie consideraría esto viendo, hacia el final de la novela, la felicidad con la que vivieron sus primeros (y últimos, preveo yo) cuatro años desde su matrimonio; pero vale decir que tampoco nadie pensaba en un comienzo que, con las firmes convicciones que presentaba don Luis al llegar de visita al pueblo, luego de largos y arduos años de aprendizaje al lado de su tío, su parecer cambiaría en apenas dos minúsculos meses.

Don Luis es un hombre débil, al que Dios le tenía encomendada una misión y que tenía todo servido a sus pies para llevarla a cabo, pero que, ante el primer obstáculo que se le interpuso, dio rienda suelta a sus instintos más salvajes, echando por tierra todo lo que presentaba un cierto valor en su vida. Cometió uno de los pecados más abominables que pueden darse entre las criaturas: aquellos que refieren a los deleites de la concupiscencia; porque no hay nada peor que renegar de los obsequios de la divinidad para dejarse entregar a las llamas de un superfluo amor terrenal.

Nadie podrá hacerme cambiar de opinión al respecto. Mis convicciones son sólidas y bien razonadas. Sin embargo, hay que aclarar que tampoco todo fue tan malo en el corazón de nuestro amigo Luisito…

Eduardo Sequeiros (22)
Estudiante de Derecho
edusequeiros@hotmail.com