Amores que matan no son amores

Por Gonzalo Pereda.

Toca en esta nueva edición del Taller de Escritura e Investigación Jurídica echar algo de luz sobre la consigna propuesta por el profesor Santiago Legarre. Antes de ahondar en el ensayo, debo confesarte, querido lector, que no sentí demasiada emoción al enterarme de cuáles eran las novelas propuestas para este cuatrimestre. Esperaba un cambio en los autores y temáticas, aunque infundadamente y lo sabía. Cual típico estudiante moderno, rápidamente ¾y acto reflejo de por medio¾ me decidí por El niño de la bola. No hace falta decir que su corta extensión y facilidad de lectura inclinaron a su favor el fiel de la balanza.

Tal como lo prometió el profesor, no me vi defraudado: don Pedro de Alarcón logra, en menos de doscientos folios, una pequeña joya literaria apta para cautivar a cualquier alma medianamente despierta. Y cabe hacer hincapié en esto último pues, por debajo de lo anecdótico y superficial de la novela, se vislumbran los grandes temas de la humanidad: el amor, el odio, la piedad, la venganza, el sacrificio, el honor, la avaricia y la esperanza. Son todos temas que el autor trata con capacidad magistral y una profunda delicadeza que conmueven al lector y lo hacen tomar partido, sucesivamente, de la venganza de Manuel y del perdón del cura Trinidad. En resumen, la elección de la novela fue acertada y, pese a mi inicial resistencia, superó mis expectativas.

Además de la satisfacción que me generó su lectura, permítaseme la digresión, don Pedro de Alarcón me dio la posibilidad, mejor dicho, me obligó, a dedicar una tarde entera a recorrer el circuito de librerías antiguas y modernas que pueblan esa avenida tan porteña llamada, de forma irónica, Corrientes.

Quisiera traer a colación dos breves, pero no por ello menos originales, anécdotas de esa memorable jornada: en primer lugar, al poco tiempo de iniciado mi periplo literario quedé maravillado por cierta librería ubicada a metros de Plaza de Mayo, cuyo nombre, si mal no recuerdo, era La Calesita. Su hallazgo no es nada sencillo para el peatón promedio con aires de apuro: hállase La Calesita en el interior de un antiguo edificio de estilo francés con un aire a belle époque y su existencia es delatada por un pequeño cartel sobre la acera que reza: “Librería La Calesita: pase y vea, suba los 19 escalones”. No pude resistir el tono coloquial y cómplice de semejante aviso y, tras contar 19 escalones y girar a la izquierda, me encontré en un salón de mediano tamaño, repleto de libros y con juguetes antiguos que se apilaban sobre pesadas estanterías hasta rozar el techo. Al contrario de lo que cabría esperar, no se divisaba una mota de polvo.

El venerable anciano que ejercía el antiguo arte de librero no me vio (ni oyó) entrar. Divisé sobre las interminables filas de libros varias obras de don Pedro, pero no la que esa tarde buscaba. Tras realizar una infructuosa consulta con el dueño, dispúseme a continuar mi búsqueda sin que esa derrota inicial hiciese mella en mi espíritu: ignoraba entonces que esa tarde visitaría otros diez buquinistas(1) sin poder desprenderme de esos cien pesos que guardaba reservados para quien me proporcionase el objeto de mis desvelos estudiantiles.

La segunda anécdota que prometí referir tuvo lugar más avanzada la tarde cuando ya mi optimismo comenzaba a mermar¾ en la famosa librería Hernández. Allí sostuve el más erudito e inesperado coloquio con un vendedor cuyo aspecto era todo menos original. Antes de que abandonara el lugar, y tras haber comprado otro libro que buscaba hacía días ¾esta vez, Meditaciones, de Marco Aurelio, se me acercó el vendedor y me dijo: “si te gusta Marco Aurelio, también deberías leer la obra de Foucault Hermenéutica de un personaje. Hacia el final del libro hace un análisis de las Meditaciones de lo más original”. Algo por el estilo transcurrió la breve conversación, sin saber mi interlocutor que detesto a Foucault.

Horas más tarde regresaba a casa con la billetera llena y el estómago vacío. Decidí olvidarme del asunto por un par de días ya que no lograba encontrar una solución al problema en ciernes. Finalmente, cuando ya comenzaba a considerar con seriedad la posibilidad de incurrir en aquella costumbre contra legem de fotocopiar libros, logré hacerme de la posesión digital de una copia de El niño de la bola, la cual formateé debidamente y descargué a mi e-book.

Tres días y seis viajes en subterráneo más tarde concluía la novela entre perplejo y desazonado. No voy a esconder mi enfado con el autor por el abrupto, cruel e inesperado final. Leer esa última página dejó en mi mente, como un déjà vu, el mismo sabor amargo y anticlimático que había dejado unos meses atrás La aldea pérdida. Pareciera ser que estos autores españoles carecían de imaginación o, quizás, apurados por plazos editoriales se veían obligados a terminar sus obras de la noche a la mañana recurriendo al infantil recurso de matar a los principales personajes. Santo remedio literario. En fin, vaya uno a saber, que esta no es más que mi humilde opinión.

Semejante decepción me valió de excusa para demorar el inicio de este ensayo y terminar de decidir, en mi fuero interno, si aprobaba con sed de venganza o censuraba con un manto de piedad la decisión suicida y homicida de Manuel. Vaya dilema. En fin, transcurridas varias semanas con sus consiguientes meditaciones filosóficas en los subterráneos de Buenos Aires decidí, pese a mis recelos, apuntar una o dos ideas sobre la consigna. No es que no las tuviera, por supuesto, sino que temía que mis opiniones cayesen en lugares comunes o clichés carentes de originalidad.

Compartí, hasta el día de la rifa, las decisiones tomadas por Manuel, y celebré las proezas y hazañas alrededor del mundo cuyo solo objeto era obtener la mano de Soledad. Mi compañerismo con Manuel caducó, sin embargo, una o dos hojas antes de finalizar la novela. El hecho de que el antihéroe haya decidido volver al pueblo para bailar con su enamorada y hacerse matar por su marido le quita al relato el sentido edificante y religioso que traía. Si bien el resultado literario de la novela objetivamente hablando es bueno desde el punto de vista artístico y muy logrado, considero que mayor bien hubiese hecho el autor a sus lectores si finalizaba la historia con la despedida final de Manuel. Pues hasta ese momento su actitud había sido ciertamente sublime y redentora. El sacrificio que implicaba para él abandonar su ciudad natal y dejar incólume el matrimonio de Soledad era el mejor y más digno tributo que podría rendir a su amada. Su renuncia presentaba hasta ese fallido momento una ejemplaridad de las que no abundan. Por desgracia, pasó lo que pasó. Don Pedro logra un resultado literario notable pero a expensas de no servir al bien. Pondré punto final a estas reflexiones ya que el dilema de si el arte que no sirve al bien es verdaderamente arte es motivo para otro ensayo.

Espero haber entretenido al lector con estas breves disquisiciones y con la narración de las peripecias de este cuatrimestre. En cuanto al profesor, le pido que mi ensayo no sea juzgado sobre la base de su fidelidad a la consigna, sino de la originalidad del relato, que mucha alegría me generó compartir con ustedes.

Gonzalo Pereda (24)
Estudiante de Abogacía
peredagonzalo@hotmail.com

(1) Del francés bouquiniste, se refiere a los vendedores de libros antiguos.