También esto pasará, de Milena Busquets

Por Estefanía Servian.

El epílogo de También esto pasará está lleno de las palabras y frases que aún no puedo leer sin largarme a llorar. A Milena Busquets se le murió su madre como a Blanca, la protagonista, se le muere la suya, y esto es pieza fundamental de esta novela. La vida de Blanca, quien tiene cuarenta años, pero podría tener veinte, sin su mamá. La muerte de la mamá de Milena, alma mater de la editorial Tusquets y una persona con mucho carácter, según cuenta su hija, la marcó profundamente. Eso la llevó a escribir y quizás, sin esos sentimientos que vuelca en su primera novela de esa manera, su historia no sería así de maravillosa. No todo lo que cada uno escribe tiene que ver con hechos que han ocurrido, pero sí con emociones que sentimos, o podríamos sentir, de estar en determinada situación.

Blanca no entiende a la gente que dice “te quiero mucho”. Los cree frágiles, como si quieran ocultar el no querer tanto con el adjetivo “mucho”. Yo he querido mucho a una persona, para la cual decir “te quiero” era lo más difícil y lo más significativo, y cuando lo decía le daba un valor supremo, sentía que estaba abriendo su alma, casi. Las personas son todas diferentes. Las hay fuertes, como la mamá de Blanca, esas que se llevan el mundo por delante; desorientadas, como si en cualquier momento se pudieran romper, como Blanca; e inocentes, como sus hijos. “¿Por qué sonreímos cuando miramos a un bebé?”, creo que se pregunta de alguna manera Saint Exupery en unas de sus obras más bonitas. Porque creemos que ese bebé indefenso es lo más lindo del mundo, es inocente, no ha sufrido y, sobre todo, no nos podría dañar. Y es vida. A medida que crecemos y se torna más complicado ya no tenemos la sonrisa estampada en la cara, tal vez.

Cuando alguien muy cercano se va, no nos volvemos locos, no hacemos cualquiera, ni tomamos mucho alcohol ni nos vamos de fiesta con quienes no conocemos. Blanca aborda esa tragedia como puede. La rodean amigas, exmaridos y sus hijos, éstos últimos convertidos en grandes compañeros de su madre. Porque a veces son los nietos los mejores regalos que pueden dar los hijos. Se entabla entre los nietos y los abuelos la relación más pura y amorosa de todas.

Al contrario, cuando alguien cercano se va, nos aferramos a la vida como podemos. Podemos vestir de la peor manera y pasar horas enteras sin comer; ningún proyecto parece bueno, y estar bastante tiempo en casa puede simplificar la falta de entendimiento de porqué el ritmo de la vida afuera puede seguir como si nada, con todo lo que nos está ocurriendo. Blanca siente que la miran con lástima y lo padece.

Cuando aprendí a manejar a los diecisiete y había quienes temían acompañarme, mi abuela era la primera en subirse al auto y esperaba durante las veinte maniobras a que estacione; la persona con quien compartimos la infinidad de libros que leíamos, la que alentó las diversas actividades que hago, cuando quizás me daba fiaca; representa las mejores comidas del mundo, y es la primera persona para mí.

En lo mejor del libro, al final, Blanca ve a su madre, feliz y tranquila, en paz; y sobre todo como era antes, como ella la recordaba. Todos tenemos una imagen de nuestros seres queridos quienes nos han dejado y alguna frase que nos han dicho y nos ha marcado. Cuando era muy chica y tenía rulos hasta la cintura, mi abuela me peinaba al sol durante largo rato y, una vez, me dijo que cuando ella no estuviera mirara al cielo que ella iba a ser la estrella más brillante y me iba a estar cuidando. No lo decía siempre ni era insistente, pero también recuerdo que, ya más grande, me dijo que me tenía que acordar que ella me iba a estar mirando. El día siguiente al que se fue, miré al cielo y allí estaba. No recordaba su frase cuando miré al cielo esa noche: lo supe en ese momento. Blanca ve a su mamá y también lo sabe. “También esto pasará” se repite a sí misma para estar más tranquila. Y es verdad. Pasa lo bueno, esos momentos inolvidables que disfrutamos, y los horribles que nos dolieron en el alma. El ser humano tiene la capacidad de acostumbrarse a todo: a lo bueno (sobre todo), a lo malo, a lo injusto, a lo que daña y al disfrute. Nos acomodamos. Nos amoldamos a la situación como podemos porque eso nos enseñan en casa. Nos aferramos a Dios, sabiendo que acompaña, siempre. Blanca no cree en nada, como algunos de su generación, como una moda. Comprende también que no es cierto que todo pasará porque vivirá sin su madre hasta que se muera. Hay una parte de nosotros que se va con quien nos deja: nuestra vida, juntos. No vamos a poder compartir esas risas con otros, esos sueños… Ese lugar no lo ocupa nadie. Se nos achica el corazón un poquito y nos damos cuenta que nos va a doler toda la vida aunque nos acostumbraremos a la nueva vida.

El punto de quiebre de Blanca es el desahogo lleno de lágrimas llamando a su madre despacio a pocos días de morir, aferrada a las rejas en el cementerio; comprende que ese dolor que siente va a ser eterno y que su madre, pese a las quejas, a las discusiones y al estilo distinto de vida era irremplazable y el amor de su vida.

Es el enfrentamiento con la propia madurez que parecía que nunca iba a llegar, escondida en los atuendos joviales, las noches de fiesta, y en un poco de irresponsabilidad. Es crecer y entender que se puede vivir y extrañar toda la vida. Y que hay que honrar la vida porque es lo mejor que podemos hacer por aquellos quienes hicieron todo por nosotros.

 

Estefanía Servian (29)
Abogada
estefiservian@hotmail.com