Los ojos que aman

Por Rocío Santaella.

La vista y el amor ¿son conceptos aislados o existe vinculación entre ellos? En ese caso, ¿cómo se da?

Al amor, comúnmente, se lo define como un sentimiento hacia aquello que produce atracción[1]. A su vez, la vista es uno de los cinco sentidos. Entonces, desde el punto de vista lingüístico, podría decirse que están relacionados.

Sin embargo, y más allá de esa conexión terminológica, resulta de mayor interés observar cómo aparece en la realidad. Es decir, cómo se da esa relación en el mundo en general y, especialmente, en el que vivo hoy.

Con un simple vistazo a un grupo de jóvenes reunidos se puede observar cómo la belleza exterior tiene implicancias en las relaciones entre ellos y para con los demás. En ese sentido, es muy común que quienes son catalogados como los más atractivos del grupo lo lideren, influyan con más preponderancia sobre el resto o agraden con mayor facilidad.

Ante esta dura afirmación pueden surgir mil preguntas, como por ejemplo ¿cuál es la regla según la que se es lindo o no? El concepto de belleza es muy subjetivo; lo que para algunos es bello visualmente, para otros, no. De allí el famoso dicho que afirma: “Sobre gustos, no hay nada escrito”.

Pero, más allá de esa subjetividad, pienso que existe un factor común entre las quienes se destacan al punto tal de que pueden resultar atractivas: es la seguridad personal. Esta se da en aquellos que creen poder realizar todo lo que se proponen. De ningún modo deber ser confundido con una creencia de superioridad, porque quienes se consideran “más” en lugar de atraer a las personas, las alejan. La clave es, entonces, la confianza en uno mismo y en los demás. Y esa confianza debe estar dirigida a transformar la realidad adversa, tanto propia como ajena.

Es decir que lo esencial es el factor de la personalidad. Por ello comprobé varias, veces con mis propios ojos, que aquel deslumbramiento inicial no siempre resultó suficiente.

En el libro bajo análisis Florentina reúne todas estas características. Su belleza interior, sus buenas voluntades para con los demás y lo hermoso que existe en su corazón, se ven reflejados en su rostro. No solo es visualmente linda, sino también inteligente, bondadosa y generosa. Podría decir que es la imagen de la perfección misma: representa lo que cualquiera querría ser. Y, en lugar de guardarse para sí todo lo que la aventaja, lo comparte con los demás. Ella quiere cambiar la realidad de las personas que se encuentran sufriendo a su alrededor.

Por otro lado, aparece Marianela, quien, en cambio, no es hermosa, ni afortunada, ni tampoco muy inteligente. No tiene educación y sus conocimientos son los propios de alguien que solo sabe lo que ve. Ella es huérfana y nunca recibió grandes cuidados. Si bien fue criada por la familia del Sr. Centeno, no fue querida como una hija más. Esa sensación de experimentarse amado es esencial a la hora de amarse a uno mismo y de dejarse amar por los otros. Marianela carece de todo esto y dice de sí que no sirve para nada.

Me pregunto qué tan real es esto; ¿acaso no se dedica a cuidar a Pablo, el ciego de nacimiento? Los personajes del libro menosprecian esta tarea y le hacen creer que no es útil. Sin embargo, las personas tienen distintas habilidades y Marianela es una buena acompañante. ¿Es acaso menos importante que cargar elementos pesados y trabajar en las minas del pueblo? En absoluto, pero los demás así lo piensan. La prejuzgan por su flaqueza física y la terminan convenciendo a ella de esa falsedad.

Pablo, al ser ciego, es ajeno a estas cuestiones. No ve con los ojos a Marianela y, por lo tanto, no existe en él una opinión previa y desfavorable de ella. Es el único que aprecia su tarea ya que es precisamente quien se ve beneficiado por su compañía. Al estar junto a él, Marianela puede ser auténtica; se siente segura porque no interfiere entre los dos lo que le produce desconfianza: su imagen exterior.

Entonces Pablo es el único que, quizás favorecido por su ceguera, llega a conocerla realmente. Para poder amar, hay que conocer y, para conocer, se necesita abrir el corazón. Eso es lo que Pablo hace y por eso Marianela con él siente que, por primera vez, puede ser querida. Se cree capaz de amar y ser amada ya que se muestra como verdaderamente es; se siente libre y confiada, requisitos esenciales para el amor sincero. Cuando está con él, todo lo bello que existe en su interior sale a luz.

Cuando el joven es operado y adquiere el sentido del que carecía, nace en Marianela un miedo: el de ser físicamente vista y que su apariencia no sea del agrado de Pablo. La libertad y la confianza que Marianela experimenta al estar junto a él se desploman y, con ellas, desaparece su alegría. El temor la consume completamente y tan fuerte es el dolor que, poco a poco, va perdiendo la vida, hasta acabar con ella definitivamente.

Ante este triste escenario me cuestiono cómo sucedió todo esto, cómo la vida de Marianela pudo tener tan drástico final y por qué el cambio de Pablo fue tan influyente. No podré más que suponer las respuestas ya que desconozco lo que verdaderamente sucedió en el corazón de ambos.

Marianela creció en un mundo frío y sin afectos y no aprendió a quererse a sí misma. Desconoce cuáles son sus virtudes y, por los comentarios que recibe constantemente, cree que no sirve para nada. Conocerse a uno mismo no es una tarea sencilla, y mucho menos cuando se es joven, pero esto se puede ver facilitado por el cariño de los demás, cariño que Marianela no recibió hasta conocer a Pablo.

Gracias al joven, adquiere un poco de confianza y estima personal. Pablo le hace ver todo lo hermoso que tiene y le enseña a valorarse. Bajo estas circunstancias, Marianela se deja amar por Pablo, ya que comienza a quererse a sí misma. Y, para poder ser amado, primero hay que considerarse capaz de ello.

A pesar de ello, en el instante en que Marianela se entera de que Pablo adquirió el don de la vista, pierde todo ese amor propio que, poco a poco, había comenzado a nacer en ella. Desaparece toda su seguridad personal. Esto la conduce a que, finalmente, no crea poder ser amada por Pablo ni por nadie.

A mi modo de ver, carece de sentido la inseguridad sufrida por Marianela ya que la imagen exterior no es perdurable en el tiempo. Es decir, con el transcurso de los años las apariencias van cambiando y, comúnmente, las personas se vuelven menos atractivas a la vista. Pero las parejas que envejecen juntas continúan queriéndose a pesar de ello, ya que no es un requisito esencial para amar. Si así lo fuera, no podría utilizarse la palabra amor para describir el vínculo, porque sería una atracción meramente temporal y superflua. Creo que encuadra en esa situación la relación entre Pablo y Florentina ya que comienzan a “amarse” repentinamente y sin conocerse tanto.

Dice el Principito que lo esencial es invisible a los ojos y que solo se ve bien con el corazón[2]. Por eso, pienso que Pablo verdaderamente quiso a Marianela cuando ella confió en él y abrió las puertas de su corazón de par en par. Él vio todo lo hermoso de su personalidad y, poco a poco, se enamoró de la joven. No podría afirmar que Pablo la amó por no verla a través de los ojos. Por el contrario, estoy segura de que la amó porque la apreció con un corazón sincero y supo valorar sus virtudes que van mucho más allá de una apariencia estética.

El problema fue que Marianela no se dejó ver por miedo, por la inseguridad de no cumplir con lo que ella creía que eran las expectativas de Pablo. Pero yo dudo de que Pablo las hubiese tenido realmente, ya que una persona enamorada no se detiene en esas cuestiones.

Los ojos que aman no son los de la vista, son los que conectan a dos personas interiormente. Solo a través de una mirada de corazón a corazón profunda y sincera, se puede amar con profundidad y sinceridad, tal como Pablo lo hizo con Marianela.

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Rocío Santaella
Estudiante de Abogacía
rochi.santaella@gmail.com

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[1] Real Academia Española (2018), Diccionario de la lengua española, Consultado en

http://www.rae.es/rae.html

[2] Antoine de Saint-Exupéry, El Principito, editorial Emecé, Buenos Aires, 150ª impresión de 1998, pág. 74.