Simbología Moral en “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway

Por Alejandro Battistotti.

Es difícil esconder lo que algo tiene de verdadero. No importa la cáscara que lo recubre, la verdad que ella oculta siempre trasciende.
Lo antedicho se aplica también a este libro. Detrás de la pobre fachada de una historia de pesca, se esconde una declaración sobre la naturaleza humana.
Me gusta que Hemingway como todo buen maestro, te ofrece una guía para la reflexión, mas no te dice cuál es la respuesta. La idea de fondo es: ¡Se sensato! Lo bueno de la sensatez es que no es una respuesta final, sino una respuesta indirecta que tomará su contenido material de la verdad; pues la sensatez es la internalización personal de la verdad objetiva.
Entiendo que el libro está dotado de una gran simbología, que con una correcta lectura, permite traducir en términos universales el contenido existencial de esta breve novela. Es pues el arte de un gran maestro poder explicar en términos sencillos las ideas más profundas; puesto que la inteligencia no es solamente dominar el grado más alto de intelectualidad, sino dominar todo el espectro intelectual.
El pez es lo que vos quieras que sea; llámalo Dios, felicidad, amor, éxito, dinero.
Cada línea es una dimensión de tu vida.
El bote es la medida de tus posibilidades.
La corriente es la vida misma.
La aldea es el hogar.
La simbología del “chico” es más compleja de desentrañar, pero aventuro que quiere significar la familia (que siempre va unida al hogar).
Luego de una racha de 85 días sin pescar, Santiago (el viejo) sale al mar, como todos salimos a la vida. Tiende varías líneas; de repente, algo pica en una de esas líneas. Lo que hay detrás de esa línea comienza a mover su bote. La tracción de su vida se reduce a lo que sea que hay detrás de esa línea, algo que, por cierto, desconoce. Simultáneamente, otros peces más chicos pican en las otras líneas, pero cegado por su ambición ni lo nota. En el afán de no perder lo que hay detrás de esa línea, corta las demás. Entiendo aquí que el viejo desprecia lo que la vida le da y se adecúa sus posibilidades, en pos de aquello que la vida le niega y lo excede.
Empero, dejando todo de lado —incluso su salud— logra atrapar al gran pez. Pero al verlo, cae en la cuenta que es más grande que su propio bote. Su ambición le queda grande. Lo único que puede hacer es atarlo al costado de su bote y volver a casa con el lastre. Lo que nunca notó es que, dejándose llevar por la corriente y por lo que había detrás de esa línea, se había alejado tanto de su hogar que estaba en zona de tiburones. En su camino de vuelta a casa, los tiburones lo atacarán y volverá con sus manos vacías.
Creo que lo que Hemingway nos dice en última instancia es: toda ambición es sana, en su justa medida. No vayas más allá de los límites reales (aunque siempre tenés que ir más allá de los límites autoimpuestos); no pierdas de vista que lejos de tu hogar, si los tiburones te atacan, estarás más vulnerable; y por último, no olvides el tamaño de tu bote. Todo lo que de esto exceda está en la jurisdicción de la ambición irreal y peligrosa,  ambas enemigas de la realidad y extensivamente de la verdad.

 

Alejandro Battistotti (23)
Abogado
alebattistotti@hotmail.com